A las cinco de la tarde, con la persiana del taller a medio subir y el olor a cera tibia mezclado con el del café recalentado, Ernestina Palumbo destapó el bandoneón sobre el banco de la calle Sánchez de Loria. Era un AA, de los de antes de la guerra, con las teclas de hueso amarillas como dientes de fumador y el fuelle remendado tantas veces que ya parecía un mapa.
—Me dijeron que no suena el la de la mano derecha —dijo Ciro, parado del otro lado del mostrador, con las manos metidas en los bolsillos de la campera—. Y esta noche toco en la milonga del club, en Boedo. A las diez.
—¿Y vos qué querés que haga, un milagro?
—Una afinación. Nomás.
Ernestina lo miró por arriba de los anteojos. Hacía cuarenta y dos años que afinaba bandoneones, desde que su padre la sentó a los catorce frente a una lima y le dijo «soplá y escuchá, lo demás viene solo». No había venido solo. Había venido con tres uñas rotas, dos fuelles quemados y una oreja que ahora distinguía un cuarto de tono desde la otra punta de la cuadra.
Desarmó las cajas con cuidado de cirujana. Setenta y un botones, ciento cuarenta y dos voces: ciento cuarenta y dos lengüetas de metal, abriendo y cerrando, cada una con su dueña en la plancha. Las fue sacando una por una y las apoyó sobre un paño verde. Después tomó la lima fina y empezó a trabajar la que estaba muda, soplándola cada pocas pasadas, escuchando.
—Se me enfría el café —dijo Ciro.
—Se te va a enfriar más.
Pero la lengüeta del la no era el problema. Cuando por fin la tuvo afinada, la pegó con cera en su ranura, cerró la caja y apretó el fuelle. Nada. Un resoplido seco, como de caballo cansado. Volvió a abrir. Volvió a soplar. La lengüeta cantaba perfecto sola. Puesta en la plancha, se callaba.
A las siete y media, Ciro se había comido tres facturas de ayer y había llamado dos veces a su madre. Ernestina, con la lámpara de brazo pegada a la frente, empezó a recorrer la caja con la uña, centímetro por centímetro, hasta que la uña tropezó con algo en el fondo de la madera. Un relieve. Acercó la luz.
Alguien había rayado con una punta, en la cala, un renglón torcido: «Para la Nena, que toque hasta que se le canse el fuelle. A. 1951».
Se quedó quieta. Afuera pasó un colectivo y el vidrio del taller vibró.
—¿Qué pasa? —preguntó Ciro.
—Nada. Una dedicatoria.
No dijo más. Pero algo en la letra, la A con el palito cruzado hacia la izquierda, le tocó el costado de la memoria. Su padre firmaba así. Él se llamaba Aníbal y había afinado, en esa misma mesa, todos los bandoneones del barrio, y uno solo había salido del taller sin cobrar, el que le pidió una chica de quince años que quería aprender y no tenía un peso. La Nena. Ernestina había oído esa historia mil veces y nunca le había puesto cara ni nombre.
—¿De quién es este instrumento? —preguntó.
—De mi abuela. —Ciro se encogió de hombros—. Ella lo tocaba de joven. Después se casó, tuvo hijos, lo dejó en el ropero. Me lo dio hace dos años. Dice que quiere escucharlo en un lugar con gente.
Ernestina se sacó los anteojos y se frotó los ojos. Después los volvió a poner. La dedicatoria no explicaba por qué la caja se tragaba el la, pero le explicó otra cosa: dónde mirar. Su padre nunca ponía la cera donde la ponían los demás. La ponía de más, en el borde, para que la lengüeta no se moviera con los años. Y siete décadas de humedad, en un ropero, habían hinchado la cera hasta cerrar la mínima rendija por donde el aire tiene que pasar.
Con una aguja de coser y la paciencia que no había tenido a los catorce, fue levantando la cera en capas finas, como quien despega una estampita vieja. A las nueve menos diez la ranura estaba limpia. Volvió a asentar la lengüeta con apenas un punto de cera, cerró, y se la tendió a Ciro.
—Probá.
Ciro abrió el fuelle. Tocó el la. Sonó redondo, un poco ronco, con ese aire que tienen las cosas que estuvieron mucho tiempo calladas y vuelven a hablar.
—Qué lindo —dijo, casi sin voz.
—Es el instrumento —dijo Ernestina—. Yo apenas lo destapé.
Ciro quiso pagarle. Ella le empujó el billete de vuelta con dos dedos.
—Pagale a tu abuela. Decile que el que lo afinó la primera vez firmaba con la A cruzada. Que el que lo afinó esta noche es la hija.
El chico se quedó mirándola, sin entender del todo, y asintió igual. Guardó el bandoneón en el estuche y salió con él contra el pecho, apurado, mientras la persiana bajaba a medias sobre la vereda.
Ernestina se quedó sola con el paño verde, las limas y el último sorbo de café frío. Pensó en cerrar. Pensó en ir hasta el club, pararse al fondo, pedir un vaso de agua. No sabía si iba a animarse.
Apagó la lámpara. Desde la calle, doblando la esquina de Boedo, le llegó un acorde abierto, un fuelle que respiraba hondo. El la sonó entero, sostenido, y por un rato largo ella lo escuchó desde el umbral, sin moverse, hasta que otro bandoneón en algún lugar de la cuadra se le sumó, y después otro, y la noche se llenó de aire.
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