Zinc de Dolavon

Aurelio Jones le sacó la tapa al termo en el estacionamiento del Salón San David, en Trelew, y se sirvió un té negro que ya estaba tibio. Eran las siete y diez de la tarde del sábado, y la sesión de las cinco y media seguía adentro: se oían, filtradas por la pared, las voces de un coro de chicos cantando en galés con la prolijidad de quien repite un camino conocido.

Tenía sesenta y nueve años, cuarenta de plomero en Gaiman y una carpeta azul en la guantera con la fotocopia de un poema. Lo había mandado en agosto, en castellano, bajo seudónimo, para el concurso de la Corona. Las reglas decían que nadie sabía quién era quién hasta que el jurado leía el veredicto. Él había elegido «Zinc de Dolavon», porque era el nombre de la primera cosa que había arreglado solo, a los dieciséis, en el techo de la capilla.

Su mujer, Elin, habría ido al Eisteddfod todos los años, aunque él no pisara ni la vereda. «Vos escribís mejor de lo que arreglás cañerías», le decía, y se reía sola. Murió en marzo. El poema hablaba de una canilla que gotea en una casa vacía y de la costumbre de seguir apretándola, por si acaso.

Entró a las ocho menos diez, con la carpeta bajo el brazo, como si la hubiera traído para que alguien se la firmara. El Salón Cincuentenario olía a madera encerada y a bizcochuelo; alguien había puesto una bandeja de tortas negras en una mesa del fondo y la gente se servía con la reverencia de quien saca una hostia. Se sentó en la última fila, al lado de una señora de rulos prolijos que tejía un cuadrado de lana.

—¿Venís por la Corona? —le preguntó ella sin levantar la vista.

—No. Vine por el té.

—Ah. Entonces sentate, que el té llega al final.

Pasaron la hora siguiente entre una recitación de nenas de Dolavon y un cantante que desafinó dos veces y se disculpó las dos en galés. Aurelio se dio cuenta de que le sudaban las manos. Las secó contra el pantalón de trabajo, el único que tenía sin manchas, y pensó en irse. Pensó en Elin, que odiaba que él se fuera de las cosas antes del final.

A las ocho en punto subió al escenario el que presidía. Dijo que el jurado había leído cuarenta y un trabajos y que el nivel había sido parejo. Aurelio contó los segundos entre las palabras. Después hubo un silencio largo, de esos que en las cañerías anuncian que va a venir el golpe de agua.

—El seudónimo ganador —dijo el hombre del escenario— es «Zinc de Dolavon».

No oyó los aplausos al principio. Oyó un zumbido y su propio corazón, un motorcito flojo, de bomba vieja. La señora de los rulos dejó la lana sobre las rodillas y lo miró con un solo ojo, como se mira un manómetro.

—Ay, vos —dijo—. Levantate, que te están esperando.

No podía. Tenía las piernas pesadas como dos baldes llenos. Pensó que era un error, que el hombre se había confundido de papel, que iban a preguntarle algo en galés y él iba a quedar en blanco. La señora lo agarró del codo con una mano que, de tanto tejer, era fuerte como una pinza.

—Elin diría que subas.

Se quedó mirándola.

—¿La conocías?

—Todos la conocíamos. Entregó el pan de la panadería de Gaiman durante veinte años. —La señora sonrió—. Subí, plomero.

Se levantó. Caminó por el pasillo entre las sillas con el sombrero en la mano y la carpeta azul bajo el brazo, y alguien tocó una melodía lenta en un arpa que él nunca había oído. Dos personas lo esperaban al pie de las escaleras, una mujer y un chico, ambos con una espada de utilería a medio desenvainar.

—¿Hay paz? —preguntó la mujer, en voz alta.

La sala entera respondió al mismo tiempo, con un solo trueno bajo.

—¡Paz!

Un grupo de nenas bailó a su alrededor con flores de papel. Alguien le puso la corona de plata sobre la cabeza, un poco torcida, y a él le dieron ganas de arreglársela con un destornillador.

Lo hicieron leer. Tuvo que sacar la fotocopia y, como no encontraba los anteojos, lo hizo estirando el brazo, como cuando leía las facturas. Leyó del principio, sobre la canilla, hasta el último verso, el que más le costaba, y mientras leía vio en la última fila el cuadrado de lana, a medio tejer y apoyado en la silla vacía.

Cuando terminó, no aplaudió nadie. Esperaron un segundo entero, como se espera que se apague una llama. Después se desató todo.

Más tarde, en el estacionamiento, con la corona en el asiento del acompañante y el termo ya sin té, Aurelio abrió la guantera para guardar la carpeta. Se acordó de apretar la canilla del patio antes de dormir, por costumbre. Esa noche, por primera vez desde marzo, la dejó correr un poco, y escuchó cómo caía el agua sobre el fondo de zinc.

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