Marcela llegó al campo de su padre a las siete de la mañana, con el pampero levantando tierra en el camino y un termo de mate en el asiento del acompañante. A las doce venía un comprador de Santa Rosa. Le quedaban cinco horas para hacer una sola cosa: que el molino girara.
Estaba en el medio del potrero del fondo, cerca de Quehué, donde el campo se pone chato y color paja y no hay un árbol que corte el horizonte salvo algún caldén torcido hacia el norte. Era un multipala de torre alta, de esos que su padre había comprado usado en el ochenta y tantos y mantenido con una devoción que no le dedicaba a casi nada más. Hacía un año, desde el entierro, que la rueda estaba clavada mirando al sur, como una moneda de chapa que nadie quiere levantar.
Dejó la camioneta junto al tanque australiano. Estaba seco. En el fondo, una costra de barro cuarteado dibujaba mapas chiquitos, y en el borde las vacas habían dejado la marca de los hocicos durante meses. Hoy las vacas no estaban: Segundo, el vecino, se las había llevado a su campo hasta que se definiera la venta.
—Es el freno —dijo Segundo, que había aparecido a caballo sin que lo oyera, con el mate listo y la cara hecha de arrugas finas—. Tu viejo siempre decía que el freno se agarrota si lo dejás un invierno.
—Yo no sé nada de molinos.
—Nadie sabe nada hasta que lo necesita.
Le alcanzó una llave inglesa vieja, un tarro de aceite y un trapo. Después se sentó sobre un poste caído a mirar, con esa paciencia de la pampa que no ofrece ayuda pero tampoco se va.
La escalera de la torre empezaba a un metro del suelo, con peldaños de hierro redondo que quemaban de frío. Marcela subió despacio. A la mitad tuvo que parar: el viento le metía el pelo en la boca y la torre zumbaba apenas, una nota grave que le subía por las piernas. Había subido de chica, a los nueve, a escondidas, y su padre la había bajado de un grito que le dolió menos que la vergüenza. Ahora la torre le hablaba, y no decía nada de eso.
Arriba, al lado de la caja del mecanismo, encontró lo que buscaba. El brazo del freno estaba trabado con una bolsa de nailon que el viento había metido ahí, y sobre la bolsa había un nido viejo de calandria, vacío, tejido con pasto seco y un hilo celeste que reconoció enseguida: era de las camperas de su padre.
Se quedó mirando el hilo más de lo necesario.
—¿Qué hay? —gritó Segundo desde abajo.
—Un nido.
—Sacalo con cuidado. Las calandrias vuelven.
Lo guardó en el bolsillo de la campera. Tiró de la bolsa hasta que cedió, destrabó el brazo del freno con la llave, le dio dos vueltas a la tuerca que se resistía y echó aceite en la caja hasta que el nivel marcó donde tenía que marcar. Le temblaban las manos, y no por la altura. Cada gesto le salía como si ya lo supiera, como si lo hubiera visto de lejos mil veces sin darse cuenta: la forma de apoyar el pie en el travesaño, de soltar el aire antes de apretar.
La rueda seguía quieta.
—Falta la cola —dijo Segundo cuando bajó, con las rodillas flojas—. Tiene que apuntar al viento.
—Está apuntando al viento.
—Está apuntando al viento de ayer.
La veleta, esa chapa grande con forma de timón, había quedado enganchada de costado contra el tope. Marcela volvió a subir. Esta vez no se detuvo a la mitad. Desde arriba, parada en la plataformita con una mano agarrada del caño, vio el campo entero: las líneas rectas de los alambrados, la mancha oscura del monte al sur, la ruta como un hilo gris con un camión diminuto, la casa con el techo de chapa que ya no era de nadie. Empujó la cola con el hombro. La chapa gimió, soltó el tope y se acomodó de frente al pampero con un golpe seco de bisagra que le recorrió el brazo.
Y la rueda se movió.
Primero un cuarto de vuelta, torpe. Después una vuelta entera, con un crujido largo de cosa que despierta. Las aspas empezaron a hacer ese ruido que ella conocía sin haberlo escuchado en años: el traqueteo de la varilla subiendo y bajando, la respiración metálica de la bomba, un pulso lento, un tum, un tum, un tum que venía de abajo de la tierra.
Se agarró fuerte. Del caño del tanque, tosiendo, salió primero aire. Después un chorro marrón. Después un hilo de agua, y por fin el agua de verdad, clara, helada, golpeando contra el fondo de chapa con un sonido que ella creyó que no iba a volver a oír.
Bajó con las piernas hechas de gelatina. Segundo ya estaba parado junto al tanque con el sombrero en la mano, mirando el agua subir como quien mira nacer a un ternero.
—Tu viejo hubiera dicho que tardaste.
—Mi viejo me habría bajado a los gritos de la torre.
—También —admitió el vecino, y se rio por la nariz.
A las doce menos diez, cuando llegó la camioneta blanca del comprador levantando una nube, Marcela estaba sentada en el borde del tanque con los pies colgando y el nido de calandria entre las manos. El hombre bajó, saludó, miró el potrero, miró el agua, miró la torre con la rueda girando a todo lo que daba contra el cielo sin nubes.
—Funciona —dijo, con cierta sorpresa.
—Hoy sí —contestó ella.
Le hizo el recorrido sin apuro: el alambrado, la aguada, el monte. Cuando se fueron, a las dos, ya no hablaba de venta ni de números. Dejó el nido arriba, en la plataforma, al lado de la caja, donde el viento no lo alcanzara. Después se quedó un rato parada abajo, escuchando el tum, tum, tum de la bomba, hasta que a lo lejos, sobre el alambrado, una calandria se posó y empezó a cantar.
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