A las cinco y cuarto de la tarde, con el viento del este metiendo olor a pescadilla y gasoil por la persiana del pañol, Facundo Ledesma terminó de coser el último rombo de la red y se la mostró a Don Vito sin decir nada. Tenía las yemas de los dedos cortadas por el nailon y la aguja de madera todavía tibia.
Don Vito la miró desde la banqueta, con el mate en la mano y la radio baja, una cumbia que se cortaba cada tanto. Era un flaco largo de ochenta y un años, con las manos hinchadas y nudosas, como las raíces de un árbol que creció pegado a un muelle.
—Dame —dijo.
Tomó el borde del paño, lo estiró contra la luz de la puerta y fue pasando el pulgar por las mallas como quien cuenta rosarios. Facundo conocía ese gesto. Lo había visto durante cuatro meses, todos los martes y jueves, desde que se anotó en el curso de la UTN con la idea de conseguir un trabajo cualquiera y se quedó en el pañol de la Banquina Chica porque Vito necesitaba a alguien que le sostuviera la red mientras él cinchaba.
—Está prolijo —dijo Vito.
—¿Pero?
—No dije “pero”.
—Lo dijiste con la cara.
El viejo sonrió con media boca. Dejó el mate en el cajón de fruta que hacía de mesa.
—El Stella Maris sale a las tres de la mañana. Si esta red no aguanta, el patrón pierde el viaje. Cinco hombres pierden el viaje. Y la pescadilla no espera a nadie, ni a mí ni a vos.
—Yo la cosí como me enseñaste.
—Como te enseñé a coserla en el curso. Esto no es el curso.
Facundo sintió que la cara se le ponía caliente. Afuera, sobre la banquina, alguien arrastraba un cajón de plástico contra el cemento con un chirrido que le erizó los dientes. Un grupo de gaviotas discutía arriba del techo de chapa.
—Mostrame dónde está mal.
—No está mal. Está flojo.
Vito se agachó con un crujido de rodillas y señaló un nudo del medio, en la zona donde la red hace fuerza al cerrarse. Facundo se arrodilló a su lado. Tardó en ver la diferencia: el nudo era igual a los otros, pero tenía la vuelta final apenas más abierta, como una sonrisa que no llega a los ojos.
—Ahí cede —dijo Vito—. No hoy. Cuando venga el cardumen y los muchachos tiren y la red se tense con todo el peso del agua. Ahí se abre, y se corre la malla de al lado, y la de al lado, y se hace un agujero del tamaño de una puerta.
—No me di cuenta.
—Porque lo hiciste a las apuradas. Y lo hiciste a las apuradas porque tenías miedo de que yo me enojara.
Facundo no contestó. Era cierto, y las verdades dichas en voz baja pesan más.
—Mi viejo —siguió Vito, mirando el nudo— me hizo deshacer una red entera en el cuarenta y nueve, en Bari, antes de embarcarme. Doce metros. Lloré de bronca. Después, en el barco, en una tormenta que no te cuento, la red que había cosido ese mismo día aguantó mientras la de al lado se abría como una bolsa de papel. Nunca me dijo que había tenido razón.
—Entonces la deshago.
—Vos decidí.
—¿Cuánto me falta si la deshago?
—Con suerte, hasta las doce.
Facundo se quedó con la aguja en la mano. Tenía ganas de irse a su casa, de tirarse en la cama y dejar que el problema lo resolviera otro. Pensó en su madre, que le había dicho “otra vez ese trabajo de viejos”, y en la tarde de abril en que Vito le había puesto una aguja de madera en la mano, sin discurso, y le había dicho “empezá por el borde”.
Cortó el hilo con el cuchillito. El primer nudo cedió con un chasquido seco. Después el segundo. Era raro: cada malla que desataba le devolvía, de golpe, el gesto de haberla hecho, una especie de arrepentimiento con textura.
Vito encendió el calentador, puso la pava, volvió a su banqueta y no dijo nada más. Pasó una hora. Pasaron dos. La luz del pañol pasó del dorado al gris y después al amarillo de la lámpara. Afuera se oían los motores de los barcos que cargaban hielo, las voces mezcladas, alguien que silbaba un tango sin saber cómo seguirlo.
A las diez, Facundo cosía otra vez. Despacio. Cada nudo, la vuelta completa, un tirón con el pulgar para asentarlo, y recién después el siguiente. Notó que ya no pensaba en Vito ni en su madre ni en nada, solo en el hilo y en la tensión justa entre los dedos, como si el cuerpo supiera algo que la cabeza todavía no.
A las doce y diez cortó la última hebra. Vito se levantó, tomó el paño, lo estiró contra la luz y pasó el pulgar por las mallas. Esta vez tardó. Se detuvo en el nudo del medio, lo apretó entre dos dedos, tiró con fuerza y el nudo no se movió.
No dijo nada. Dobló la red en cuatro, se la puso al hombro y salió del pañol.
Facundo lo siguió hasta el muelle, bajo un cielo sin luna. El Stella Maris cabeceaba contra los neumáticos, con la luz de cubierta encendida y el patrón fumando en la proa. Vito entregó la red como quien entrega a un chico, con las dos manos. Después volvió, se sentó en un noray y sacó del bolsillo un paquete de facturas aplastado.
—Comé —dijo.
Facundo se sentó a su lado. Las facturas estaban frías y blandas y le parecieron las mejores de su vida. A las tres en punto el motor del barco tosió, se aclaró la garganta y empezó a alejarse. Vito siguió las luces con la vista hasta que se confundieron con las del horizonte.
—Mañana a las seis —dijo, y se fue caminando, despacio, con las manos en los bolsillos.
Facundo se quedó un rato más mirando el agua negra, con la sensación rara de que, en algún lugar del mar, un nudo suyo estaba sosteniendo algo.
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