A las seis menos diez, con el galpón todavía a oscuras y el viento del oeste golpeando la chapa como si pidiera permiso, Nilda Oyarzo prendió la garrafa del mate y arrancó el esmeril. Sesenta y un años, treinta y cuatro zafras. Ella era la afiladora de la comparsa, la que dejaba los peines y los cortantes de cada esquilador tan finos que cortaban el aire, según decían los muchachos, y también el pulgar de quien se descuidara.
El oído se le había ido de a poco, como se va la marea. Primero dejó de escuchar el zumbido agudo del esmeril cuando el acero tomaba filo. Después dejó de escuchar a los pájaros. Nadie lo sabía, salvo el audiólogo de Río Grande y su hija Soledad, que le había dicho por teléfono: «Mamá, esta es la última, ¿no?». Nilda contestó que el mate se enfriaba y cortó.
A las siete el galpón ya rugía. Cuarenta máquinas colgadas de los tirantes, cuarenta hombres y mujeres doblados sobre las ovejas, que pesaban sesenta kilos de lana y barro seco y pataleaban cada dos o tres minutos hasta quedar mansas, panza arriba, con los ojos de vidrio. Los vellones caían sobre la tarima y las barrenderas los juntaban sin mirar, todo por cuartos de dos horas y cuarto, con una pausa para el mate y otra, larga, para el guiso.
Nilda trabajaba en el rincón del fondo, en una mesa de madera clavada al piso. Cada peine y cada cortante que le traían venía tibio, con grasa de lanolina en los dientes. Ella los pasaba por el disco, uno, dos, tres segundos, y se los apoyaba contra la palma. No necesitaba oír. La palma le decía si el acero estaba parejo, y el olor, a metal quemado, si se había pasado.
—Doña Nilda —dijo Brayan, un pibe de Gaiman de diecinueve años que esquilaba por primera vez en la isla—, el mío me corta como con miedo.
Le alcanzó el peine. Nilda lo dio vuelta, lo miró contra la luz de la ventana y le pasó el pulgar por el borde. Estaba mellado en la tercera púa, un desgaste chiquito, de los que no se ven.
—No es miedo. Es una muesca. Pasaste por un alambre.
—Se me trabó en la pata de una borrega.
—Los alambres están para eso. —Se lo devolvió afilado en cinco minutos—. Probalo.
Brayan volvió a su lugar. Ella lo vio agarrar la oveja, apoyarla entre las rodillas y pasar la máquina de la panza a la paleta en un solo trazo largo, y vio abrirse el vellón como una página. El chico levantó la cabeza y la buscó a través del galpón. Levantó el pulgar. Nilda le contestó con el mate en alto.
A mediodía llegó Hernán, el capataz de la comparsa, con un cortante envuelto en un trapo.
—Este no cierra, Nilda. Lo traje de Tolhuin, lo usé veinte años. Se me hace que ya está.
Ella conocía ese cortante. Era de Reinaldo, el esquilador más viejo de la cuadrilla, que había muerto en agosto y a quien Hernán seguía llevándole el mate a un banco vacío. Le dio vueltas. La plaquita de acero tenía el color de una moneda gastada y cada púa llevaba el filo redondeado por miles de ovejas.
—Dejámelo hasta la tarde.
A las dos, cuando el galpón entró en la hora del silencio blando, con las máquinas apagadas y los esquiladores tirados en los fardos, Nilda se sentó sola frente al esmeril. Puso el cortante contra el disco. Lo retiró. Probó con la palma y no sintió nada, porque no había nada que sentir: el acero estaba bien, el que fallaba era el sonido, ese chirrido fino que los afiladores buscan sin saber que lo buscan, el canto del metal cuando llega al punto justo.
Lo había perdido. Treinta y cuatro años afilando de oído, y ahora afilaba a ciegas.
Entonces hizo lo que hacía su padre en la carpintería de Punta Arenas, hacía mucho: apoyó el cortante contra el hueso de la mandíbula, justo debajo de la oreja, y lo pasó por el disco con el brazo tenso. La vibración le subió por el hueso hasta la cabeza. Era un zumbido gordo, casi doloroso, que le llenó el cráneo. Y en ese zumbido había una nota. Subió. Subió. Se afinó de golpe, como una cuerda que alguien tensa el último cuarto de vuelta.
Soltó el disco. Se quedó quieta, con el cortante tibio contra la cara y la garganta cerrada.
A las cinco, Hernán pasó a buscarlo. Lo levantó con dos dedos, lo giró hacia la luz, lo probó contra un mechón de lana. Cortó sin tironear.
—Es el mejor que le hiciste nunca.
—Es el único que le hice sin escucharlo —dijo ella, y se arrepintió en el acto.
Hernán no preguntó. Se quedó mirándola un rato largo, con el cortante en la mano, y después lo envolvió de nuevo en el trapo.
—Mañana lo uso yo. Si me animo.
Esa noche, con el último fardo prensado y el galpón vacío, Nilda llamó a su hija. Le dijo que sí, que esa era la última zafra. Que le quedaba una semana más de la temporada y se volvía. Soledad se quedó callada del otro lado, y se oyó la respiración, el viento en el teléfono, alguien que lloraba despacio sin querer.
—Mamá. ¿Me escuchás?
—Te escucho —dijo Nilda—. Pero hablá cerca.
Y se apoyó el teléfono contra el hueso de la mandíbula, y esperó.
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