La última línea de Haydée

A las ocho y media, con la persiana del taller levantada hasta la mitad y el olor a plomo caliente subiendo por la escalera, Haydée Lombardi le puso la mano a la máquina como se le pone a un caballo viejo que uno va a vender.

La linotipo estaba en el fondo, debajo de la ventana que da al pasillo de la avenida Boedo. Tenía el teclado de noventa teclas gastado en las letras de siempre, la e, la a, la o, y casi virgen en la ñ y en la x. Haydée había entrado a la imprenta a los diecinueve, en el setenta y uno, cuando el dueño todavía decía que las mujeres no tenían paciencia para el plomo. Se la tuvo. Cuarenta y tres años de líneas fundidas, de quemaduras en el antebrazo, de remitos, de afiches de remate y de partes de defunción.

Ahora la imprenta cerraba. Offset, digital, el pibe de la esquina que imprimía tarjetas desde el celular. Don Ismael, el hijo del dueño, había conseguido un comprador para la máquina: un coleccionista de Rosario que mandaba un camión a las diez y cuarto.

—Tenés hasta que llegue el flete, Haydée —le había dicho el día anterior, sin mirarla—. Hacé lo que quieras.

Lo que quería era una sola línea.

Prendió el crisol a las ocho y diez. El metal, esa mezcla de plomo, antimonio y estaño que se compraba en lingotes grises, tardaba casi una hora en ponerse líquido y manso. Mientras tanto limpió el magazín con un pincel, soplando entre las matrices, esas chapitas de latón con la letra hundida que caen una a una cuando se aprieta la tecla y se acomodan en fila, como pasajeros de colectivo.

A las nueve entró Renata. Doce años, mochila rosa, el guardapolvo con la mancha de birome en el bolsillo. Vivía en el segundo piso del mismo edificio y a esa hora, antes de ir al colegio de la calle San Juan, bajaba a mirar.

—¿Hoy se la llevan?
—A las diez y cuarto.
—¿Y no la podés esconder?

Haydée se rio por la nariz. Hacía tres semanas que la nieta le preguntaba lo mismo de distintas maneras, y ella contestaba lo mismo de distintas maneras. Que una máquina de dos toneladas no se esconde. Que las cosas se terminan. Que ahora venía la parte en la que se aprendía a mirar el fin sin hacer escándalo.

—Vení —dijo en cambio—. Sentate acá.

La sentó en el banquito, frente al teclado. Renata miró las teclas con el respeto de quien mira un instrumento prohibido.

—¿Cómo te llamás?
—Renata. Vos sabés cómo me llamo.
—Escribilo.

Renata apretó la r. Se oyó el golpecito seco de una matriz que se desprendía y caía en el riel. Después la e. La n. Cada letra tenía un sonido distinto, un tintineo corto, y la fila de latoncitos iba creciendo en el componedor, del lado de la ventana. La a. La t. La a. Haydée la miraba de costado, con el mate frío en la mano, y se acordó de la primera línea que compuso ella, un martes de abril, un aviso de remate de la calle Cátedra, y de cómo se le habían cruzado los dedos y había salido “remtae”.

A las nueve y cuarenta el metal estaba listo. Haydée lo supo por el brillo, un espejo oscuro y quieto, y por el olor, ese olor dulce y metálico que se le había metido en el pelo durante media vida y que en las reuniones de padres le hacía decir que trabajaba con “materiales”.

—Ahora viene lo bueno —dijo—. Tirá la palanca. Despacio. Y no pongas la mano adelante, que escupe.

Renata tiró. La máquina hizo un ruido largo, de engranaje que se acuerda de sí mismo. El molde avanzó contra la fila de matrices, el plomo corrió por la hendidura, hubo un suspiro caliente, un chasquido, y después nada. Un cuarto de segundo de nada. Una barrita de metal cayó en la bandeja con un golpe liviano.

Haydée la levantó con los dedos, todavía tibia, y la dio vuelta. La lectura era al revés, como en un espejo, con la letra en relieve cortante y brillante: RENATA.

—Es mi nombre —dijo la chica, con un hilo de voz.
—Es tu nombre en plomo. Eso no se borra con ningún botón.

Afuera, en la avenida, frenó un camión. Se oyeron la puerta, la voz del chofer preguntando por Ismael, el roce de las cadenas contra el piso. Haydée no se movió. Cerró la mano de Renata alrededor de la barrita, apretó los dedos de la nena uno por uno, como quien cierra un cofre.

—Se queda con vos. Se la mostrás a quien te pregunte.
—¿Y si me preguntan qué es?
—Les decís que es la última línea de la máquina de tu abuela. Y que salió derecha, a la primera.

Cuando los hombres del flete subieron, Haydée ya había apagado el crisol. Les señaló el cable, los tornillos del piso, la caja de matrices que había que llevarse con cuidado. Después bajó con Renata hasta la vereda, la acompañó dos cuadras por Boedo hasta la esquina de San Juan, le acomodó la mochila y le dijo que se apurara, que llegaba tarde.

La nena caminó con el puño cerrado contra el pecho, sin soltarlo, y a media cuadra se dio vuelta una vez.

Haydée levantó la mano. En el aire todavía le quedaba el olor del plomo, y entendió que ese olor, ahora, iba a vivir en otro bolsillo.

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