El cuarto de los ventanales

Nancy Zalazar dejó la camioneta donde terminaba el pavimento y siguió a pie, con la botella de agua en la mano y las zapatillas viejas que usaba para los días de lluvia. Eran las siete de la mañana de un martes de bajante. El lago de Salto Grande se había corrido tanto que dejaba una orilla de barro agrietado, ancha como una cancha, con palos blancos y caracoles vacíos tirados al sol.

Su nieto Thiago, de once años, iba adelante con el celular en alto, filmando todo.

—Abuela, ¿esto era un pueblo?

—Esto era Federación. La de verdad. La que tenía plaza.

—Pero la de ahora también se llama Federación.

—Y sí. Es la misma gente, pero otra ciudad. Más prolijita.

Nancy tenía sesenta y un años, treinta y cuatro de enfermera en el hospital de la ciudad nueva, y nunca había pisado la vieja desde que la taparon. Tenía quince cuando la demolieron. Se acordaba de las mazas, del polvo rojo que se metía en las cortinas y de su madre, Eulalia, con un pañuelo en la boca, repitiendo que a ella nadie le iba a explicar cómo se desarma una casa.

Eulalia había muerto hacía dos inviernos. Antes de morir le dijo una sola vez, mientras Nancy le cambiaba el suero: «Vos naciste en la sala del fondo, la de los ventanales que daban al río. Te dejé ahí un dedito de mi alianza, de lo flaca que me puse». Nancy se rio, creyendo que era un delirio. Después averiguó. Era cierto lo de la sala, no lo de la alianza.

Por eso estaba ahí.

Habían visto en las noticias que la bajante había dejado al descubierto las bases del hospital viejo y de la capilla San Miguel. Nancy anotó en un papel: capilla, hospital, ventanales al río. No sabía qué iba a hacer con eso.

Caminaron media hora entre ladrillos pelados y trozos de vereda que todavía conservaban el borde. De golpe Thiago frenó.

—Mirá. Esto parece una calle.

Era una calle. Se veía la traza, un rectángulo largo de cemento con el lomo partido, y a los costados los cimientos de las casas, uno al lado del otro, como dientes. Había un árbol talado de raíz, con las raíces al aire, retorcidas y grises, que parecían una mano abierta. Un hombre de gorra, sentado en un balde dado vuelta, tomaba mate al lado de la raíz.

—¿Busca algo? —preguntó él, sin darse vuelta.

—El hospital.

—Siga derecho hasta la palmera. Hay una base de palmera, una redonda. De ahí a la izquierda.

—¿Usted vivía acá?

—Hasta los diecisiete. —Levantó el mate—. Venga cuando quiera. Yo vengo todos los días que hay bajante a ver si se me aparece mi cuarto. Todavía no apareció.

Nancy le agradeció y siguió. La base de la palmera estaba donde él dijo, un círculo de cemento del diámetro de una mesa grande. A la izquierda había una explanada de cimientos más gruesos, con tabiques bajos que dividían el espacio en habitaciones que ya no tenían techo ni nombre. Un pasillo central, ancho. Una escalera que no subía a ninguna parte.

—Esto es —dijo Nancy, y se le quebró la voz en la mitad de la palabra.

Contó los cuartos del lado del río. Uno, dos, tres, cuatro. En el último, el más grande, el piso conservaba un pedazo de mosaico calcáreo, blanco y gris, con el dibujo salvado entre el barro seco. Se agachó. Pasó la mano por encima. Estaba áspero, tibio de sol.

—¿Acá naciste?

—Eso dicen.

Thiago dejó de filmar. Bajó el celular y se quedó mirando el cuarto vacío, con esa seriedad de los chicos cuando entienden algo que no pueden explicar. Después dijo, bajito:

—¿Y la alianza?

Nancy se rio. Se le cayeron dos lágrimas y se las limpió con la muñeca.

—No hay alianza, Thiago. Era una cosa de tu bisabuela.

—Igual busquemos.

Se pusieron de rodillas los dos, en el barro, y revisaron el mosaico con los dedos, junta por junta. Encontraron un clavo oxidado, una tapita de gaseosa y una canica verde, entera, sin una sola raspadura, que Thiago levantó contra el sol como si fuera una piedra preciosa.

—Quedátela —dijo Nancy.

—¿Y vos?

Ella miró la sala. Ahí, calculó, había estado la cama. Ahí, contra la pared del río, el ventanal. Eulalia flaca, con los pies hacia donde ahora estaba parada ella, con cuarenta grados de calor y una partera que le decía respirá, respirá. Era cierto: eso lo recordaba sin haberlo vivido, porque la madre se lo había contado cien veces mientras pelaba mandarinas.

—Yo ya me llevé lo mío —dijo.

Se quedaron un rato más. Antes de irse, Nancy sacó del bolsillo un hilo rojo, de los que usaba para atar los frascos de la sala de pediatría, y lo ató a un fierro que sobresalía en el rincón. Un nudo doble, de los que no se aflojan.

Al volver pasaron por el hombre del mate. Seguía mirando la raíz.

—¿La encontró?

—La encontré.

—Qué suerte —dijo él, y sonrió con la boca cerrada.

Subieron a la camioneta. Thiago iba con la canica apretada en el puño. Nancy encendió el motor, miró por el espejo la orilla ancha, el barro brillando, y mucho más atrás, apenas, el agua del lago, esperando su turno con la paciencia de siempre.

Esa noche llovió en la cuenca. A la semana siguiente la cota subió, y el cuarto de los ventanales quedó otra vez bajo el agua, con un hilo rojo atado en el rincón, moviéndose despacio hacia donde fuera la corriente.

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