El banco de Leonor

Leonor Spadavecchia llegó al taller de Polvorín a las cinco y media de la mañana, con el calor de enero ya pegado a la chapa y el mate recién cebado en un termo que tenía más abolladuras que ella misma. Era viernes, 11 de enero de 2013, y en el pizarrón de la entrada alguien había escrito con tiza, sin firmar: “Hoy salen los belgas por última vez”.

Treinta y ocho años de carpintera en ese galpón. Había empezado a los veintidós, cuando todavía se cepillaba el roble a mano porque la máquina siempre estaba rota, y había visto pasar a los jefes, a los gremialistas, a los ingenieros que prometían coches nuevos cada cuatro años. Los coches de madera seguían ahí. Los de 1913, los celestes grisáceos, los que todo el mundo llamaba las brujas o los belgas, según de qué lado de Bruselas, o de Brujas, se quisiera hablar.

—¿Vas a ir a despedirlos? —le preguntó Rubén, el soldador, mientras se ataba los cordones de los borceguíes.

—Voy a trabajar.

—Hoy no hay nada para arreglar, Leo. Los sacan a la tarde y se acabó.

—Hay un banco.

—¿Qué banco?

Leonor no contestó. Se puso el delantal, agarró el termo y se fue hacia el fondo del taller, donde el olor a barniz viejo y a grasa era tan espeso que se podía apoyar la mano.

El banco era del coche 27. Hacía seis años, en una reparación de rutina, había encontrado un listón del asiento partido a lo largo, con la veta abierta como una boca. No había repuesto. No había roble de la medida. Había un tirante de lenga que un sobrino de ella traía de Esquel para hacer una mesa, y ella lo cepilló tres semanas, de a ratos, entre un trabajo y otro, hasta que la tabla quedó igual de ancha, igual de curva, con el mismo borde redondeado donde se apoyan las piernas. Lo lijó con la lija de grano fino hasta que no hubo diferencia al tacto. Lo barnizó con tres manos. Y después lo atornilló en su lugar y no le dijo nada a nadie.

La lenga es más clara que el roble. Se nota si uno sabe mirar. Desde entonces, cada vez que pasaba un 27 por el taller, Leonor se agachaba un segundo y lo miraba. Era una manía que no le había confesado ni a su marido.

Esa tarde, a las tres, se sacó el delantal. Rubén la miró desde la soldadora, con la máscara levantada.

—Me voy un rato.

—Dale.

Caminó hasta Primera Junta con la mochila al hombro y la remera pegada a la espalda. El andén estaba lleno. Había gente con cámaras, una chica con un cartel hecho a mano, dos hombres mayores discutiendo en voz alta sobre cuál había sido la mejor época del subte. Un chico de unos diez años le preguntaba a su padre por qué las puertas se abrían con la mano.

—Porque son de otro tiempo —decía el padre.

El tren entró con un chirrido largo que a Leonor le recorrió la columna como una corriente. Las ventanillas bajas, la madera barnizada, los faroles de bronce. Vio el número en la frente del coche cuando frenó: 27.

Se quedó un instante quieta. Después subió.

Adentro olía a lo que siempre había olido: a madera, a cuero viejo, a la humedad dulzona del túnel. Se sentó en el tercer asiento de la izquierda, el que tenía el listón de lenga, y puso las palmas abiertas sobre la tabla. Estaba tibia. Alguien la había tocado antes, miles de piernas, miles de cuerpos cansados que volvían del trabajo, y la lenga se había oscurecido apenas, lo justo para no distinguirse del roble.

Tuvo que mirar dos veces para encontrar la diferencia. Y la encontró, porque la conocía, pero ya no era evidente.

—Disculpe, señora —dijo una voz.

Era un hombre grande, de unos sesenta, con una campera de la línea y una credencial colgada del cuello.

—¿Sí?

—Está sentada ahí hace rato mirando el asiento. ¿Pasa algo?

Leonor lo pensó. Pensó en decir que no, que estaba cansada, que le dolían las rodillas. Pero el tren arrancó con ese tirón que no se parecía a ningún otro, y las luces de la estación fueron quedando atrás como fósforos que se apagan, y le salió decirlo.

—Este tablón lo hice yo. Hace seis años. Es de lenga.

El hombre se agachó con un crujido, apoyó una mano en la rodilla y miró el listón. Pasó el pulgar por el borde.

—No se nota —dijo.

—No. Eso quería.

—Treinta años manejo estos trenes —dijo él, todavía agachado—. Me senté en este asiento un montón de veces. Nunca me di cuenta.

—Mejor.

El hombre se rió bajito y se enderezó. Se quedó parado al lado, agarrado de la barra, mientras el coche bajaba la velocidad frente a Acoyte. Una mujer con un bebé subió por la puerta de atrás y la cerró con las dos manos, como se cierra una heladera vieja.

—¿Y ahora qué pasa con los coches? —preguntó Leonor.

—Dicen que algunos se van a conservar. Otros no sé.

—Con el que se salve, ojalá se acuerden de que hay un banco con un secreto.

—Se lo digo yo a quien haga falta.

Leonor sonrió. Del bolsillo de la mochila sacó un lápiz de carpintero, de los gruesos, de punta plana, y se agachó. Debajo del asiento, en la madera sin barniz donde nadie mira, escribió con letra de molde, despacio: “Lenga, 2007. L. S.” Y debajo, después de pensarlo, una línea más: “Aguantó.”

Cuando se enderezó, el tren entraba a Plaza Miserere con toda su estructura vibrando, y por las ventanillas altas entraba la luz amarilla del andén. Leonor se puso la mochila otra vez y se quedó sentada, con las manos sobre la tabla, hasta que el coche terminó de frenar y las puertas se abrieron a mano, una por una, con ese ruido de bisagra vieja que ya no volvería a escuchar así.

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