La poda de la parcela siete

Ofelia Maldonado llegó a la finca de Lunlunta a las siete y media, con el termo bajo el brazo y las manos ya metidas en los guantes de cuero. Era la tercera semana de julio y la helada todavía blanqueaba el pasto entre las hileras. Atrás, la cordillera tenía nieve hasta la mitad, y el aire olía a leña y a tierra mojada.

Julieta la esperaba en la cabecera del cuartel con una tablet y un chaleco nuevo, de esos que todavía tienen los dobleces de la bolsa.

—Buen día, Ofelia. Mire, le quería comentar una cosa de la parcela siete.

—La del Malbec viejo.

—Esa. Está muy enmaderada. Los brazos se alargaron un metro más de lo que deberían y casi no brota abajo. Pensé en una poda de rejuvenecimiento. Cortar fuerte, a la altura del tronco, y reformar la planta.

Ofelia se sirvió un poco de té del termo y no dijo nada. Julieta tenía veintiséis años, era ingeniera agrónoma, y hablaba bien. Eso a Ofelia no le molestaba. Le molestaba que dijera «la planta» como si fueran todas la misma.

—¿Cuánto tiempo lleva sin fruta si corta así?

—Un año flojo, quizás dos. Después recupera.

—Quizás.

—Ofelia, son plantas de más de cien años. Algo hay que hacer.

—Hacemos lo que se viene haciendo. Podamos, atamos y esperamos.

Julieta suspiró, pero no discutió. Fueron juntas hasta la parcela siete. Las cepas eran troncos gruesos y retorcidos, con la corteza suelta en tiras, y cada una tenía una forma distinta, como si hubieran crecido mirando para lados diferentes a propósito. Ofelia conocía casi todas. Había empezado a podar ahí a los diecinueve años, con su padre, que le enseñó a mirar el sarmiento antes de cortar. «Primero se mira, después se corta», le decía. «Lo contrario es carnicería.»

Se puso a trabajar. Julieta se quedó un rato mirándola, con la tablet contra el pecho. Ofelia elegía un cargador, dejaba un pitón con dos yemas, sacaba lo demás con un solo gesto. El corte sonaba seco, limpio. En una hora hizo doce plantas. Julieta, ya sin tablet, ató con rafia lo que Ofelia iba dejando.

Alrededor de las diez se levantó el viento. Primero fue una tibieza rara en la nuca, después un silbido en los alambres, y la nieve de la cordillera se puso borrosa detrás de una nube de polvo marrón.

—Zonda —dijo Julieta.

—En julio también viene. Te seca las manos y te revuelve la cabeza. Hay que podar rápido, antes de que me ponga de mal humor.

Trabajaron media hora más con el viento empujándolas. Al llegar a la planta catorce, Ofelia se detuvo. Era la más vieja de la fila, con un tronco como una pierna doblada y una cicatriz larga de un lado, donde un rayo o una helada le había quitado una rama hacía décadas. Lo que quedaba de la rama era un muñón gris, y arriba, medio escondido, un solo sarmiento fino y derecho.

—Esta —dijo Ofelia.

—¿Qué tiene?

—Mi viejo la salvó de una helada en el setenta y nueve. Le tiró encima todo el humo que pudo, con llantas, con lo que había. Perdió la mitad de la finca y esta se quedó. Después me dijo: «a esta, nunca le saques de más».

Julieta miró la planta. Después miró a Ofelia, que tenía los ojos entrecerrados por el viento.

—¿Y qué hace con ella?

—Todos los años le dejo un pitón. Uno solo. No da casi fruta, tres o cuatro racimos. Pero brota. Todos los años brota.

—Ofelia, yo no iba a tocarla.

—Ya sé. Pero vos querías cortar el cuartel entero.

Se quedaron paradas con el zonda en la cara. Julieta se acomodó el pelo detrás de la oreja.

—Mire, tiene razón en que hay plantas que no conviene tocar. Pero otras están muy cargadas. Si me enseña cuáles, quizás podemos hacer una cosa mixta: reformar las que aguantan y dejar las otras como están.

—¿Y cómo sabés cuáles aguantan?

—No sé. Por eso se lo pregunto.

Ofelia sonrió por primera vez en el día, con la boca cerrada, para que no le entrara polvo.

—Mirando. Primero se mira, después se corta.

Pasaron la tarde recorriendo la parcela de punta a punta. Ofelia iba señalando con la tijera, la ancha, la fuerte, la que se cuida, la que ya dio todo, y Julieta anotaba con letra chiquita en un cuaderno que sacó del chaleco, porque con el viento la tablet no se podía ni sostener. Cerca de las cinco, cuando el zonda bajó y el sol quedó rojo sobre los álamos, habían marcado con cinta amarilla once plantas para reformar, y con cinta azul la catorce y otras ocho que no se tocaban.

Julieta guardó el cuaderno. Le temblaban un poco las manos de frío.

—¿Le cuento algo? Mi abuelo también tenía una finca, en San Martín. Nunca me dejó podar. Decía que las manos de las mujeres… bueno. Una cosa de época.

—Tu abuelo era un tonto.

—Un poco.

—Tomá —dijo Ofelia. Sacó del bolsillo una tijera chica, de mango rojo desteñido, y se la puso en la mano—. Era la de mi padre. Es liviana, para plantas flacas. A mí ya no me entra bien.

Julieta la sostuvo como si pudiera romperse. Era más pesada de lo que parecía.

—Vamos a empezar mañana —dijo Ofelia—. Con las de cinta amarilla. Yo marco el primer corte y vos hacés el resto.

Se fueron por la hilera, con el viento ya en calma y las sombras largas de las cepas cruzándoles los pies. Atrás, la planta catorce quedó con su cinta azul moviéndose apenas, y el sarmiento fino apuntando hacia el oeste, hacia la nieve, sin que nadie se lo pidiera.

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