A las seis menos cuarto, con el termómetro del muelle marcando dos grados y la bahía todavía negra, Nilda Cárdenas ya tenía el motor de la Marisol en marcha y las manos metidas en guantes de goma que no calentaban nada. Era julio. Era la última salida del año con las trampas de centolla, y la última de su vida, aunque eso todavía no se lo había dicho a nadie en voz alta.
Tobías subió por la escalerita del muelle con la mochila del colegio colgada de un solo hombro. Tenía quince años, la campera nueva de las vacaciones de invierno y cara de no haber dormido.
—¿Seguro que no vomito? —preguntó.
—Seguro no. Si vomitás, vomitás para sotavento. Eso te lo enseño gratis.
Soltaron amarras. La ciudad quedó atrás, apilada en la ladera, con las luces de los barrios altos todavía prendidas y el humo de las chimeneas subiendo derecho porque no había viento. Nilda lo notó y desconfió. En el Beagle, la calma a esa hora era un préstamo.
Salieron de la bahía y doblaron hacia el este. El agua hacía un ruido blando contra la proa, como de alguien que traga. Tobías se sentó sobre un cajón de plástico y miró las montañas, que ya tenían un borde rosado arriba, con la nieve nueva.
—Mi abuelo me dijo una vez que vos eras mejor patrona que él —dijo.
—Tu abuelo decía muchas cosas. La mayoría para no tocar el motor.
Tobías se rio solo. Nilda no. Hacía tres años que Ismael no estaba, y todavía le pasaba que una frase suya la agarraba en la boca del estómago, entre el café y la primera luz.
Llegaron a la primera línea cuando el cielo ya era gris claro. La boya era anaranjada, con una marca pintada a mano: una N y una C. Nilda enganchó el cabo con la pértiga, lo pasó por el halador y la maquinita empezó a chillar. De a poco subió la nasa, goteando, un aro grande de hierro forrado en red, con la carnada de pescado hecha jirones.
—Ahí viene —dijo Nilda.
Adentro había tres centollas. Una era enorme, de patas largas y rojizas, con el caparazón espinoso lleno de mejillones chiquitos pegados. Tobías se quedó parado con la boca abierta, sin saber si tocar.
—No la agarres de las patas. Del caparazón, desde atrás. Así.
Se la puso en las manos. Pesaba más de lo que parecía. La centolla movió una pata despacio, como quien se despereza.
—Ahora el calibre.
Nilda sacó del bolsillo del mameluco una regla de metal con dos topes, gastada, con la pintura del mango casi borrada. Doce centímetros de ancho de caparazón, ni uno menos. Lo que no llegaba volvía al agua, estuviera como estuviera. Era la ley, y además era la costumbre de quien quiere seguir pescando en el mismo lugar el año que viene.
Midieron la primera: catorce. La segunda: trece. La tercera, once y ocho.
—Esa va de vuelta —dijo Nilda.
—Pero le faltan nada. Dos milímetros.
—Dos milímetros es la ley.
Tobías la dejó con cuidado sobre la borda y la soltó. La centolla se perdió en el agua verde en un segundo.
Siguieron con la segunda línea y con la tercera. Hacia las nueve salió el sol por encima del canal y el agua se puso de color estaño. Tobías ya sabía abrir las trampas, cebar de nuevo, esquivar el cabo cuando corría. Hablaba menos. Estaba concentrado, y eso a Nilda le gustó.
Quedaba una sola línea, la que más le importaba. La había calado a fines de mayo, antes del último temporal, con la boya vieja de Ismael: una botella de plástico azul cortada y una cinta roja de tela que ella había atado sin pensar. El viento del oeste había soplado cuatro días seguidos esa semana. Podía haberse cortado el cabo. Podía haberla arrastrado cualquier cosa.
—¿Qué estamos buscando? —preguntó Tobías.
—Una cinta roja.
Buscaron un buen rato. Dieron vueltas en cuadrado, con los binoculares, con la mano sobre los ojos por el reflejo. Tobías la vio primero, a estribor, una mancha roja chiquita que subía y bajaba entre las olas.
—¡Ahí! ¡Ahí está!
La cinta estaba desteñida casi hasta el blanco, pero estaba. Nilda acercó la lancha despacio, enganchó, y el cabo se tensó con un peso distinto, más hondo. Se quedó mirando la maquinita un rato antes de accionarla.
La nasa subió llena de algas. Adentro había una sola centolla, un macho viejo de caparazón oscuro y áspero, con una pata más corta que las otras, regenerada. Tobías la sacó con las dos manos. Nilda le pasó el calibre.
Esta vez midió él solo, con la lengua entre los dientes. Miró dos veces.
—Doce justo.
—Mostrá.
Era doce justo. Nilda lo comprobó tres veces, por costumbre, y a la tercera ya no necesitaba comprobar nada. Un milímetro menos y volvía al mar. Así, justa, se quedaba en el cajón. Ismael habría dicho que era un regalo. Ella pensó que era una broma de él.
—Quedátela vos —dijo Tobías—. Es tu última.
—No —dijo Nilda—. Es la última de la Marisol. De mí no sé nada todavía.
Guardaron la centolla en el cajón con hielo. Tobías cerró la tapa y se quedó con la mano encima un momento, como si estuviera tibia.
Volvieron al puerto con el sol alto y una brisa del oeste que empezaba a levantar cresta. En el muelle los esperaba el inspector, con la planilla y el lapicero. Nilda le entregó las cajas, él midió, anotó, firmó. Después se quedó mirando a Tobías.
—¿Es el nieto?
—Es el nieto.
—Se le nota en cómo se para.
Cuando el inspector se fue, Nilda se sacó los guantes y le dio el calibre a Tobías, de mano a mano, sin decir nada. Él lo miró, le pasó el pulgar por el mango gastado y se lo guardó en el bolsillo de la campera nueva, donde quedó pesando como una piedra tibia.
—Mañana a las seis menos cuarto —dijo Nilda—. Y traé gorro, que hace frío.
Leave a Reply