A las siete menos cuarto, con la escarcha todavía crujiendo sobre la costra y el sol recién apoyado en la sierra de Chañi, Evaristo Colque clavó la trenchadora en la sal y sintió, antes de que cediera, el golpe seco que le subía por los brazos hasta los dientes. Era abril. Hacía cuatro años que no cortaba un pan a mano.
—Tata, ¿en serio no preferís la pala? —preguntó Wilson, desde atrás, con la capucha puesta y el celular guardado por pura obediencia.
—La pala es para la sal de la cooperativa. Esto es otra cosa.
Evaristo tenía setenta y un años, la rodilla izquierda hinchada como un pomelo y una camioneta prestada. Había manejado desde San Miguel de Colorados por la ruta 52 con el nieto de acompañante, entre los cerros pelados y el viento que levantaba polvo blanco sobre el asfalto. El salar se abría a 3.400 metros, plano, tan parejo que la vista se resbalaba.
Lo que quería era chico. Quería cortar diez panes de sal con las hachas de su padre, la trenchadora para abrir el surco y la cuadradora para sacar el bloque, y llevárselos a Dominga Quispe, que bajaba de Susques cada otoño con charqui de llama y siempre preguntaba, sin esperanza, si todavía quedaba alguien que supiera hacer sal en pan. Hasta hacía unos años se trocaba así: sal por maíz, por harina, por papas de la Quebrada. Después llegó el camión, el precio por tonelada, la bolsa con marca. Nadie se había enojado. Simplemente se fue dejando.
—Mirá —dijo Evaristo, y señaló el surco con la punta del hacha—. Tiene que salir parejo. Si te vas torcido, el pan se parte al cargarlo.
Wilson agarró la cuadradora. Era más pesada de lo que parecía y la hoja tenía un filo gastado, de tanto afilarla con la piedra del patio. Golpeó. La sal saltó en astillas.
—Más abajo. Dejá que el hacha trabaje. Vos no empujás, acompañás.
El chico lo intentó de nuevo. Después otra vez. Tenía las manos coloradas y la nariz mojada por el frío, y por primera vez en toda la mañana no hablaba. Se oía solo el golpe, un golpe sordo y limpio, y el viento que arrastraba granitos contra las botas.
A las diez ya habían sacado cuatro panes. Los apoyaron sobre una lona, cada uno del largo de un antebrazo, con las caras lisas brillando, un blanco que dolía en los ojos. Evaristo se sentó en el cajón de la camioneta, se frotó la rodilla y sacó de la bolsa un termo, tortillas y un trozo de queso duro.
—Mi viejo decía que la sal se cría —dijo—. Que llueve en el verano, se llena el salar de agua, y la sal florece cuando el sol y el viento la trabajan. Después en abril se corta lo que quedó. Nunca la tratábamos como una cosa. Era más bien un animal que nos dejaba llevarnos un poco.
—¿Y la cooperativa?
—La cooperativa hace piletas, y está bien. De ahí sale la sal para comer, la que va a las fábricas. Yo trabajé veinte años en eso. Pero esto —y tocó el pan con la bota—, esto es lo que hacía mi viejo, y cuando él se fue me quedó la mano que sabe, y nadie a quien dársela.
Wilson no dijo nada. Masticaba despacio. Miraba el pan.
—Dale otra vez —dijo al rato, y se limpió las manos en el pantalón.
A las tres de la tarde tenían diez. Evaristo contó dos veces, por costumbre. Los envolvieron en mantas, uno por uno, y los acomodaron en la caja de la camioneta con paja. Wilson tenía una ampolla en la palma. La miró, se la mostró al abuelo con cierto orgullo, y Evaristo asintió sin sonreír, porque esas cosas se respetan.
Dominga los esperaba en el parador de la ruta, junto al cartel de las visitas guiadas, con el poncho gris y dos bolsas de arpillera apoyadas contra la pared. Tenía la cara cuarteada como el suelo del salar en febrero. Cuando vio las mantas, no preguntó nada. Levantó una punta, pasó el dedo por la cara del pan y se lo llevó a la boca.
—Es de la de antes —dijo.
—Es de ahora —contestó Evaristo—. Lo cortó el chico, casi todos.
Dominga miró a Wilson. Lo miró lo bastante como para que el chico bajara los ojos.
—Entonces tiene mano.
Hicieron el trueque en el mismo parador, sin apuro, sin balanza. Dos bolsas de charqui por los diez panes, más un queso de cabra que ella le puso encima a Wilson «para que no se le pierda la costumbre». Evaristo cargó el charqui en la camioneta. La rodilla le dolía como nunca y no le importaba.
Volvieron con el sol bajo, el salar teñido de un rosa que duraba poco. En la ruta, Wilson iba callado, con la mano de la ampolla abierta sobre la pierna.
—Tata.
—Qué.
—El año que viene, ¿cortamos veinte?
Evaristo siguió mirando el camino. Un camión pasó en sentido contrario y la camioneta tembló en el aire. Más allá, sobre la costra blanca, quedaban los surcos de la mañana, finos y derechos, como una firma.
—Veinte —dijo—. Y yo me siento y mando.
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