Fortunata Ledesma bajó el bombo de arriba del ropero a las cuatro de la tarde, cuando el patio de tierra de Suncho Corral ya largaba el calor de la siesta y las chicharras se habían cansado de gritar. Lo apoyó sobre la mesa de la cocina, encima del hule de flores, y lo miró como se mira a un pariente que llegó sin avisar.
Hacía once años que nadie lo tocaba. Desde que Nicanor se quedó dormido en la reposera y no se despertó, el bombo había vivido envuelto en una frazada, entre los frascos de dulce de cayote y una caja de zapatos con boletas viejas. El parche de arriba se había aflojado hasta quedar como una hoja de cuaderno mojada. El de abajo tenía una rajadura del largo de un dedo.
—Abuela, ¿qué hacés con eso? —preguntó Milagros, que había vuelto de la escuela con la mochila colgando de un solo hombro.
—Lo voy a arreglar.
—El sábado toco en el club con la guitarra de la profe. No necesito bombo, abuela.
—Una chacarera sin bombo es una persona sin sombra —dijo Fortunata, y fue a buscar el termo.
Milagros tenía catorce años y una forma de encogerse de hombros que a Fortunata le recordaba a su marido. Se quedó mirando cómo la abuela, que había sido maestra rural cuarenta años y nunca había tocado nada más fuerte que una campanita, sacaba del cajón las tijeras de podar, un ovillo de tiento y una aguja larga de coser bolsas.
Lo que Fortunata quería era chico y concreto. Quería que el bombo de Nicanor sonara una vez más, un solo golpe, el sábado, antes de que empezara el baile. No había hecho ese pacto con nadie, ni con Dios ni con el muerto. Lo había decidido sola una mañana, mientras barría, y desde entonces lo cargaba como una piedra en el bolsillo.
El vecino de enfrente, don Segundo Herrera, criaba cabras en un corral de palo a pique y ramas de quebracho. A las cinco ella cruzó el camino con un frasco de membrillo y volvió con un cuero de chivo, crudo, duro como una tabla, con un olor fuerte a sal y a monte. Don Segundo no preguntó para qué. Solo dijo:
—Hay que remojarlo toda la noche. Y no lo apures, que el cuero se enoja.
Fortunata lo dejó en la palangana de lata, bajo la canilla del patio. Esa noche no durmió bien. Soñó que el bombo sonaba solo, adentro del ropero, y se despertó con el corazón golpeando el mismo compás.
Al otro día, antes de que aclarara, cortó el cuero con las tijeras, siguiendo el contorno del aro con un lápiz de carpintero. Le temblaban las manos. Milagros se levantó en piyama, la miró un rato desde la puerta y se sentó a su lado sin decir nada. Le alcanzó el tiento, le sostuvo el aro cuando hizo falta.
—Tiene que quedar parejo —murmuró Fortunata—. Si tironeás de un lado, suena torcido.
—¿Y vos cómo sabés?
—Lo escuché cuarenta años. Nicanor se pasaba una hora tensando antes de cada fiesta, y yo planchando en la pieza de al lado, oyéndolo apretar y soltar, apretar y soltar. Aprendí por las orejas.
Tardaron dos tardes en pasar los tientos por los agujeros del cuero nuevo, uno por uno, tirando con todo el cuerpo, con las manos ampolladas y el olor a chivo metido en la ropa. La rajadura del parche de abajo la cosieron con una tira fina, como quien cierra la herida de un animal. Cuando terminaron, el bombo parecía otro: más oscuro, más pesado, con un parche pálido arriba que brillaba como un hueso.
El viernes por la noche Fortunata lo golpeó por primera vez, con el palillo de palo blanco que Nicanor guardaba atado con un piolín. Sonó un golpe sordo, hueco, sin vuelo. Un golpe de cajón de madera.
—Es el cuero nuevo —dijo Milagros—. Todavía está duro.
—No es el cuero. Es que está frío.
Fue la única explicación que se le ocurrió, pero la sabía cierta. Nicanor lo arrimaba siempre al fuego antes de tocar, de a poquito, dándolo vuelta como a un asado, hasta que el cuero se ponía tirante y respondía. Esa noche Fortunata prendió unas astillas en el brasero del patio. Sostuvo el bombo a media distancia, con los brazos cansados, y esperó. Milagros le cebaba mate y le cambiaba las astillas. En algún momento se hizo muy tarde y el aire olía a leña, a tierra seca, a algo que no tenía nombre.
Golpeó otra vez. Ahora el sonido salió ancho, profundo, con un temblor largo que se quedó colgado en la oscuridad. A Fortunata se le llenaron los ojos, y lo disimuló limpiándose con la manga.
—Ahí está —dijo Milagros, bajito.
El sábado, en el club, antes de que se apagaran las luces de la cancha de bochas y empezara el baile, Fortunata se paró en la puerta con el bombo colgado del hombro. Le dio un solo golpe, uno solo, hacia la noche abierta. Después se lo pasó a la nieta, que se acomodó la correa con la seriedad de quien recibe una bandera.
Lejos, del lado de los algarrobos, cuando el eco ya se había apagado, alguien contestó con otro golpe. Después otro más, desde más lejos todavía, hasta donde terminaba la legua.
Fortunata se quedó escuchando. Y por primera vez en once años no sintió el silencio como una falta, sino como el hueco que queda entre dos golpes.
Leave a Reply