El nudo de don Aníbal

A las siete y cuarenta, con el vapor del primer café todavía pegado a los vidrios de la Estación Fluvial de Tigre, Aníbal Cuello ató el bichero con dos vueltas de piolín al pasamanos de la lancha y se quedó mirándolo. Era una caña de eucalipto de tres metros, con un gancho de bronce en la punta que cuarenta y un años de manos le habían dejado lustroso como una moneda. Ese martes era su último recorrido como marinero de la colectiva.

No se lo había contado a nadie, salvo al patrón, que prometió no hacer ruido. Aníbal quería terminar el viaje como todos los días: atar, soltar, contar chicos, no decir nada.

—Hay sudestada —avisó el patrón, Ramiro, desde la timonera, con la radio crepitando—. El río viene alto. Vamos a tener que tirar despacio.

Salieron a las ocho y cuarenta, cargados de guardapolvos blancos, mochilas y bolsas de pan. El Sarmiento llevaba el agua color té con leche, y los sauces del costado chorreaban sobre las barandas de los muelles. Aníbal iba y venía por la cubierta con la soga al hombro. En cada parada tiraba la gaza sobre la cornamusa, esperaba que el chico saltara, y soltaba. Veinte paradas. Las sabía de memoria, como un rezo: el Recreo Alcázar, la entrada del Curubica, el muelle de la señora de las hortensias, el de los perros.

—Don Aníbal, ¿usted viene mañana? —le preguntó una nena en el arroyo, con el pelo todavía mojado.

—Mañana viene otro, mi vida. Pero ata igual de bien.

—Ninguno ata como usted —dijo ella, muy segura, y se acomodó junto a la ventanilla.

Sobre el canal Arias el agua subió un poco más. El viento del sudeste empujaba desde el Río de la Plata y los troncos flotaban en la corriente como animales dormidos. Ramiro redujo el motor. En la parada once, el muelle de los Bogado ya tenía las tablas bajo una mano de agua, y los dos hermanitos esperaban en el borde, con las zapatillas colgadas del cuello y los guardapolvos arremangados hasta las rodillas.

—No se puede arrimar —gritó Ramiro—. La corriente nos tira contra los pilotes.

Aníbal midió la distancia con el ojo. Dos metros de agua oscura, el muelle casi hundido, un pilote mocho que asomaba del lado de afuera. Si la lancha tocaba, rompía la madera. Si no arrimaba, los chicos se quedaban en la isla, y las clases de ese día se perdían, y quizás las de mañana.

Desató el bichero del pasamanos. Se lo pasó por detrás de la espalda como había hecho mil veces y enganchó el pilote mocho de un solo golpe. Ahí estaba: la lancha quedó de costado, firme, balanceándose, y el agua dejó de tirarla.

—¡Ahora, de a uno! —dijo.

La más grande, Luciana, saltó con la mochila apretada contra el pecho. Aníbal la agarró de la muñeca, fuerte. Después el chiquito, Joaquín, que tenía ocho años y no había dicho una palabra. Joaquín miró el agua, miró el bichero y miró a Aníbal.

—Dale, que yo te tengo —dijo Aníbal.

El nene saltó. Aterrizó en cubierta con las dos rodillas, y el mismo golpe lo puso a reír de puro susto. Aníbal sintió que le temblaban los brazos. Tenía sesenta y tres años y la espalda le cobraba cada vuelta de soga, pero no soltó el bichero hasta que Ramiro dio marcha atrás y la lancha se separó del pilote como quien despega un esparadrapo.

El resto del recorrido fue una sola mañana mojada y larga. Llegaron a la escuela de pilotes con un cuarto de hora de atraso, y la directora esperaba en la escalera con el grabador en la mano. Los chicos formaron bajo el edificio, entre los charcos y el olor a madera húmeda, y cantaron la canción de la isla con las voces un poco desparejas.

A las cinco de la tarde, en el regreso, Aníbal ató la lancha en la Estación Fluvial por última vez. No hubo discurso. Ramiro le dio la mano, le dio un abrazo, le dijo que no se perdiera. Aníbal juntó su termo, su gorra y la campera. Se quedó con el bichero un rato largo en las manos.

Al día siguiente, a las siete y media, un vecino de los Bogado subió al muelle de la lancha de apuro, buscando a Ramiro, y le dejó un paquete envuelto en una bolsa de arpillera. Adentro había un nudo, el más grande y prolijo que se había visto en el arroyo, hecho con piolín celeste. Un nudo de marinero, trabajado con dedos chicos, con una nota atada: «Para don Aníbal, que ata mejor que todos. Joaquín».

Ramiro lo sostuvo un momento. Después lo colgó del gancho de bronce, junto al bichero que Aníbal había dejado en la timonera, y lo dejó oscilar con el movimiento del río.

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