Hilda Brunner encontró el cepillo de carpintero en el fondo del galpón, envuelto en un trapo de piso que se deshizo en sus dedos como un papel mojado. Era un cepillo de madera de lapacho, con la suela gastada y una inicial grabada a fuego en la cabeza: una R, de trazo prolijo.
—Esa R no es de Walter —dijo en voz alta, y la voz le rebotó contra la chapa—. Walter era W.
Se sentó en el banquito de las semillas con el cepillo sobre las rodillas. Afuera, en Esperanza, ya se oían los parlantes probando sonido para el desfile de las colectividades. Era sábado, la mañana en que la Plaza San Martín se llena de banderas, de olor a strudel y a salchicha parrillera, y de abuelos con la camisa mejor planchada.
Hilda lo supo de golpe, como se sabe un nombre que estaba en la punta de la lengua. En el invierno de 1986, su marido había vuelto de la carpintería de los Rey con ese cepillo debajo del brazo. «Me lo prestó Armand, para terminar la mesa del comedor», había dicho. Después vino la mesa, y después vino la pelea. Ninguna de las dos familias se acordaba bien de qué había sido. Algo con una medianera, con un reclamo de plata, con una frase dicha en alemán que alguien entendió en francés. Walter murió hace nueve años sin devolver el cepillo, y Armand Rey nunca lo reclamó.
Cruzar la calle ancha, en Esperanza, es una costumbre más que un acto. Los fundadores la trazaron a mediados del siglo XIX como una franja que separaba a los colonos de lengua francesa, al este, de los de lengua alemana, al oeste. Hoy es la plaza, con su monumento a la agricultura en el medio y los bancos a la sombra de los árboles. Hilda había nacido del lado oeste, y en ochenta años había cruzado esa plaza miles de veces. Pero nunca con un cepillo ajeno en la cartera.
Lo envolvió en un repasador limpio y salió.
En la plaza, la gente armaba los puestos por colectividad: los suizos con sus manteles a cuadros, los italianos con las ollas enormes, los franceses con una mesa larga de quesos y panes. Hilda buscó entre las sillas hasta ver a Armand Rey, sentado en un banco al lado del mástil, con un pañuelo de seda en el cuello y un bastón apoyado en la rodilla. Había encogido. Ella también.
—Armand.
Él levantó la cabeza despacio. Los ojos seguían claros, de un celeste de lavandería.
—Hilda Brunner —dijo, y la pronunció a la francesa, con la r arrastrada—. Cuánto tiempo.
—Treinta y ocho años —dijo ella—. Ahora que lo pienso, justo.
Sacó el cepillo del repasador y se lo puso sobre las piernas. Armand lo miró un rato largo sin tocarlo. Después pasó el pulgar por la R.
—Pensé que se había perdido en la mudanza del taller.
—Estaba en el galpón de mi marido. Perdón. No lo devolvió.
—No. —Él sonrió de costado—. Walter era capaz de tener algo prestado treinta años solo para no darme la razón.
—Y vos de no reclamarlo para no dársela a él.
Se quedaron callados. Del otro lado de la plaza, un chico probaba una trompeta y erraba siempre la misma nota. Armand levantó el cepillo hasta la altura de los ojos y entornó uno, como se hace con una tabla para ver si viene derecha.
—¿Sabés para qué lo necesito justo hoy? —dijo.
Y le contó. El mástil donde cada año se izaba la bandera de los franceses estaba mal de la base: la humedad había hinchado la madera y ya no entraba en el soporte de hierro que la municipalidad había puesto en la plaza. Hacía dos horas que los nietos de Armand lo golpeaban con una maza y nada. La bandera iba a quedar acostada sobre una mesa, y él, a los ochenta y dos años, iba a ver el desfile con el bastón y sin su bandera.
—Tenés doscientas herramientas en el taller —dijo Hilda.
—Todas con una mano de más. Ese cepillo lo afilé yo hace cuarenta años. Está en la hoja, hay que sentirlo.
Hilda lo miró. Después miró el mástil, tirado sobre dos caballetes, con tres muchachos alrededor. Se arremangó la manga del vestido.
—Mostrame cómo.
No fue elegante. Armand no podía agacharse, así que Hilda se arrodilló en el pasto y apoyó el mástil sobre sus muslos. Él le dirigía el movimiento desde el banco: «Más largo. Sin apurarte. Dejá que la madera te diga». El primer pasaje salió trabado. En el segundo, la hoja agarró y de la boca del cepillo empezó a salir una cinta fina, dorada, que se enroscaba sobre el pasto con olor a resina dulce. Hilda sintió que algo en el pecho se le aflojaba también, el mismo nudo que Walter había anudado y ella había heredado sin querer.
Los muchachos callaron. Una mujer de la mesa de los alemanes se acercó con un pañuelo y se quedó parada, sin saber si interrumpir.
Al cuarto pasaje, el mástil entró en el soporte con un ruido seco, bien encajado, y ni siquiera hizo falta la maza. Los nietos lo levantaron entre aplausos desparejos. Subió la bandera, la brisa la abrió, y quedó flameando frente a la plaza, a veinte metros de la mesa de los suizos y a cuarenta de la casa donde Hilda había vivido toda su vida.
Armand le extendió el cepillo.
—Quedátelo.
—Es tuyo.
—Entonces te lo presto —dijo él—. Para que me lo devuelvas.
—¿Cuándo?
—El año que viene. En la plaza. A esta hora.
Hilda guardó el cepillo en el repasador. Se sacudió las rodillas, y en el pasto quedó la viruta, una cinta rubia que el viento levantó, la llevó un poco hacia el oeste y la dejó caer en el medio de la calle ancha.
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