Zapatos blancos para Rosalía

Eusebia Corbalán contó los billetes sobre el cajón de la pieza, a la luz de la ventana, y los volvió a contar. Cuatro mil trescientos. Afuera, entre las casas de chapa de la colonia del ingenio La Florida, ya se oían los camiones de la última semana de zafra, y el humo de la maloja quemada bajaba del cañaveral y se metía por las rendijas con olor a azúcar quemada.

—¿Alcanza, mamá? —preguntó Rosalía, que tenía nueve años y estaba sentada en la cama con los pies colgando.

—Alcanza para el pasaje y para lo que prometí.

Lo que había prometido era un par de zapatos blancos. En marzo, antes de salir de Pellegrini, en Santiago del Estero, Rosalía le había mostrado a la madre una estampita de la Virgen del Valle y había dicho que para la primera comunión, en diciembre, quería ir toda de blanco, hasta los pies. Eusebia dijo que sí, como se dicen muchas cosas en marzo. Después vinieron seis meses de cocinar para treinta cortadores en el fondo del galpón, con la olla grande de guiso, el fuego de leña y las manos siempre secas de lavar. Cada sábado se anotaba lo ganado en un cuaderno de escuela, con letra de maestra que le había enseñado Rosalía.

La tarde del jueves bajaron juntas hasta el pueblo, caminando por la avenida de eucaliptus que lleva a la estación. Los carros con caña pasaban lentos y levantaban un polvo dulce que se pegaba a la ropa. Rosalía iba con un vestido de otro verano, demasiado corto, y llevaba en la mano un papel doblado donde había dibujado el pie izquierdo, con lápiz, apoyándolo en la hoja.

—Medí bien —dijo—. Pero me crecieron los dedos.

—Los pies no crecen en una semana.

—Los míos sí.

La zapatería quedaba frente a la plaza, una puerta alta con una cortina de tiras de plástico. Adentro olía a cuero y a pegamento. El dueño, un hombre grande con el delantal gris, estaba acomodando cajas con una escalera, y no se dio vuelta enseguida.

—Buenas tardes. Queríamos unos zapatos blancos, de nena, número treinta y cuatro.

—Treinta y cuatro blanco… —Bajó los escalones con calma, miró a Rosalía de arriba abajo y después los billetes que Eusebia todavía no había sacado, pero que él parecía ver igual—. Blancos tengo uno solo. Los de charol. Salieron para un casamiento y los devolvieron.

Trajo la caja. Los zapatos eran perfectos: una hebilla chiquita, la suela clara, el brillo como de loza. Rosalía los miró sin tocarlos, con las manos pegadas a las costillas.

—¿Cuánto?

—Tres mil ochocientos.

Eusebia hizo la cuenta sin querer. Con eso se iban el pasaje, el pan del viaje y el alquiler del mes que debía a la señora de la colonia. Apretó el bolso contra el vientre.

—Tengo tres mil para esto. El resto es del pasaje.

—Entonces no llegamos —dijo el zapatero, sin mala intención, y empezó a cerrar la caja.

—Esperá —dijo Rosalía.

Se agachó y se sacó una alpargata gastada, la izquierda, y después la derecha, y las puso lado a lado sobre las baldosas. Metió la mano en el bolsillo del vestido, sacó el papel con el dibujo del pie y lo apoyó al lado de las alpargatas.

—Yo se los pago con trabajo. Sé barrer. Sé ordenar por número. Mi mamá me enseñó.

El zapatero miró el papel, miró las alpargatas, miró a Eusebia. Se sacó los anteojos y los limpió con la punta del delantal, despacio.

—Señora, ¿usted es la que cocina en el galpón del fondo?

—Soy.

—Mi cuñado le compra el pan a la panadera que le vende a usted. Dice que el guiso de la Corbalán hace llorar a los hombres de gusto. —Dejó los anteojos sobre el mostrador—. Mañana me casa una sobrina. Cuarenta personas, en el patio de mi casa, y mi mujer se quiebra la cintura con la cocina. ¿Usted podría hacerme la comida?

Eusebia no contestó enseguida. Le faltaban tres días para volver a Pellegrini, el colectivo salía el domingo a las seis, y tenía la olla grande lavada y colgada de un clavo en el galpón.

—Para cuarenta necesito carne desde temprano. Y leña seca.

—Eso corre por mi cuenta.

—Y ayudante.

—Yo —dijo Rosalía, con un pie ya adentro de la alpargata.

Cocinaron desde las cinco de la mañana del viernes, en un patio de tierra con un parral y una mesa larga prestada por los vecinos. Eusebia pelaba papas con el cuchillo chico mientras Rosalía revolvía la olla con una cuchara de madera casi tan alta como ella. Al mediodía los invitados se sirvieron dos veces. Un tío del novio quiso saber de dónde era la receta y Eusebia le dijo que de ningún lado, que eran las manos, y él se rió y le pidió el nombre. Se lo dijo despacio, como lo escribía en el cuaderno.

A la tarde, cuando se fueron los últimos, el zapatero salió al patio con la caja bajo el brazo y un sobre en la otra mano.

—Los zapatos son suyos. Y esto por la comida. Después hablamos de si me debe algo.

—No le debo —dijo Eusebia—. Estamos a mano.

—Entonces la comida sale más barata que los zapatos. Hacemos así: los zapatos por el trabajo, y el sobre por el guiso.

Rosalía abrió la caja ahí mismo, sobre la mesa larga, sin esperar. Se sentó en el banco, se sacó las alpargatas y se calzó el zapato izquierdo, después el derecho. Abrochó las dos hebillas. Se paró. Caminó hasta el parral y volvió, haciendo sonar la suela contra la tierra seca, y cada paso dejó una marca clara en el polvo.

—Quedan justos —dijo.

—Te van a quedar chicos para diciembre —dijo Eusebia.

—No importa. Me los pongo una sola vez.

El domingo, a las seis, esperaron el colectivo en la ruta. Detrás, entre las casas bajas de la colonia, la chimenea del ingenio largaba un hilo blanco contra el cielo que se ponía rosa. Rosalía llevaba la caja abrazada contra el pecho y las alpargatas colgadas del cuello, atadas por los cordones. Cuando el colectivo frenó y abrió la puerta, subió primero, con cuidado, mirando el piso del escalón, para no ensuciar nada que todavía fuera blanco.

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