Don Cecilio Tolaba se había torcido la rodilla bajando del colectivo, y por eso fue Nahuel el que subió al cerro con la pala al hombro. Era el sábado anterior al carnaval. En Humahuaca el aire olía a albahaca recién cortada, y desde las casas bajas del barrio Calvario se oía el ensayo de una caja, siempre el mismo golpe, como alguien que busca la puerta en la oscuridad.
—Vas a ir callado —le había dicho el abuelo desde la cama, con la pierna sobre dos almohadas—. En el mojón no se habla hasta que sale la olla. Después hacés lo que te digan los grandes.
—¿Y si no la encuentro?
—La enterré yo hace un año, a tres palmos y medio. Vas a encontrarla.
Subieron veintitrés personas de la comparsa Flor de Cardón, con los trajes de diablo envueltos en bolsas de arpillera, los músicos con los erkenchos y los bombos colgados a la espalda, y una señora con una damajuana de chicha que cargaba como si fuera un bebé. Nadie hablaba. Se oían las zapatillas contra las piedras sueltas y la respiración de los más viejos. Arriba, en un recodo detrás de un cardón, estaba el mojón: un montoncito de piedras planas, con una cruz de ramitas atada con lana roja que el sol del año entero había dejado casi blanca.
Nahuel sacó las piedras una por una y las fue apilando a un costado. Después clavó la pala. La tierra estaba seca arriba y húmeda abajo, con olor a lluvia vieja. A la altura del primer palmo apareció una hoja de coca aplastada. A los dos, un pedazo de serpentina descolorida. A los tres, la pala hizo un ruido hueco, de cerámica, y todos los que estaban mirando respiraron al mismo tiempo.
Pero el ruido no era el de una olla entera. Nahuel se agachó, apartó la tierra con las manos y vio la boca de barro partida en dos, y un hilo de raíz fino, pálido, que había entrado por la grieta y se había enroscado adentro como una mano cerrada. Sacó los pedazos con cuidado. Adentro estaba el Pujllay.
O lo que quedaba. El muñeco, que don Cecilio cosía cada año con retazos de tela, tenía la cara comida por la humedad y un brazo suelto. El gorro de lana había desaparecido. Solo la cola puntiaguda, roja, seguía entera.
Alguien murmuró algo. Una mujer se tapó la boca. El que tocaba el bombo bajó los ojos como si se hubiera equivocado él. Nahuel sostenía el muñeco con las dos manos, y le temblaba el codo. Quería decir que no había sido su culpa, pero tenía prohibido hablar, y además era verdad que nadie lo había acusado.
Fue doña Eulogia, la más vieja, la que rompió la regla. Se acercó apoyada en un palo de tuna y miró el muñeco un rato largo.
—Mal año para la olla —dijo—. Pero la tierra lo guardó. Fijate: está todo.
—Está roto —dijo Nahuel, y la voz le salió finita.
—Está todo —repitió ella—. El Pujllay no es la tela. Es lo que se desentierra.
Entonces la señora de la damajuana destapó la chicha y empezó la corpachada. Nahuel hizo lo que había visto hacer toda la vida desde abajo, mirando entre las piernas de los mayores: vertió un poco de chicha en el hoyo, la boca de la Pachamama, y tiró adentro cigarrillos, hojas de coca, un puñado de papel picado. Cada uno fue pasando. Algunos dejaron una moneda. Un hombre dejó una foto chiquita y no dijo de quién.
Mientras tanto los diablos se vestían contra el viento, ayudándose con las máscaras, con los cascabeles y las cintas. Alguien prendió un churqui, y el cardón seco ardió con un resplandor rojo sobre las caras. Nahuel miró el muñeco, miró la cola entera, y de pronto se sacó el pañuelo de la cabeza, un pañuelo verde que le había regalado el abuelo para el Día del Niño.
—¿Puedo? —preguntó.
Doña Eulogia asintió. Entre dos mujeres le ataron el brazo suelto con un hilo de la lana roja del mojón, y Nahuel envolvió con el pañuelo lo que había sido la cabeza del muñeco, anudándolo atrás, apretado. No quedó lindo. Quedó un Pujllay con turbante, tuerto de tierra, con un brazo atado como un herido. Pero se sostenía.
Explotó el primer petardo, abajo, en el pueblo. Después el segundo. Los diablos se pusieron en fila. Con el tercero, la montaña entera pareció respirar hacia adentro, y los bombos arrancaron a la vez, con ese golpe que a Nahuel le entraba por los zapatos y le subía hasta los dientes. Lo levantaron en alto, al muñeco, entre aplausos secos, y empezaron a bajar.
Abajo, en la plaza, la gente esperaba con talco en las manos. Nahuel iba al frente de la comparsa, cargando el Pujllay sobre la cabeza, y sentía en los hombros el peso de nada, de un poco de tela mojada, de una cosa que dos horas antes parecía una desgracia. La harina le pegó en la cara. Alguien le gritó su nombre y él no se dio vuelta.
Esa noche, cuando entró a la casa con los cascabeles todavía sonando en los bolsillos, don Cecilio lo esperaba sentado en la cama, con el termo y la pierna en alto. Miró primero las manos de su nieto, llenas de tierra, y después el muñeco con el pañuelo verde.
—¿Sin gorro? —preguntó.
—Se lo comió la tierra.
El abuelo estiró los dedos, lo agarró por la cola y lo dio vuelta, despacio, como se da vuelta un pan.
—El año que viene —dijo— lo vas a coser vos.
Leave a Reply