Amelia Quinteros desenrolló el papel de seda sobre la mesa de la ramada y lo alisó con el canto de la mano, como se alisa una sábana. Eran las siete y diez de la mañana de un jueves de enero, y bajo los sauces todavía había una sombra azul que olía a tierra mojada. Del canal llegaba el ruido corto del agua pasando por la compuerta, y más lejos, entre las filas de peras, el motor del tractor que arrastraba los bins vacíos.
Hacía treinta y un años que embalaba en la chacra de los Zúñiga, en las afueras de Cipolletti, y hacía cuatro que no embalaba nada. Desde la temporada de la rodilla, el galpón de empaque de la ruta le quedó lejos, y la ramada, que antes era el lugar donde la fruta se vestía para salir, se volvió un depósito de escaleras y mangueras viejas.
Esa mañana la había limpiado ella sola. Había barrido las hojas de sauce, había lavado la mesa con lavandina y había traído de su casa un rollo de papel de seda que guardaba desde la última vez, medio amarillo en las puntas.
—¿Qué hacés acá, tía? —dijo una voz.
Era Nicolás, el hijo de Zúñiga, de veintipico, con la gorra para atrás y una planilla en la mano. Venía de controlar la cosecha de Williams, que había empezado esa semana.
—Embalo —dijo Amelia.
—Pero si la fruta va toda al galpón. Hay una máquina que calibra, que clasifica, que…
—Ya sé lo que hay. Traeme un cajón de la de adelante, la del monte viejo. Y una caja de cartón de las de antes, si queda alguna.
Nicolás la miró un rato, se rascó la nuca y se fue. Volvió a los diez minutos con un cajón de peras recién cortadas, todavía frías, con ese verde apagado y la piel áspera de la Williams cuando recién sale del árbol. Atrás venía arrastrando una caja de cartón con la tapa doblada. Quedaba una, en el fondo de un estante, con la marca de una empacadora que ya no existía.
—Es la última —dijo—. Mi viejo las guardaba para no sé qué.
—Para esto —dijo Amelia.
Se sentó. Agarró la primera pera con la mano izquierda y con la derecha tomó un cuadrado de papel de seda. Hizo lo que había hecho cien mil veces: la apoyó en el centro, levantó las cuatro puntas, las retorció con un giro de muñeca que ya no necesitaba pensamiento, y la acostó en la caja con el cuello hacia arriba. La pera quedó envuelta como un regalo. Agarró otra. Después otra.
Las manos se acordaban. Eso era lo raro y lo bueno. La rodilla dolía, la espalda se quejaba, pero los dedos iban solos, y entre una pera y otra Amelia fue recuperando algo que no sabía que se le había ido: el ritmo. Uno, dos, tres. Papel, giro, caja. En el galpón ese ritmo se perdía entre el ruido de la cinta; acá, bajo los sauces, se oía entero.
Nicolás no se había ido. Se había quedado de pie, con la planilla colgando.
—¿Y para quién es esa caja?
—Para nadie. Para que quede hecha.
—¿Y si te ayudo?
—Si me ayudás, la hacés mal.
—Enseñame.
Amelia levantó los ojos. Lo pensó. Después empujó el rollo de papel hacia el otro lado de la mesa.
—Sentate. Tomá la pera del cuello, no del cuerpo. La piel se marca con el dedo y a los dos días ya tiene una mancha. Agarrala como si fuera un pajarito.
Nicolás se sentó. La primera le salió torcida, con el papel arrugado de un costado. La segunda se le rompió. A la tercera se rió solo, y Amelia le corrigió el giro: más suave, más corto, como si cerraras una puerta que no querés que golpee.
Pasó una hora. El sol corrió la sombra de los sauces hasta el borde de la mesa. El tractor se detuvo y volvió a arrancar. Un camión pasó por el camino de tierra dejando un polvo fino que quedó flotando en la luz. Del canal subía todavía el olor a agua de riego, ese olor a hierro y a barro tibio que Amelia reconocería en cualquier parte del mundo.
Cuando la caja estuvo llena, con tres filas parejas y las peras apretadas sin apretarse, Nicolás se echó para atrás en el banco.
—Qué lento es esto —dijo.
—Muy lento.
—¿Y por qué lo hacían así?
—Porque cada pera iba a llegar a alguien. Y a esa gente no la veíamos nunca, pero sabíamos que la iba a agarrar con las dos manos.
Nicolás miró la caja. Pasó el dedo por una de las puntas de papel retorcido, con cuidado.
—Se la voy a llevar a mi mamá.
—Llevásela —dijo Amelia—. Pero primero tapala bien.
Doblaron las solapas juntos. Amelia pasó la palma por el cartón, de punta a punta, como cuando se alisa algo para dejarlo listo. Después se levantó, despacio, apoyándose en la mesa, y guardó el rollo de papel en la bolsa.
—¿Te lo dejo? —preguntó.
—Dejalo.
Lo sacó otra vez, lo apoyó en el borde de la mesa, y lo dejó ahí, con la punta amarilla asomando, bajo los sauces, donde el agua seguía sonando.
Leave a Reply