Lalo Benegas clavó el último palito de la esquina a las cinco y media de la mañana, con la niebla todavía pegada al pasto y el ruido del primer tren del Roca llegando desde Lanús Este, lejos, como una persiana que se baja. En el bolsillo del guardapolvo tenía un ovillo de hilo sisal, una cinta métrica de lona y un pucho apagado que no pensaba prender. En el carrito, la bolsa de cal, abierta, largaba ese polvo blanco que le dejaba los nudillos como de yeso.
Hacía veintidós años que era el canchero del Club Unión Vecinal, a siete cuadras de la avenida Hipólito Yrigoyen. La cancha era de baby, de tierra y pasto ralo, con arcos de caño pintados tantas veces que ya tenían forma de hueso. El lunes llegaba el césped sintético. Lo había decidido la comisión en una asamblea de la que él se enteró por el cartel de la puerta. Las líneas del nuevo piso venían cosidas de fábrica, sin cal y sin hilo.
Por eso quería hacer esas, las de este sábado, bien. Las últimas.
Estiró el hilo de palito a palito y lo tensó con dos dedos, como le había enseñado su viejo en el potrero de Valentín Alsina. Lo hacía sonar. Si el hilo no suena, decía el viejo, está flojo, y si está flojo la línea sale con panza.
—Don Lalo.
Se dio vuelta. En el portón, con la mochila del colegio y las canilleras puestas sobre el pantalón de jogging, estaba Camila, once años, la capitana de la categoría 2014. Tenía el pelo mojado.
—Falta una hora y media para la final, pibita. Andá a tomar la leche.
—No puedo. Estoy nerviosa. ¿Puedo ayudarlo?
Lalo la miró un rato. Después le tiró la punta del hilo.
—Agarrá ahí. Fuerte. Y no te muevas.
Camila se agachó en la raya del medio, con las dos manos en el sisal, y puso cara de estar sosteniendo un barrilete en plena tormenta. Lalo cargó la marcadora, un carrito de chapa con una ruedita que había soldado él mismo en el ochenta y nueve, y empezó a empujarla despacio. La cal caía en un hilo parejo, blanca sobre el verde oscuro.
—¿Y por qué no usan un aparato nuevo? —preguntó ella.
—Porque el aparato nuevo no sabe dónde está la loma. Esta cancha tiene una lomita cerca del córner izquierdo, ¿viste? Si pasás la máquina así nomás, la línea se te va. Hay que empujar con el hombro, un poquito más.
Se la mostró. La rueda subió la lomita, dobló apenas, y la línea siguió derecha, sin un temblor. Camila se quedó callada, mirando.
—Está re linda.
—Es cal y un hilo, nena.
—Igual está linda.
Hicieron el área grande, el círculo del medio con el compás de soga y un clavo, los puntos del penal. Él marcaba, ella corría el hilo. A las siete y diez la niebla se levantó y se vio el cielo de ese color gris amarillento de noviembre, con el aire oliendo a pasto húmedo y a gomería cercana. Del buffet llegó el ruido de la cafetera. Alguien prendió la radio, y sonó una cumbia floja.
Cuando terminaron, Lalo se paró en el córner y miró la cancha entera, con un ojo cerrado, como hacía siempre. Las líneas se cruzaban prolijas. Había una torcedura de dos dedos en el lateral de la derecha, y la dejó. Era de Camila, y le pareció que ahí tenía que quedar.
—Don Lalo —dijo ella, bajito—. ¿Es verdad que el lunes la cambian?
—Es verdad.
—¿Y usted qué va a hacer?
—Voy a seguir viniendo. Alguien tiene que barrer las hojas.
Ella se rió, pero se le notó que no le había gustado la respuesta. Se sacó una canillera, se la volvió a poner. Después sacó algo del bolsillo del jogging y se lo dio: un caramelo de dulce de leche, medio derretido.
—Para después del partido.
Los padres empezaron a llegar a las ocho, con las termos y las banquetas plegables. Los chicos entraron en fila, haciendo los ejercicios de estiramiento que les marcaba el profe. Lalo se sentó en su cajón de manzanas detrás del arco norte, donde se sentaba siempre, y vio el partido con los brazos cruzados. Perdieron dos a uno. Camila metió el gol de ellos de cabeza, de córner, justo desde la lomita, y salió corriendo hacia él con los brazos abiertos antes de acordarse de que no se podía.
Al final, cuando la cancha quedó vacía y el sol ya calentaba la tierra, Lalo se acercó a la raya del medio y se agachó. Pasó el pulgar por la cal. Se le quedó marcado el dedo, blanco, y un poco de polvo voló y se apoyó sobre el pasto.
Enrolló el hilo despacio, vuelta por vuelta, en un palito. Lo guardó en el bolsillo del guardapolvo, al lado del caramelo.
El lunes, a las siete, cuando llegaron los camiones, él ya estaba en el portón con la escoba. Pasaron los rollos verdes. Pasaron los obreros con sus cuchillas. Y en la cabecera, en el rincón del córner izquierdo, bajo la lomita, alcanzó a ver una última raya de cal blanca, que nadie había barrido todavía.
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