Hipólito Sosa se sentó en el cordón de la calle Lamadrid a las siete y veinte de la tarde, con el pañuelo en el cuello y un termo de agua caliente que no pensaba usar. Desde ahí se veía la chimenea del Ñuñorco, y de la chimenea salía un humo flaco, casi transparente. Era señal de que estaban moliendo los últimos camiones.
Olía a caña quemada y a melaza vieja. Llevaba treinta y ocho años respirando ese olor y ya no lo notaba, hasta esa noche. Las motos pasaban despacio, con los chicos de atrás agarrados de la campera, y en los patios las mujeres levantaban la ropa antes de que cayera la ceniza fina del bagazo, que en septiembre te dejaba las sábanas con pecas negras.
—Don Hipólito, ¿otra vez acá? —gritó el kiosquero de enfrente.
—Esperando la sirena, Nene.
—Va a sonar, tranquilo. Siempre suena.
Pero a Hipólito no le preocupaba que sonara. Le preocupaba cómo. Se había jubilado hacía cuatro años, y desde entonces cada final de zafra se había quedado en su casa, escuchando la sirena por la ventana como cualquier vecino. Este año quería otra cosa. Quería estar en la fábrica cuando se tirara de la palanca, y se lo había pedido a su nieta.
Brenda tenía veintiséis años y era la que ahora estaba en la sala de máquinas, con el casco blanco y el cuaderno de novedades bajo el brazo. Cuando él se lo planteó, ella se rascó la nuca, como hacía de chica.
—Abuelo, no puedo meterte. Hay seguro, hay una persona en la puerta, hay papeles.
—No te pido que toques nada. Te pido pararme al lado.
—Dejame ver.
Eso había sido el jueves. El sábado a la noche no le contestó, y el domingo a la mañana le mandó un mensaje de una sola línea: “Venite a las ocho menos cuarto por la entrada de los camiones. Preguntá por Cacho.”
Por eso estaba ahora en el cordón, mirando el reloj. Eran las siete y media. Se puso de pie con una mano en la rodilla, que le crujió, y caminó las cuatro cuadras hasta el portón. Los camiones salían vacíos, con las jaulas abiertas y la paja de caña colgando de los costados, y uno de los choferes le tocó bocina dos veces, saludándolo sin saber quién era.
Cacho lo esperaba con el chaleco naranja puesto.
—Sosa. Firmá acá. Y te ponés esto.
Le dio un casco que le quedaba un poco grande. Hipólito firmó con la letra torcida de los que escriben poco, y entró.
Adentro todo era más chico de lo que recordaba, y más ruidoso. Pasó junto a las cintas, que sonaban como lluvia sobre chapa, y subió dos tramos de escalera de hierro agarrándose del pasamanos tibio. Arriba, detrás de un vidrio con una mancha de aceite, estaba Brenda, hablando por radio con un tono que él nunca le había escuchado.
—Entendido. Último camión en balanza. Avisame cuando descargue.
Cortó, lo vio, y le señaló un banquito de metal contra la pared.
—Sentate ahí y no toques nada, ¿sí?
—Ni respiro.
Esperaron. Abajo, una cinta se detuvo y volvió a arrancar. Hipólito miró la palanca roja, de las gruesas, con el mango envuelto en cinta aisladora gris. Era nueva, o al menos no era la suya. La suya tenía el mango de madera, pulido por tantas manos que parecía vidrio. Había pensado en eso toda la tarde: que le iba a faltar su palanca.
—Abuelo —dijo Brenda, sin mirarlo—. ¿Vos te acordás de la primera vez que la tocaste?
—Mil novecientos ochenta y seis. Me mandó el jefe de turno porque el otro se había cortado un dedo. Yo era un pibe de veinte años, flaquito, y tiré tan fuerte que la sirena sonó un minuto entero. Me gané un reto y un sándwich de milanesa.
—¿Y cuánto tiene que sonar?
—Lo que dure el último camión en pasar por la puerta, más un poco. Para que se entere el que está lejos.
La radio crepitó. Una voz de hombre dijo que el último camión ya había volcado la carga, y que quedaba lo que quedaba en la cinta. Brenda anotó la hora en el cuaderno, 19:56, y se puso de pie.
—Falta poco. Cuatro minutos.
Hipólito se levantó también, sin darse cuenta. Se quedó parado a su lado, a un metro de la palanca, con las manos pegadas a los costados como en el colegio.
—¿Sabés qué pasa? —dijo ella, en voz baja—. Esta noche me da miedo.
—¿De qué?
—De que no suene lo suficiente. De que suene y nadie salga a escucharla.
Él quiso decirle algo sabio y no le salió. Se acordó, en cambio, del año del cierre de la planta de Santa Lucía, del que le había hablado su padre, cuando la gente salía a la calle a escuchar la sirena aunque supieran que era la última, y se quedaban quietos hasta que se apagaba. Se lo contó así, mal y a medias. Ella lo escuchó mirando los números del tablero.
—Entonces salen —dijo.
—Salen. Siempre salen.
A las ocho menos un minuto la cinta de abajo se quedó callada. Fue un silencio raro, de fábrica, que no era silencio de verdad porque seguían las bombas y el zumbido de la caldera, pero sí lo era para él. Brenda tomó la palanca con las dos manos. Después, sin soltarla, lo miró.
—Ponele la tuya.
—Brenda…
—Dale, abuelo. La mía. Yo hago la fuerza, vos ponés la mano.
Hipólito apoyó su palma sobre la cinta aisladora, encima de los dedos de su nieta, que estaban fríos. Sintió la goma áspera y el metal debajo. Ella contó en voz baja, tres, dos, y los dos tiraron.
La sirena arrancó grave, subió, y se quedó. Entró por el vidrio, por las escaleras, por los huesos. Hipólito cerró los ojos. Pensó en el kiosquero cruzando la vereda, en las mujeres con los repasadores en la mano, en un nene que preguntaba qué era eso y alguien que le contestaba que era el final de algo.
Duró un minuto y medio. Cuando Brenda soltó la palanca, el eco siguió un rato rebotando contra el cerro.
—Anotá la hora —dijo él, con la voz rota.
Ella agarró el cuaderno y escribió, 19:59, y al lado, en letra chica, una sola palabra que él no alcanzó a leer. Después lo acompañó hasta la escalera.
Afuera, en la calle, la gente seguía parada. Nadie hablaba. Una mujer sostenía una sábana a medio doblar contra el pecho, y sobre la sábana, despacito, empezaba a posarse la primera ceniza de la noche.
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