Cuatro pasos en la quinta baldosa

Aldo Pereyra pasó la mopa por la línea de tres puntos a las ocho y diez de la noche, con la persiana del buffet todavía a medio bajar y el olor a kerosén de la estufa mezclado con el de las empanadas de carne que Mabel de la cocina sacaba de la bandeja. Era sábado. En el gimnasio del Club Social y Deportivo Quesada, en Villa Urquiza, los tableros seguían colgados en las puntas y las líneas blancas del básquet seguían ahí, bajo las baldosas, como los renglones de un cuaderno viejo. Dentro de dos horas esa cancha iba a ser una pista.

Hacía veintidós años que Aldo preparaba el piso. Barría, pasaba el trapo húmedo, después el seco, y acomodaba las sillas de fierro alrededor de las mesas con los manteles de papel. Sabía qué baldosa estaba floja, la quinta desde el arco norte, y qué parte de la pista se ponía resbaladiza cuando llovía y la gente entraba con los zapatos mojados. Sabía quién se sentaba dónde. Nunca había bailado un tango.

—Aldo, el piso está como un espejo —le dijo Mabel desde la barra, limpiándose las manos en el delantal—. Dejá de pasarle la mopa, que se lo vas a gastar.

—Falta ahí, en el medio.

—No falta nada. Vení a comer algo.

Se sentó en la punta de la barra con una empanada y un vaso de soda. Por la puerta del pasillo empezaban a entrar los primeros: un señor de traje oscuro con el pañuelo de seda en el bolsillo, dos señoras con el pelo recién hecho y las bolsas de los zapatos en la mano, un muchacho que había bajado del 110 y todavía no se había sacado las zapatillas. Se saludaban con un beso y con el nombre de pila, como en un patio.

Entre los últimos llegó Elena Suárez, con el abrigo gris y los zapatos de taco bajo envueltos en un repasador. Siempre se sentaba en la mesa de la columna, la tercera desde la entrada, y siempre pedía un agua sin gas. Había enviudado hacía dos años. Antes venía con el marido, un hombre alto y calvo que bailaba con los ojos cerrados y que, cuando terminaba la tanda, le acomodaba la silla antes de sentarse él.

Aldo la miró pasar. Lo hacía todos los sábados, sin que nadie se diera cuenta, y esa noche se dio cuenta de que ya no quería mirar nada más.

Quería sacarla a bailar una sola vez. No una tanda, una sola pieza, la que fuera. Y no tenía idea de cómo se empezaba.

A las once y diez, cuando la orquesta grabada soltó los primeros compases de una de Di Sarli y la pista se llenó de a poco, de parejas que se acomodaban sin apuro, Aldo estaba parado junto a la puerta con las manos en los bolsillos del jardinero. Elena seguía sentada. Un caballero se le acercó, ella lo miró, negó con la cabeza, sonrió. Hacía dos años que decía que no.

Aldo cruzó el borde de la pista como se cruza una calle con tránsito. Llegó a la mesa de la columna y se le trabó la voz.

—Señora. Yo no sé bailar.

Elena levantó la vista. Tenía los ojos claros, cansados, atentos.

—Aldo. El del piso.

—Sí.

—¿Y entonces?

—Y entonces nada. Quería… —se miró los zapatos de trabajo, con los cordones gastados— quería saber cómo es.

Ella lo estudió un segundo largo. Después se levantó, se puso los zapatos que traía en el repasador y le tendió la mano.

—Venga. Pero acá no, que acá se choca. Venga al fondo.

Lo llevó hasta el costado de la cancha, donde terminaba la pista y empezaba la línea de lateral, a la sombra del tablero. Desde ahí se veía todo el salón: los pies que se deslizaban sin ruido, las polleras que giraban un cuarto de vuelta, las espaldas rectas de los hombres.

—Primero se camina —dijo Elena—. Eso es todo el secreto y es lo más difícil. Ponga la mano acá. No, no apriete, que no me lleva de una soga. Yo apoyo, usted piensa que va a ir para adelante, y voy yo con usted.

—¿Y si me equivoco?

—Se equivoca. Acá se equivocan todos, solo que los buenos se equivocan en el tiempo justo.

Dieron un paso. Aldo pisó una baldosa, la quinta desde el arco norte, la floja, y sintió el leve hundimiento bajo la suela. Elena no dijo nada. Dieron otro. Era raro: durante veintidós años había recorrido ese piso de rodillas, con un trapo, y nunca lo había caminado así, mirando hacia arriba, con alguien que le respondía al peso del cuerpo como una balanza.

Sonaba una milonga cuando consiguieron cuatro pasos seguidos sin tropezar. Elena se rió, una risa corta y sorprendida que él no le había oído nunca.

—Eso. Eso es.

—¿Eso es bailar?

—Eso es caminar. Bailar viene después, si usted quiere. Pero cuatro pasos juntos ya son algo.

No hubo aplausos ni nadie se dio vuelta. Un señor pasó rozándolos, saludó con un movimiento de cabeza y siguió su camino, y Aldo entendió que en ese lugar nadie miraba a nadie con otro propósito que el de no chocarlo, y que eso era una forma de respeto.

Al final de la tanda Elena le soltó la mano, le agradeció con la inclinación de cabeza que se les da a los compañeros de pista y volvió a su mesa, a su agua sin gas. Aldo se quedó parado en la línea del lateral, con la cara caliente.

Cuando el salón se vació, a las tres de la mañana, Mabel apagó las luces del buffet y él agarró la mopa. Recorrió la pista de punta a punta, despacio, y en la quinta baldosa desde el arco norte se detuvo. Apoyó el palo contra el tablero, tomó aire, levantó los brazos como quien sostiene a alguien que ya no está, y caminó el largo de la línea blanca, uno, dos, tres, cuatro pasos, hasta que terminó la cancha.

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