A las once de la noche el barbacuá todavía no había dicho nada, y Ezequiel Ayala, que tenía dieciséis años y llevaba cuatro horas sin sentarse, empezó a desconfiar del silencio. Un fuego bien llevado crepita. Este solo respiraba.
El secadero quedaba a dos kilómetros de la ruta, entre yerbales y un monte de laurel que en enero chorreaba humedad. Adentro, el galpón de chapa guardaba el calor como una olla tapada. Arriba, sobre el entramado de tablas, estaba la hoja verde de la zafriña de verano, la que se corta cuando todo el mundo ya dejó de contar los raídos, y abajo, en la boca del horno, estaba él, con una pala, un balde de agua y la camisa pegada a la espalda.
Su padre llevaba catorce años de foguista en ese secadero. Hasta el jueves. Un tronco mal apoyado, un tobillo torcido para el otro lado, un yeso hasta la rodilla. El capataz, don Aníbal Sena, había mirado al pibe de arriba abajo y había dicho: «Alguien tiene que cuidar el fuego. La hoja no espera.»
No esperaba. Eso lo sabía todo el que había nacido en Misiones, aunque nadie lo explicara nunca: la hoja cortada se oxida si la dejás, se pone negra, se pierde. Entre el corte y el fuego no pasa un día. Por eso a las cuatro de la tarde había llegado el camión con las ponchadas, los raídos atados por las cuatro puntas, cien kilos cada uno, y por eso a las ocho, con el sapecado hecho, había empezado la noche larga.
—¿Cómo va? —gritó Mabel desde arriba. Era la que repartía la hoja sobre las tablas con un rastrillo de madera, de pie sobre una pasarela angosta, con un pañuelo atado en la frente.
—Bien.
—Mentiroso. Se oye que está débil.
Ezequiel miró la brasa. Tenía razón. Su padre, cuando el fuego se ponía así, no hacía nada que se viera: movía un leño, uno solo, a un lado, y el horno cambiaba de voz. Pero él había mirado ese gesto mil veces sin entenderlo. Ahora tenía el leño en la mano y no sabía cuál.
Probó con el más grueso. El fuego se achicó y largó humo blanco, ese humo agrio que se mete en las yerbas y las arruina. Arriba, Mabel dejó de rastrillar.
—Ezequiel.
—Ya sé.
—No me digas ya sé. Sacalo. Ese no.
Lo sacó con la pala, con las manos quemadas por el borde de la chapa, y lo tiró afuera, donde se apagó en el barro con un chistido. Se quedó parado en la puerta del galpón, mirando la noche. Llovizna fina. Ranas. Un perro lejano. Dentro, la hoja seguía ahí, sin saber que dependía de él.
Ahí pensó en llamar a su padre. Tenía el celular en el bolsillo, con una raya de señal que aparecía y desaparecía junto al tanque de agua. Sabía que si llamaba, el padre iba a venir cojeando, con el yeso y la cara de siempre, y se iba a sentar en el cajón y a decir tres palabras. Y la yerba se iba a salvar. Y Ezequiel iba a pasar el resto de la vida siendo el hijo que había llamado.
Guardó el teléfono.
Volvió adentro. Se acuclilló frente a la boca del horno y, por primera vez desde las ocho, dejó de mirar el fuego como un enemigo. Lo miró como lo miraba su padre, de costado, medio distraído, casi sin interés. Y entonces lo vio: en el fondo, a la izquierda, había un leño de lapacho que ardía parejo, y a su derecha dos eucaliptos que se habían apagado a la mitad y estaban sosteniendo la brasa sin aportar nada.
Sacó uno de los eucaliptos y lo puso encima del lapacho.
El horno cambió de voz. Fue un cambio mínimo, una especie de suspiro, y después un crujido seco, limpio, de leña que prende. El calor le subió por la cara. Arriba, en las tablas, se escuchó el rastrillo de nuevo.
—Eso —dijo Mabel, sin gritar.
A las tres de la mañana se quedó dormida contra un poste, sentada en un banquito, con el pañuelo caído sobre un ojo. A las cuatro llegó don Aníbal con un termo y una bolsa de bizcochitos, y no dijo nada, ni siquiera preguntó. Se agachó, miró el horno, metió la mano abierta en el aire a veinte centímetros de la brasa y la sacó enseguida.
—¿Quién te enseñó a poner el lapacho abajo? —dijo.
—Nadie.
—Entonces tenés mano. —Le alcanzó el mate—. Tu viejo tardó dos temporadas.
Ezequiel agarró el mate con las dos manos. Estaba amargo y hirviendo, como tenía que estar. Lo tomó mirando cómo el humo, ahora liviano, subía por entre las tablas y se perdía arriba, en la oscuridad del techo, llevándose el olor a hoja cruda y dejándole otro, más hondo, que ya conocía de la ropa de su padre, de la mesa de su casa, de todos los inviernos de su vida.
Cuando amaneció, el aire del galpón olía a yerba. Recién entonces Ezequiel se dio cuenta de que no se había sentado en toda la noche, y que no le importaba, y que afuera, entre los árboles mojados, alguien venía cojeando por el camino de tierra con un bastón improvisado y una sonrisa que no quería mostrar.
Se limpió las manos en el pantalón. Todavía le temblaban un poco. Puso un leño nuevo en el fuego, uno solo, a un costado, y el horno le contestó.
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