El hombro de Candela

Mirta Oyarzábal soldó la última varilla del espaldar a las nueve y cuarto de la noche, con el galpón de la calle Estrada todavía tibio de todo el calor del día y el olor a flux y a silicona derretida pegado a las chapas. Era diciembre, la época en que los turnos de ocho horas se volvían una idea abstracta, y a su alrededor treinta personas pinchaban plumas, pegaban lentejuelas y discutían a los gritos por un tono de azul.

Tenía sesenta y siete años. Hacía treinta y uno que soldaba espaldares, esas estructuras de hierro finísimo que los bailarines cargan sobre los hombros por el Corsódromo, y hacía dos que le habían dicho, con mucho cariño y ningún margen, que ya estaba grande para el galpón. Se había quedado de todos modos. Nadie se lo había prohibido. Barría, cebaba mate, miraba.

—Mirta, ¿ese es el de la Cande? —preguntó Ramiro, el pibe nuevo, señalando la estructura que había quedado apoyada en el caballete.

—Es el de mi nieta. Y no lo toques.

—Si ya lo hizo Gustavo. Ayer lo terminó.

—Lo hizo Gustavo —dijo Mirta—. Y lo voy a rehacer yo.

Ramiro abrió la boca para decir algo y la cerró. Había aprendido que con Mirta convenía contar hasta tres.

El problema era simple y nadie lo veía. Candela, catorce años, iba a salir por primera vez entre los bailarines de la comparsa, y el espaldar que le habían armado estaba bien calculado en papel: veintiocho kilos, el límite de lo razonable, distribuidos sobre una cintura de arnés. Pero Mirta la había visto probárselo el domingo y había notado que la nena, al girar, apretaba el hombro izquierdo contra la correa. Medio centímetro. Una cosa de nada. Pero con veinte minutos de desfile y tres vueltas de pasarela, medio centímetro era un moretón, y después una llaga, y después una nena que sonreía con los dientes apretados.

Tomó la amoladora, se puso los lentes y cortó la varilla del lado izquierdo por la base.

Las chispas salieron en abanico. En el otro extremo del galpón alguien silbó. Mirta no levantó la cabeza. Con las pinzas sacó la pieza, la dejó enfriar sobre el yunque y la miró como se mira un diente que hay que reemplazar. Ahí estaba lo que sabía y no podía explicar: el hierro fino, de ese espesor, no se dobla con una máquina. Se dobla con la mano, con la rodilla, con el peso del cuerpo, escuchando. Cuando cede, hace un ruido sordo, casi un suspiro, y ese es el ángulo.

Gustavo apareció a las diez menos diez, con el casco colgado del brazo, y se quedó parado detrás de ella.

—Me dijeron que desarmaste el espaldar.

—Un poquito.

—Mirta, falta una semana para el ensayo general.

—Falta una semana para que ensaye ella, y yo todavía no sé cómo le queda. —Se dio vuelta con el hierro en la mano—. Mirá. Vos lo calculaste perfecto. Pero la nena no es un cálculo. Tiene un hombro más caído que el otro, igual que su abuelo.

Gustavo, que era hijo de un compañero suyo de los primeros años y la conocía desde que usaba pantalones cortos, no discutió. Agarró un banquito, se sentó y dijo:

—Enseñame.

Mirta lo miró un buen rato. Después le alcanzó los guantes.

Trabajaron hasta pasadas las once. Ella le mostraba cómo apoyar el hierro contra el borde del banco, cuánta fuerza dejar para el final, cómo escuchar el momento justo. Gustavo se equivocó dos veces y la tercera acertó, y el hierro hizo el ruido que tenía que hacer. Mirta no dijo nada. Hizo un gesto con el mentón, de los que valen más que un discurso.

Soldaron la pieza juntos. Ella marcó los puntos, él sostuvo, ella dio el arco. Cuando terminaron, el espaldar tenía una curva apenas distinta de la del plano, que solo se notaba si uno sabía dónde mirar.

El sábado, el primero de la temporada, Mirta no se quedó en el galpón. Compró la entrada como cualquiera y se sentó en la tribuna, entre desconocidos que comían choripán y se abanicaban con el programa, con la noche de enero cayendo pesada sobre el Corsódromo y las luces recortando la vieja estación de trenes que había sido todo eso antes de ser pasarela.

Cuando salió la comparsa, tardó en encontrarla. Los trajes se confundían, las plumas se movían como una sola cosa. Pero en la segunda vuelta, en la curva, vio a una piba que giraba con el brazo extendido y la espalda cargada de plumas azules, y el hombro izquierdo no se le iba a ningún lado. Giraba entera, sin apretarse, sin medir, como si el peso no existiera.

Mirta se quedó mirando. El de al lado le ofreció un pedazo de chorizo y ella lo aceptó sin darse cuenta.

Abajo, en la pasarela, Candela pasó frente a la tribuna y levantó la cabeza como buscando a alguien. No la encontró. No importaba. Siguió bailando.

Mirta se tocó el hombro izquierdo con la mano derecha, despacio, como se toca algo que ya no duele.

Comments

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *