El pito de las seis

A las cinco y diez de la tarde, con el humo dulce de la chimenea del ingenio bajando sobre los techos de chapa de Famaillá, Teófilo Roldán se sentó en el cordón de la vereda de la calle Lavalle y se puso el sombrero sobre las rodillas. Tenía setenta y ocho años. Durante treinta y uno había tirado de la cuerda del silbato del ingenio tres veces por día: a las seis, a las dos y a las diez. Hacía nueve años que se había jubilado y todavía se despertaba a las cinco y cuarenta, con las manos cerradas sobre una soga que no estaba.

Desde hacía unos años el pito sonaba solo. Lo habían conectado a una llave eléctrica con un reloj, y el sonido salía más parejo, más fino, sin el temblor que le daba el vapor cuando la presión estaba baja. A Teófilo no le molestaba. Lo que le molestaba era que nadie le hubiera preguntado qué iba a hacer con el brazo.

—Abuelo, ¿por qué te sentás en el suelo? —dijo Luciana, que tenía nueve años, que había llegado de San Miguel con la mochila rosa y que miraba la cuadra con la desconfianza de quien visita un pueblo por obligación.

—Para escuchar mejor.

—¿Qué?

—Esperá.

Faltaban veinte minutos para el cierre de la molienda de ese día. Era el último fin de semana de octubre y la zafra se estaba terminando: los camiones con los acoplados cargados de caña ya no hacían fila frente a la báscula, los peladores que habían llegado de Santiago del Estero y de Catamarca habían empezado a juntar sus cosas en las piezas de la colonia, y en el aire flotaba ese cansancio liviano de los pueblos que trabajan seis meses a un solo ritmo. Teófilo conocía cada capa de olor: la caña quemada en los surcos, la melaza tibia, el aceite de las turbinas, el pan que Doña Aurelia sacaba del horno de barro de la esquina.

—¿Y para qué querés que escuche?

—Para que sepas cómo era.

—Ya sé cómo es. Suena fuerte.

—No es lo mismo —dijo Teófilo, y no supo explicarlo. Lo habían operado de la cadera dos veces. No estaba para explicar.

Se levantó con una mano en la rodilla y la otra en el hombro de la nena y caminó con ella hasta el portón lateral de la fábrica, el que daba al galpón de las calderas. Ahí seguía Nolasco, el sereno, con el mate en la mano y la radio baja, contando los camiones que salían.

—Don Teófilo. ¿Qué hace por acá?

—Vengo a mostrarle algo a la nena. Diez minutos nada más, Nolasco.

Nolasco lo miró, miró a la nena, miró el reloj de la garita. Después se acomodó la gorra.

—Si pasa algo, yo no lo vi.

El silbato original seguía en el techo de la sala de máquinas, tapado por una lona, al lado del tubo nuevo. Se subía por una escalera de hierro de catorce escalones que Teófilo conocía de memoria. Subió despacio, con Luciana adelante, y a mitad de camino tuvo que parar y apoyar la frente contra el pasamanos. El metal estaba frío. Abajo se veía la playa de carga, los últimos acoplados, un perro durmiendo sobre un pallet.

—Abuelo, ¿estás bien?

—Estoy contando.

—¿Qué contás?

—Los escalones. Siempre eran catorce. Hoy me parece que son más.

Arriba el viento levantaba las puntas de la lona. Teófilo la corrió. El silbato estaba ahí, de bronce, ennegrecido, con una cadena que colgaba de una palanca y una válvula de vapor que alguien había engrasado hacía poco. Se dio cuenta de que lo mantenían. Que en ese pueblo nadie lo había tirado, aunque ya no lo usaran.

—Esto era mío —dijo, y le dio vergüenza lo bajo que lo dijo—. No mío. Quiero decir que lo manejaba yo.

—¿Y suena?

—Si le sacás el aire de adentro, sí.

Sacó del bolsillo del pantalón un trapo viejo y limpió la palanca. Eran las cinco y cuarenta y cinco. En la sala de máquinas, la presión de la caldera estaba lo bastante alta, como siempre a esa hora, como si el pueblo esperara.

—Mirá. Yo no soy de hablar. Pero cuando tu abuela estaba en el hospital, el año que se enfermó, yo estaba acá arriba a las seis de la mañana. Y a las seis tiraba. Y ella lo oía desde la cama, porque la ventana daba para este lado. Me lo dijo después. Dijo que cuando oía el pito sabía que yo estaba vivo y que ella también.

Luciana no dijo nada. Miró el silbato, después a él.

—¿Lo vas a tocar?

—No sé si puedo. Hace nueve años que no.

—Yo te ayudo.

La nena puso las dos manos sobre las de él en la cadena. Eran manos chicas, con una pulsera de hilo en la muñeca y restos de esmalte verde en una uña. Teófilo sintió el peso de la palanca, la resistencia justa, el momento exacto en que el metal se afloja y deja pasar. Tiró.

El pito salió ronco, largo, con un temblor al final que no tenía ninguna máquina eléctrica. Sonó sobre los techos, sobre los cañaverales ya pelados, sobre la estación de tren y el almacén de Don Quiroga, sobre las piezas de la colonia donde los hombres levantaron la cabeza. Un perro ladró. Alguien, en algún patio, aplaudió dos veces, como se aplaude un buen gol de potrero.

Nolasco los esperaba al pie de la escalera con los brazos cruzados y una expresión que no era de reto.

—Dos minutos antes de hora —dijo—. Voy a decir que se adelantó el reloj.

A la noche, Luciana se quedó dormida en el sillón con la mochila rosa todavía en las piernas. Teófilo apagó la luz de la cocina y se asomó a la ventana, la que daba para el lado de la fábrica. El pueblo estaba callado. A las diez en punto, el pito eléctrico sonó parejo y fino, sin temblor. Teófilo lo escuchó entero, hasta el final. Después abrió y cerró las manos, una vez, como quien suelta una soga, y se fue a dormir.

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