Rosa Mainardi bajó de la camioneta de su nieto en el lugar donde terminaba el asfalto y se quedó mirando los eucaliptos. Eran troncos, mejor dicho: palos blancos, pelados, clavados en la costra de sal como si alguien hubiera dejado a medio plantar un bosque de huesos. Hacía un viento seco del sudoeste, y con el viento llegaba ese olor que no se parece a ningún otro, entre mineral y dulzón, a barro viejo que se secó al sol.
—¿Es por acá, abuela? —preguntó Joaquín, que tenía veintidós años y había aceptado el viaje desde Carhué con la condición de volver antes del mediodía.
—Es por la avenida Colón. Esperá, que me oriento.
No se orientó enseguida. Hacía treinta y nueve años que no pisaba Villa Epecuén, y las últimas veces que la vio fue por televisión, bajo el agua, con un techo de chapa asomando como el lomo de un bicho. Ahora el lago se había retirado y había dejado el trazado de las calles dibujado en blanco. Se veían los cordones. Se veía una escalera que subía a ninguna parte. Se veía un Rastrojero oxidado, sin ruedas, con el capó abierto, y más allá, desparramadas, las paredes del viejo frigorífico sin techo y sin nada.
Rosa caminó despacio, con el bastón de aluminio que odiaba y la bolsita de lona colgada del hombro. Adentro llevaba un termo, dos facturas y un clavo.
—¿Para qué es el clavo? —dijo Joaquín.
—Para nada. Lo traje por si acaso.
En el verano de 1971 ella tenía diecinueve años y trabajaba en los baños de barro de un establecimiento de la avenida, a media cuadra de la estación. Ayudaba a las señoras que venían de Rosario, de Bahía Blanca, de Capital, a meterse en las tinas de agua salada y a salir de ellas, envueltas en toallas pesadas, entre risas y quejidos. Las curas eran de veintiún días. Muchas volvían todos los años y le llevaban de regalo un pañuelo o una caja de alfajores. Ella aprendió a tomarle el pulso al agua con el codo, como una madre, y a distinguir a las que venían por el reuma de las que venían por la pena.
Un día de febrero, esperando que se enfriara una tina, se agachó en el cuarto del fondo y con un clavo rayó sus iniciales en una baldosa, la quinta contando desde la pared, la de debajo de la ventanita. R. M. Y abajo, más chico: 71. No supo por qué. Después pensó que había sido para dejar algo suyo en un lugar donde todo el mundo pasaba de paso.
Eso quería ahora. Verla una vez, nada más. No sabía qué iba a hacer después.
Pasaron la mañana buscando. Joaquín, que al principio miraba el celular, terminó caminando adelante y levantando la vista cada tanto, como quien aprende un idioma. Encontraron la estación, o lo que quedaba: un andén largo, de cemento agrietado, con las vías sepultadas de sal. Encontraron el hotel grande, los muros altos y rotos, las ventanas sin vidrios y sin marcos. En un rincón crecía un yuyo verde, uno solo, entre dos ladrillos, y Rosa lo señaló con el bastón.
—Mirá. Eso sí que es terco.
—Como vos.
—Como yo.
A las once y media ya no sabía bien dónde estaba. Los edificios del recuerdo no coincidían con los de la ruina; todo había cambiado de tamaño, de color, de lugar. Se sentó en un trozo de pared con el termo y le sirvió un mate a su nieto, que lo tomó con cara de no querer, y lo tomó entero.
—Capaz que ya no está, abuela —dijo, bajito—. Veinte años bajo el agua.
—Capaz.
—¿Y entonces?
Rosa miró hacia la costa del lago, donde el agua brillaba lejos, quieta, sin culpa. Pensó en las señoras, en las tinas, en el codo metido en el agua tibia. Pensó que había dejado de contar la edad que tenía el día que su marido murió, y que los que se quedan sin pueblo aprenden a tener la casa en la cabeza, entera, con el patio y la cocina, y a vivir en ella los domingos.
—Entonces nada —dijo—. Entonces vine.
Se levantó. Caminaron unos metros más, ya sin buscar, y fue Joaquín el que se detuvo junto a un cuadrado de paredes bajas, con un piso de baldosas grises cubierto de sal como de escarcha. Había una ventanita angosta, sin vidrio, mirando al lago.
—Abuela.
Ella contó desde la pared: una, dos, tres, cuatro, cinco. Se arrodilló, con un quejido, y pasó la mano abierta sobre la baldosa para barrer la sal. Abajo, finitas, torcidas, apenas hondas, aparecieron dos letras y dos números.
Se quedó un rato así, con la palma apoyada. La baldosa estaba fría y áspera, y tenía un poco del sol de la mañana.
—¿Querés que la saquemos? —dijo Joaquín—. Tengo una pala en la camioneta.
Rosa sacó el clavo de la bolsa, lo miró, lo volvió a guardar.
—No. Que se quede donde la puse.
Le pidió el brazo para pararse. Antes de irse volvió a cubrir la baldosa con un puñado de sal, despacio, como se tapa a un chico dormido, y el viento, que no había parado en toda la mañana, terminó el trabajo.
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