A las cuatro y diez de la mañana, Dayana Millalonco apagó el motor de la Fiorino al borde de la ruta 26, porque el viento había empezado a empujarle el auto de costado como quien te corre en una fila. Tenía diecisiete años, una licencia de conducir con la tinta todavía fresca y un termo de mate en el asiento de al lado, acostado y sujeto con el cinturón de seguridad.
Delante, en la oscuridad, las cigüeñas del yacimiento subían y bajaban la cabeza, una detrás de otra, sin apuro, como si el viento fuera un asunto de los vivos. Olía a gasoil, a tierra mojada de ninguna lluvia y a las tortas fritas que su mamá había hecho a las diez de la noche, «por si acaso», sin preguntar para qué.
Esperó a que la ráfaga pasara. Contó hasta cuarenta. Arrancó de nuevo.
Esa tarde había aprobado el examen en el Centro de Comodoro, con un inspector que no le dijo una palabra en todo el circuito, salvo «estacioná ahí» y «bajá». Había salido con el papel en la mano y había querido llamar a su papá. Pero Ramón trabajaba de noche en el yacimiento, en el turno de las diez a las seis, y en el pozo donde lo habían mandado esa semana no había señal. «Ya se va a enterar», dijo la mamá. Dayana pensó que no. Que había cosas que no se podían contar por interpuesta persona.
Así que esperó a que su madre se durmiera, agarró las llaves de la Fiorino, llenó el termo y salió con las luces bajas, como un ladrón de su propia casa.
El camino era largo y derecho, y el viento lo volvía más largo todavía. Pasó por Diadema con las calles vacías y la cancha de fútbol a oscuras, y siguió por la ruta hasta el desvío de tierra. Ahí la entrada tenía una barrera de caño pintado de rojo y blanco, y un container con una luz amarilla adentro.
Del container salió una mujer con campera reflectiva y un handy colgando del cuello. Se agachó junto a la ventanilla con una mano sosteniéndose el casco.
—Acá no se puede pasar —dijo—. ¿Quién sos?
—Dayana. La hija de Ramón Millalonco.
—¿Pasó algo?
—No. —Dayana tragó saliva—. Vine a verlo.
La mujer la miró un rato largo. Tenía la cara quemada de viento, de esas caras que no hace falta preguntarles de dónde son.
—Son las cuatro y media, nena. La barrera no se abre sin orden. Si es una emergencia, llamo. Si no, es el reglamento.
—No es una emergencia.
—Entonces es el reglamento.
Dayana apoyó la frente en el volante. Pensó en dar la vuelta y se dio cuenta de que no podía: el tanque estaba justo para llegar, no para volver. La mujer, que se llamaba Silvia, según el cartelito, suspiró y señaló el container con la barbilla.
—Pasá, que acá afuera te lleva el viento. Y traé eso, que algo de comer traés.
Adentro había una estufa a gas que roncaba, un calendario de una gomería y una radio con un tango bajito. Silvia puso la pava. Dayana abrió el tupper de tortas fritas y la guardia, que decía que no comía de esas cosas, se comió tres. Tomaron mate en silencio, dos mujeres desconocidas a las que el mismo viento había juntado, mirando por la ventanita cómo la tierra se desprendía del suelo y cruzaba la luz del farol, en horizontal.
—¿Y qué tiene de importante ese papel? —dijo Silvia, al rato.
Dayana ni había notado que lo tenía apretado en la mano. Lo alisó contra la rodilla y lo puso sobre la mesa. Silvia lo leyó con los labios, despacio.
—Categoría B —dijo—. Mirá vos. ¿Y te vino manejando?
—Sí.
—Con este viento.
—Sí.
Silvia se rio por la nariz, y no dijo más.
A las seis menos diez el cielo se puso del color del acero. Se oyó el motor del colectivo del personal, que bajaba el camino de tierra con los faros bamboleándose, y Dayana salió al viento con el papel doblado en el bolsillo y el termo contra el pecho. El micro frenó junto a la barrera. Bajaron los hombres de a uno, con las caras sucias y los cascos en la mano, y entre ellos estaba el suyo: más flaco de lo que se acordaba, con la campera vieja, buscando con los ojos algo que no era ella.
—Pa.
Ramón se detuvo. Miró la Fiorino, miró a su hija, miró otra vez la Fiorino.
—¿Quién te trajo?
—Yo.
—¿Cómo, vos?
Ella sacó el papel. Él lo tomó con esas manos grandes y rajadas, que olían a grasa y a metal frío, y lo leyó dos veces, y después lo dobló en cuatro y se lo devolvió con mucho cuidado, como quien devuelve algo que podría romperse.
—Hace falta que te lo firme alguien —dijo, serio.
—No hace falta. Ya está firmado.
—Ah. —Ramón se rascó la nuca—. Entonces me toca a mí invitarte con algo.
—Tengo mate. Y tortas.
—Tortas. —Los ojos le brillaron un poco—. Esa es tu madre.
Se subieron los dos. Él quiso ir de acompañante, con el termo en la falda, y ella no dijo nada, pero puso la primera con las dos manos bien firmes. Salieron despacio hacia la ruta, con el sol naciendo a la izquierda, sobre la estepa, y el viento por fin empujando a favor.
A los diez minutos Ramón ya dormía con la cabeza contra la ventanilla, el casco en el piso y la boca apenas abierta. Dayana manejó sin apuro hasta Comodoro, con el mate frío entre las rodillas y todas las cigüeñas del camino saludando a su paso, una detrás de otra, con la cabeza gacha, como si dijeran que sí.
Leave a Reply