El sol grave de Anselmo

Ismael Gorosito sopló sobre la lengüeta como quien apaga una vela chica y la dejó caer en el platillo de latón, junto a las otras once. Eran las siete y diez de la tarde de un martes de abril, y desde el altillo de la avenida Boedo se oía el 24 frenando en la parada con ese suspiro de aire que a él le sonaba, desde hacía cuarenta años, a un fuelle viejo.

En la mesa de trabajo, abierto como un pescado, estaba el bandoneón. Un Doble A del treinta y ocho, con las tapas de ébano un poco comidas en las esquinas y el nácar de los botones amarillo de tanta mano. Olía a cola caliente, a cuero de fuelle y a ese polvo dulce que sueltan los instrumentos cuando los abren después de mucho tiempo.

—¿Y? —dijo Lucía, desde la silla del rincón, sin levantar los ojos del celular.

—Y nada. Falta una.

Lucía tenía quince años y los zapatillones de él. Es decir, de su abuelo, Anselmo Ferraris, que había tocado en orquestas de barrio, en bailes de club y en alguna que otra milonga de sótano, y que había dejado el bandoneón en un cajón de pino, con una nota escrita a lápiz sobre la tapa: «Que lo afine Gorosito. Nadie más.» Ismael la había leído de pie, con el sombrero en la mano, y había dicho que sí antes de pensarlo.

Hacía tres semanas de eso. Había cambiado las vejigas del fuelle, repuesto las válvulas, reparado dos teclas que se quedaban pegadas. Había afinado ciento cincuenta y tres lengüetas, una por una, con la lima fina y la paciencia que se aprende solamente de viejo. Quedaba una sola, en el lado izquierdo, un bajo que sonaba apenas más abajo de donde tenía que sonar.

—Tocalo así nomás, nena. Nadie se va a dar cuenta.

—Se va a dar cuenta él —dijo Ismael.

—El abuelo está muerto.

—Ya sé.

Lucía levantó la vista por primera vez. Ismael no la miró. Agarró la lengüeta rebelde con la pinza y la acercó a la lámpara. Estaba gastada en la punta, brillante, con una raya finita de óxido que la había ido alejando de su nota año tras año.

—Cuando tu abuelo vino a verme por primera vez, en el setenta y nueve, me trajo este mismo bajo roto —dijo—. Se le había partido tocando un domingo en un casamiento de Parque Patricios. Yo tenía veinticuatro años y no sabía nada. Se la arreglé mal. Me hizo volver a hacerla. Se la arreglé mal otra vez. A la tercera salió, y me dijo: «Ahora sí, pibe. Pero fijate que es la nota de mi vieja.»

—¿La nota de la bisabuela?

—La tarareaba cuando lavaba los platos, decía él. Un sol grave. Siempre la misma.

Afuera pasó una moto y el vidrio del altillo vibró. Ismael apoyó la lima sobre la lengüeta y dio tres pasadas cortas, casi sin presión. Probó con el soplido. Nada: seguía baja. Dos pasadas más. Volvió a soplar. Una vibración finita, temblona, que subía desde el fondo.

—Falta un pelo —murmuró.

—¿Un pelo de qué?

—De metal. Si me paso, no hay vuelta atrás. La lengüeta se acorta y se acabó.

Lucía bajó el celular. Se acercó a la mesa con las manos en los bolsillos de la campera, y por primera vez Ismael vio en ella algo de los hombros de Anselmo, esa manera de ladear la cabeza para escuchar mejor.

—¿Y si no sale?

—Se cambia por una nueva. Suena bien. Suena parecido.

—Pero no igual.

—No igual.

Ismael cerró los ojos. Se acordó de la cocina de una casa de Boedo que nunca había pisado, de una mujer que lavaba platos y tarareaba, de un hijo que la escuchaba desde la mesa con los deberes sin hacer. Tal vez se lo había inventado él. Tal vez Anselmo se lo había contado mejor. No importaba: la nota estaba ahí, esperando, y lo único que tenía que hacer era no apurarse.

Una pasada. Una sola, más suave que una caricia.

Sopló.

El sol grave llenó el altillo, redondo y tibio, y se quedó vibrando unos segundos en el aire, entre las herramientas colgadas y el olor a cola. Lucía no se movió. Ismael abrió los ojos y vio que ella tenía la boca apenas abierta, como cuando uno está por decir un nombre y se arrepiente.

—Es esa —dijo ella, bajito.

—Es esa.

Armó el lado izquierdo con cuidado, ajustó los tornillos de las tapas y le acercó el instrumento. Pesaba más de lo que Lucía esperaba; se le notó en los brazos. Ismael le acomodó las correas sobre las piernas, le abrió un poco los dedos sobre los botones.

—No sé tocar —dijo ella.

—Todavía no. Abrí.

Lucía abrió el fuelle despacio. Cerró. Abrió. El instrumento respiró, crujió, largó un acorde disparejo que no era de ningún tango. Se rió, nerviosa, y Ismael también.

Abajo, en la esquina, el subte escupía gente por la boca de la estación y las luces del bar se prendían una por una. Ismael juntó las doce lengüetas del platillo, las guardó en un sobre de papel madera y escribió con lápiz sobre la solapa: «Anselmo. Abril.»

—¿Cuánto te debo? —preguntó Lucía.

—Volvé el sábado con el instrumento. Te enseño a respirarlo.

—¿Eso es todo?

—Eso es todo.

Ella bajó las escaleras con el cajón de pino contra el pecho, de a un escalón por vez, y desde la ventana Ismael la siguió con la vista hasta la esquina. La vio detenerse bajo el farol, apoyar el cajón en el cordón y abrirlo un poquito. Solo un poquito. Lo justo para que el fuelle largara, en plena avenida, entre los colectivos y el apuro de las siete y media, un solo sol grave, tibio, que se oyó hasta arriba.

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