Ocho centímetros de sal

Aurelio Tolaba clavó la pala carbonera en la costra blanca y sintió que la hoja cedía un poco, como siempre, a los diez centímetros. Debajo, la tierra salada era gris y húmeda. Marcó con el pie el rectángulo que ya había trazado con estacas y cordel: cuatro metros por dos y medio. Faltaba cavar cuarenta centímetros de profundidad, y eran las once de la mañana de un jueves de noviembre en las Salinas Grandes.

Hacia el oeste, sobre la Puna, había una nube con la panza oscura. Todavía no hacía ruido, pero él la miraba cada vez que se enderezaba a descansar la espalda. Las lluvias de diciembre no esperan a nadie. Si la pileta no estaba cavada y llena de salmuera antes, se perdía la siembra de este año y, con ella, la sal de abril.

La pala era de su padre. El mango tenía una curva donde antes había una mano, y la hoja, de tanto roce con la sal, estaba afilada como cuchillo de cocina. Aurelio la usaba desde hacía treinta años y nunca la había cambiado. En el parador, a cuarenta metros, se escuchaba el motor de una camioneta y la voz de su sobrino Brian explicándole algo a unos turistas, en ese tono alegre y un poco cantado que usaba para las visitas.

Primero sacó la capa de arriba, la dura, la que parece vidrio opaco. La apiló a un costado. Después vino el barro salado, que pesaba el doble. A las doce y media tenía dos tercios de la profundidad y las manos blancas hasta las muñecas. Se le agrietaban los dedos, pero no le molestaba. Lo que le molestaba era la altura. A tres mil cuatrocientos metros, cada palada se pagaba con un respiro de más.

Se sentó en una bolsa vacía, sacó la bolsita de coca del bolsillo de la campera y se puso un puñado en el cachete. Después abrió la botella de alcohol y derramó un chorrito en la esquina de la pileta, despacio, en el lugar donde siempre lo había hecho, donde lo hacía su padre.

—Con permiso, Pachamama —dijo—. Perdoná que vaya tan lento este año.

El viento le llevó la frase hacia la sierra de Chañi. Aurelio se quedó escuchando. No esperaba respuesta, pero cada vez le parecía que el silencio se acomodaba un poco, como cuando alguien en una casa deja de hacer ruido para que otro hable.

Brian apareció a las dos de la tarde, caminando por la costra con las zapatillas blancas manchadas de sal. Traía una botella de agua y dos empanadas de carne envueltas en servilleta.

—Tío, ¿vos comiste?

—Estoy trabajando.

—Eso no es contestar.

Aurelio agarró una empanada. Brian miró la pileta, la nube del oeste, la pala del abuelo, y se quedó callado un rato. Tenía diecinueve años y la costumbre de llevar el celular en la mano como si fuera una brújula.

—Se viene el agua —dijo al final.

—Se viene.

—Te faltan, ¿cuánto? ¿Diez centímetros?

—Ocho. Y después hay que traer la salmuera del ojo. Son como cuarenta baldes.

Brian dio una vuelta alrededor de la pileta, midiendo con los ojos. Después se sacó la campera y la dejó sobre una pila de sal. Fue hasta el parador, habló un minuto con la mujer del mostrador, y volvió con otra pala, una de las que usan los chicos para mostrarles a los visitantes cómo se saca la sal.

—Esa no sirve —dijo Aurelio.

—Sirve para esto.

Cavaron los dos. El ritmo de Brian era desparejo, de arranques fuertes y pausas largas, pero la tierra salía. Aurelio le fue marcando dónde apoyar el pie y cómo dejar caer el peso en lugar de empujar con los brazos. Al rato el chico ya no hablaba. Cada tanto levantaba la vista hacia la camioneta de los turistas, que seguía parada en la ruta 52 con las puertas abiertas, y volvía a bajarla.

—¿No te están esperando? —preguntó Aurelio.

—Les dije que hoy se las arreglaban solos.

—Te van a descontar.

—Que me descuenten.

A las cuatro la pileta estaba pareja. Aurelio pasó la palma de la mano por las paredes, buscando los huecos, y los alisó con el borde de la pala. Después fueron hasta el ojo de agua. Era una boca oscura rodeada de cristales, tan quieta que parecía de otro material. Llenaron los baldes uno por uno y los llevaron de a dos, haciendo veinte viajes cada uno por la costra que crujía bajo las suelas. La nube del oeste ya tapaba la mitad del cerro y tenía un borde amarillento. Se había levantado un viento frío que hacía llorar los ojos.

En el último viaje a Brian le temblaban los brazos. Vació el balde en la pileta y se sentó directamente sobre la sal, con las piernas estiradas.

—No sabía que pesaba tanto —dijo.

—Es que no es agua. Es sal que todavía no se acordó de serlo.

—Ay, tío.

—Es verdad, así dicen los viejos.

Aurelio se arrodilló junto a la pileta. El agua ya había dejado de moverse y reflejaba lo que quedaba del cielo, un pedazo celeste con la nube encima y, abajo, los dos, achicados. Volvió a abrir la botella, derramó el último chorrito en las cuatro esquinas, y le pasó la bolsita de coca a su sobrino. Brian dudó un segundo, agarró unas hojas y se las puso en el cachete, haciendo una mueca.

—Ahora no hay que hacer nada —dijo Aurelio—. El sol y el viento hacen el resto. En abril volvemos y sacamos lo que haya.

—¿Y si no llueve bien?

—Siempre llueve algo.

A lo lejos, la camioneta de los turistas arrancó y se perdió hacia Purmamarca. Cayeron las primeras gotas, gordas, tibias, una en la frente de Brian, otra sobre la pala del abuelo. Aurelio no se movió. En la pileta, cada gota abría un círculo pequeño que se iba ensanchando hasta tocar la pared de sal, y allí se quedaba, esperando.

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