A las siete de la tarde el asfalto de la calle Junín todavía largaba el calor del día, y Nelly Benítez se miró en el espejo del pasillo con un peine en una mano y una horquilla entre los dientes. Treinta y seis grados, había dicho la radio. Las cigarras de los jacarandás de la vereda gritaban como si les pagaran por hora.
—¿Vamos a ir? —preguntó Ramón desde la silla del comedor, con el tereré en la mano buena.
—Vamos a ir.
—Nelly. Yo no puedo bailar.
—Nadie te pidió que bailes. Te pedí que vengas.
Ramón no contestó. Hacía ocho meses que el lado izquierdo del cuerpo se le había quedado dormido una mañana de abril, mientras se afeitaba, y desde entonces caminaba con un bastón de cuatro patas y una dignidad que a ella le dolía más que la pierna. Antes bailaba. Habían bailado cuarenta y cuatro años, en clubes de barrio, en bailantas de la ruta 12, en casamientos de gente que ya ni recordaban. Ella era la que seguía y él era el que llevaba, con ese estilo de pegarse pecho con pecho y entrelazar las cabezas hasta que el sombrero de uno tapaba la cara del otro.
Esa noche, el jueves quince de enero, empezaba la fiesta grande. A las ocho salía de la Plaza Vera el Desfile Internacional de Fuelles: acordeonistas de Corrientes, de Paraguay, de Misiones, de Brasil, tocando mientras caminaban hasta la Plaza Cabral. Nelly lo había visto desde la vereda treinta años seguidos. Este año quería verlo desde adentro.
Metieron el bastón en el baúl del remís. El chofer, un muchacho flaco, les puso el aire al máximo sin que se lo pidieran. En la costanera se veía el Paraná marrón, ancho como una promesa, con un barco de arena que cruzaba despacio. Ramón miró por la ventanilla y dijo, bajito, que antes el río se sentía distinto.
—Antes vos tenías cuarenta años —dijo ella.
—Y vos también.
—Yo todavía tengo.
Se rió. Fue la primera risa de la semana.
En la Plaza Vera ya había gente a montones: familias con sillitas plegables, nenes con helado derretido hasta los codos, una señora vendiendo chipá caliente en una canasta tapada con un repasador. Nelly compró seis. Ramón mordió uno y cerró los ojos, y ella supo que por un momento había vuelto a un patio de tierra, con una vihuela y un tío que tocaba el violín mal pero con ganas.
A las ocho en punto empezaron los fuelles. Primero uno solo, lejos, un acordeón de botones que abrió una polca con ese temblor de aire que tiene el instrumento cuando respira. Después otro, y otro más, hasta que la calle entera fue una sola cosa que avanzaba. Los músicos pasaban con la correa al hombro y el sudor corriéndoles por las patillas. Había una chica de doce años, con trenzas, que tocaba un acordeón casi más grande que ella y miraba fijo hacia adelante para no perder el compás.
Nelly agarró la mano buena de Ramón.
—Levantate.
—No.
—Te ayudo yo.
—Nelly, la gente…
—La gente está mirando a los acordeones.
Lo paró despacio. Primero el bastón, después la cadera, después ese hombro izquierdo que colgaba como una percha. Ella se le puso enfrente y buscó el abrazo de siempre, pero el brazo de él no subió, y el brazo de ella sola no alcanzaba para sostener a los dos. Se quedaron así un segundo largo, sin música, aunque la música sonaba por todos lados.
—¿Ves? —dijo Ramón.
Nelly no lo vio. Hizo otra cosa. Le apoyó la frente contra la sien, mejilla con mejilla, como si estuvieran por bailar y no tuvieran apuro. Le puso la mano derecha en la nuca, entre el pelo ralo y el cuello de la camisa, y con la izquierda le agarró el codo muerto y lo acomodó contra su espalda, para que hiciera de peso y no de brazo.
—Ahora movete —susurró—. Nada más. Un poquito, como cuando mecías a la Silvia.
Ramón dudó. Después, muy chiquito, empezó a transferir el peso de una pierna a la otra. El bastón se quedó clavado en el suelo, mirándolos. Ella lo siguió. Eran dos cuerpos viejos balanceándose en medio de la Plaza Vera, mientras pasaba una polca, después un chamamé lento, de esos que se tocan para los que se fueron, con un fuelle largo que subía y bajaba como una persona que llora de a poco.
Nadie los miró. O los miraron todos y nadie dijo nada. Una mujer con una bandera paraguaya pintada en la mejilla se hizo a un lado para dejarles lugar. El chico de las trenzas pasó a un metro, concentradísimo, y Nelly sintió que le temblaba el aire del instrumento en el pecho.
—Tenía razón mi mamá —dijo Ramón, con la boca pegada a su oreja.
—¿En qué?
—En que bailar no es con los pies.
Ella no contestó porque tenía algo en la garganta, algo que subía de mucho más abajo de lo que ella recordaba. Había un grito que venía de ahí desde hacía ocho meses, un sapukay que no se animaba a salir en la cocina de su casa ni en la sala de espera del neurólogo ni a las tres de la mañana, cuando lo escuchaba respirar. Abrió la boca. Salió el grito, largo y agudo, hacia arriba, hacia las ramas del jacarandá y las luces que recién se prendían.
Alrededor, algunos giraron la cabeza. Un hombre mayor, de sombrero de paja, contestó con otro desde el otro lado de la plaza, y después un tercero. Los fuelles siguieron avanzando hacia la Plaza Cabral con su aire caliente de calle.
Ramón no soltó el abrazo. Tenía los ojos cerrados y la cara mojada, y a ella le pareció que se parecía otra vez al hombre que la había sacado a bailar en el club Sargento Cabral, en el setenta y ocho, con una camisa celeste prestada.
—¿Otra? —dijo él.
Nelly apoyó de nuevo la mejilla contra la suya y sintió cómo el bastón, atrás, seguía esperando solo.
—Las que quieras.
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