El pito de las cuatro y cuarenta

Olegario Ledesma subió los noventa y dos escalones de la sala de calderas con la mano izquierda pegada a la baranda, porque a los sesenta y cuatro años la derecha ya no le alcanzaba para sostenerse y para llevar el termo. Eran las cuatro y diez de la tarde de un sábado de noviembre y en el ingenio, a las afueras de Bella Vista, el aire olía a melaza quemada y a bagazo mojado, ese olor dulzón y espeso que se le pegaba a la ropa y que su mujer, en cuarenta años, nunca había logrado sacarle del todo con el jabón.

Ese día se apagaban los trapiches. La zafra había empezado en mayo con la escarcha sobre los camiones y terminaba ahora, con los jacarandás sueltos y las chicharras afuera, y los obreros ya andaban por el patio de maniobras en grupitos, hablando bajo, como en un velorio donde nadie quiere decir que el muerto estaba mal hacía rato.

Olegario llegó al descanso del último tramo y se quedó parado frente a la válvula. Era un volante de bronce del tamaño de una rueda de bicicleta, con la pintura verde saltada en los lugares donde generaciones de manos la habían tocado. Arriba, en el techo de chapa, estaba el pito de vapor. Treinta y un años lo había abierto él, tres veces por día: a las seis, a las catorce, a las veintidós. Cambio de turno. Se oía hasta Los Nogales, decían, con viento norte.

Hacía cuatro años que el pito era un botón. Una sirena eléctrica, de esas que parecen una alarma de auto grande, había reemplazado al vapor porque la caldera vieja gastaba demasiado y la nueva no tenía la presión justa. Nadie se lo dijo de mala manera. El ingeniero joven, un muchacho de Yerba Buena con zapatos de seguridad todavía duros, le había puesto la mano en el hombro y le había hablado de eficiencia. Olegario había dicho que sí, que cómo no, y desde entonces se dedicaba a revisar manómetros que no hacía falta revisar.

—Don Olegario.

Se dio vuelta. Era Yamila Sosa, la de laboratorio, con el guardapolvo manchado y una carpeta contra el pecho.

—¿Qué hace acá arriba? Lo buscan abajo. Van a sacar la foto de la última caña.

—Que la saquen sin mí.

—Todos preguntan por usted.

—Qué van a preguntar. Si soy un señor con un termo.

Yamila miró la válvula y después lo miró a él, y como era una chica lista no dijo nada. Se apoyó en la baranda. Desde ahí, por la ventana sin vidrio, se veía el cañaveral de al lado, ya cosechado, con los rastrojos tendidos en hileras como peinados, y más allá la sierra de San Javier, azul y ancha.

—Mi abuelo contaba que se tomaba el pito para saber cuándo volver del surco —dijo ella—. Que no hacía falta reloj.

—Tu abuelo tenía razón.

—Mi mamá dice que cuando era chica, los sábados a las dos, la casa entera paraba.

Olegario destapó el termo y se sirvió un poco de mate cocido, que ya estaba tibio. No ofreció. No era de ofrecer en el trabajo.

—Esa caldera no tiene presión —dijo al rato—. La vieja la dejaron conectada nomás por si falla la nueva. Con la última molienda queda un resto de vapor en la línea. Un resto chico. Tres, cuatro segundos de pito, si abro bien despacio.

—¿Y no le dijeron que no?

—No me dijeron nada. Yo no pregunté.

Yamila se mordió el labio, pero le brillaba algo en los ojos.

—Yo no vi nada —dijo—. Yo vine a buscar una muestra.

—Sí. Una muestra.

Se quedaron en silencio. Abajo se oía el último rodar de la cadena de caña, que iba espaciándose, y el ruido de las masas girando a menos revoluciones, esa respiración larga de una máquina que se queda sin comida. Olegario puso la mano en el volante. El bronce estaba frío. Tanto tiempo y todavía le sorprendía eso: que algo que hacía tanto ruido pudiera estar frío.

—Cuando era pibe —dijo— mi viejo me traía los domingos. Yo me paraba ahí, donde estás vos, y esperaba que abriera el pito. Le miraba la espalda. No hablaba nunca, mi viejo. Abría el pito y se quedaba un rato con la mano en el volante, escuchando cómo se iba el sonido por el valle. Una vez le pregunté qué escuchaba. Dijo: “A ver si contestan”.

—¿Contestaban?

—Nunca supe. Eso no se lo pregunté.

A las cuatro y cuarenta, desde abajo, alguien gritó que ya estaba, que paraban. Un silencio raro cayó sobre todo el predio, primero en la molienda, después en el patio, después en el cañaveral vecino, donde hasta las chicharras parecieron pensarlo. Olegario sintió que se le aflojaba algo en el pecho. Giró el volante un cuarto de vuelta. Después otro, despacio, muy despacio, como se destapa una botella que no se quiere que explote.

Hubo un silbido finito primero, casi tímido. Después un graznido ronco, de garganta vieja. Y después, sí, el pito: un solo tono largo, bajo y redondo, que salió del techo de chapa y bajó por el valle empujando el aire como una mano abierta. Duró cuatro segundos. Olegario los contó. Yamila se tapó la boca con la carpeta.

Abajo, en el patio, todos levantaron la cabeza. Un camionero que fumaba contra la reja tiró el cigarrillo. Alguien aplaudió, solo, y enseguida se sumaron otros, sin saber bien a qué aplaudían, y el aplauso quedó flotando bajo ese resto de sonido que se deshacía sobre los cañaverales.

Olegario cerró la válvula. Se secó las manos en el pantalón.

—¿Contestaron? —preguntó Yamila, bajito.

Él se quedó mirando la sierra. Muy lejos, tan lejos que pudo haberlo imaginado, un perro empezó a ladrar en alguna finca de Los Nogales, y después otro.

—Dos —dijo—. Contestaron dos.

Levantó el termo, lo miró, y esta vez le ofreció.

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