Brisa Antúnez llegó a Moctezuma a las dos menos veinte, en el asiento de atrás del Gol de su tío, con el bolso del árbitro entre las rodillas y el estómago hecho un nudo de piolín. Había hecho el curso en Casares durante el verano, martes y jueves en el salón de la Liga, con otros nueve aspirantes que ya habían abandonado casi todos. Tenía diecisiete años, un silbato nuevo que todavía olía a plástico y dos tarjetas que no había usado nunca fuera de una cancha de cinco.
—Si te dicen algo, no contestes —dijo el tío, sin sacar las manos del volante—. Ni los mires.
—Ya sé.
—Yo me quedo en el auto. Si me ven en el alambrado, te hacen más difícil.
La ruta 5 quedaba atrás, recta como una regla, con los girasoles de ambos lados ya doblados y negros, listos para la cosecha. El campo de juego del Atlético Moctezuma estaba pegado a las vías, con un tinglado de chapa, cuatro filas de cemento y una cantina donde una mujer con delantal de cuadros freía empanadas en una olla enorme. Brisa pasó por al lado con la cabeza baja. El aire olía a aceite caliente y a pasto recién cortado.
Los dos socios que iban a hacer de jueces de línea, uno de cada club, le dieron la mano sin mirarla bien. El de Smith tenía una camperita celeste, el de Moctezuma una gorra de la cooperativa. Le preguntaron si sabía qué era el orsay. Ella dijo que sí. Dijeron “bueno” y se fueron a sus banderas, como quien acepta un trámite.
El primer tiempo fue de tierra y patadas. Brisa corría con las piernas duras, cuidando de no quedar nunca detrás de la jugada, repitiendo en la cabeza la frase del instructor: “El árbitro bueno es el que no se acuerda de sí mismo”. Pitó una falta, pitó otra. Desde el alambrado, un hombre de bigote, bufanda roja y un termo bajo el brazo empezó a nombrarla. Primero “señorita”, después “nena”, después “andá a jugar a las muñecas”.
Al final de la primera parte iba Smith uno a cero, con un gol de cabeza en un córner, bien dado. Brisa se tomó el agua del bidón de pie, sola, en la esquina más lejana del banco de suplentes, y se miró los cordones. Tenía las manos mojadas de sudor. Pensó en pedirle a su tío que la llevara de vuelta. Pensó en el certificado que había pagado con tres meses de ahorros del lavadero de autos.
En el complemento, Moctezuma salió a empatar con todo, y a los veinte minutos una pelota larga cayó en el área de Smith, entre un delantero flaco y un zaguero grandote, de camiseta celeste. Brisa venía corriendo en diagonal, a ocho metros, con el sol de costado. Vio la mano del zaguero estirarse y agarrar la camiseta roja, no un roce, un tirón de verdad, de esos que dejan a un chico sentado de culo en el área. El delantero cayó. Nadie dijo nada durante un segundo.
Después se vino el mundo abajo. El alambrado entero gritó “¡penal!”. El zaguero levantó las dos palmas y dijo “no lo toqué, no lo toqué, señorita”. El de la gorra de la cooperativa levantó la bandera, mirándola, esperando. El de la camperita celeste, no.
Brisa sintió que el estómago le bajaba hasta las rodillas. Si pitaba, le daba el penal al equipo local, en su cancha, delante de su gente, y nadie iba a decir que lo pitó por justicia. Si no pitaba, nadie iba a decir nada. Era lo cómodo. El tío en el auto, el hombre de la bufanda, todos.
Pero había visto el tirón. Lo había visto con los dos ojos, a ocho metros.
Se puso el silbato entre los labios y sopló fuerte, un pitido largo y limpio que cortó el ruido. Señaló el punto del penal con el brazo estirado, sin apuro, como le habían enseñado.
—Penal —dijo, y le salió la voz más firme de lo que esperaba.
El zaguero protestó. Brisa lo miró a la cara, a un metro, y le dijo despacio:
—Le agarraste la camiseta. La viste vos también.
El grandote bajó la vista. Se encogió de hombros. No dijo más.
Moctezuma lo convirtió, un remate abajo, al palo derecho. El estadio chiquito se vino abajo en un grito. Brisa se quedó parada en el medio, con el corazón golpeándole en las costillas, sin saber si eso era alivio o terror. Empataron. A los treinta y cinco, en el último ataque, Smith se escapó por la derecha y metió el dos a uno. El hombre de la bufanda, en el alambrado, se agarró la cabeza con las dos manos, como si acabaran de venderle el campo.
Cuando sonó el final, Brisa le dio la mano a los dos capitanes, firmó la planilla sobre el capot del auto del delegado y caminó hacia el Gol, con el bolso colgado de un hombro. Escuchó pasos que se acercaban por detrás, pasos de botines viejos sobre el pedregullo. Se le cerró la garganta.
Era el hombre de la bufanda roja. Traía el termo y una bolsita de papel madera, de las que se usan en el almacén.
—Tomá —dijo, sin mirarla del todo—. Es de la quinta de mi cuñado. Pipas de girasol, tostadas ayer.
Brisa no entendió.
—Ese penal era —dijo él—. Yo estaba atrás del arco. Lo vi clarito. Perdimos igual, pero era.
—Gracias —dijo ella.
—No me des las gracias. Hacelo mejor el domingo que viene, que van a venir a verte —y se fue rengueando hacia la cantina, murmurando algo contra el entrenador.
Brisa subió al auto. Su tío arrancó sin preguntar. Pasaron las vías, la tosca, el cartel descolorido del club, y tomaron la ruta con el sol bajo pegándole de lleno a los girasoles negros. Ella abrió la bolsita, sacó una pipa, la partió con los dientes y escupió la cáscara por la ventanilla.
En el bolsillo de la camiseta, el silbato todavía estaba tibio.
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