El primer sábado de los cornalitos

Graciela Funes tenía la harina en la bandeja, el aceite a punto de humear y un solo problema: no había cornalitos. Eran las once y diez de un sábado de noviembre, la costanera de Quilmes ya olía a brasas y a protector solar, y en el cajón de telgopor que Cacho le traía todos los sábados desde hacía veintidós años había tres hielos derretidos y nada más.

Salió del quiosco con el repasador al hombro y miró hacia la rambla de los pescadores. Los otros ya estaban ahí, alineados contra la baranda, con las cañas apoyadas y los baldes entre los pies. Cacho no.

—¿Vieron a Cacho? —preguntó.

—Hoy no vino —dijo uno de gorra azul, sin dar vuelta la cabeza—. Ayer se quejaba de la rodilla.

Graciela se quedó mirando el río. Era marrón, ancho, quieto como una mesa sucia, con un brillo de chapa al fondo donde terminaba y empezaba el cielo. Desde ahí nunca se veía la otra orilla. Su padre decía que del otro lado estaba Uruguay y que no se veía porque se hacía el distraído.

Ese sábado importaba porque era el primero de calor de verdad. Todos los años, el primer sábado de calor, el quiosco servía la fuente grande de cornalitos fritos, con limón y sal gruesa, a precio de costo, y la gente de las cuadras de alrededor bajaba con los chicos, las sillas plegables y el termo. Lo había empezado su madre. Después ella. Esa tarde, además, venía su hija Luciana de La Plata, con el novio, a quien Graciela todavía no le conocía la voz.

—Mamá, si no tenés pescado, hacé otra cosa —le había dicho Luciana por teléfono—. Papas, empanadas, lo que sea.

—Los cornalitos no se reemplazan, nena.

—Es un pescadito, ma.

—Es el primer sábado.

Había colgado con la garganta apretada, sin saber bien por qué.

Ahora caminó hasta el final de la rambla, donde el cemento se terminaba y empezaban las piedras. Ahí encontró a Cacho. Estaba sentado en un banquito de plástico con la caña clavada entre dos rocas y la pierna derecha estirada, con una venda color piel que le asomaba bajo el short. Tenía el pelo blanco aplastado por la gorra y la cara quemada como un ladrillo.

—Mirá vos —dijo Graciela.

—Graciela —dijo Cacho, sin sorprenderse—. Perdoname. Se me hizo tarde.

—Son las once y media.

—Por eso, se me hizo tarde.

Se miraron. Ella le vio el balde: vacío, con una pizca de agua en el fondo.

—No pican —dijo él—. Desde las seis estoy. Anoche hubo viento del sudeste y el río quedó revuelto. Los chiquitos se fueron para adentro. Mañana o pasado vuelven. Hoy, nada.

—Hoy es el primer sábado, Cacho.

—Ya sé. Lo tengo anotado.

—¿Anotado dónde?

—En la cabeza. Donde anoto todo.

Graciela quiso enojarse y no le salió. Se sentó en una piedra al lado, con las zapatillas colgando sobre el agua. El sol le pegaba en la nuca. Más allá, tres chicos corrían por la arena de la playa con una pelota desinflada, y desde el balneario de enfrente llegaba una cumbia con el bajo demasiado alto.

—Mi mamá —dijo Graciela— hizo la primera fuente en el noventa y uno. Con lo que le dieron los pescadores de entonces. Había diecisiete personas. Yo era chica, me acuerdo de que no alcanzaba el limón.

—Me acuerdo —dijo Cacho—. Yo era uno de los que trajo.

—No me dijiste nunca.

—No preguntaste.

Quedaron un rato callados. Un barco lejano, un punto blanco sin tamaño, cruzaba despacio de izquierda a derecha.

—Hay otra cosa —dijo Cacho, y señaló con el mentón hacia atrás—. Ahí en la rambla, a la altura del tercer poste, está el Rulo. Tiene la red de mano. Si le pedís que tire cerca de los pilotes, algo saca. No es de cornalitos de los buenos. Pero algo.

—¿Y por qué no me dijiste antes?

—Porque es el Rulo.

Graciela suspiró, se levantó y volvió caminando por la baranda, entre los pescadores. El Rulo era un flaco de treinta y pico, con tatuajes de ancla en los dos antebrazos, que hablaba poco y cobraba mucho. Le explicó lo que necesitaba. Él la miró un momento y dijo un número. Ella dijo otro. Después de un silencio incómodo se pusieron de acuerdo.

A las doce y cuarto tenía un balde de pescaditos plateados que se retorcían como cintas. No eran muchos. Los contó con la vista: alcanzaban para una fuente, no para dos.

—Menos de la mitad —murmuró.

Volvió al quiosco. Limpió, pasó por harina, sacudió. El aceite le saltó en el antebrazo y no lo sintió. Sacó la primera tanda dorada y chiquita, la puso sobre papel, la salpicó con sal gruesa. Probó una. Crocante, con gusto a río.

A las dos llegó la gente. Primero dos vecinas con una sillita para el nene. Después un grupo de la cuadra de atrás, con una conservadora llena de gaseosas. Después una familia entera con un perro. Graciela sirvió la fuente grande, que quedó a medias, y la repartió en platitos de plástico, de a puñados.

—Es poquito este año —dijo una señora.

—El río estuvo revuelto —respondió Graciela—. Los trajo Cacho. Bueno, casi.

Y entonces, desde el costado, vio venir a Luciana con un flaco alto que traía una bolsa de limones. Se saludaron con un abrazo apretado.

—Mamá, él es Franco. Trajo limones, porque le dije que acá nunca alcanzan.

Graciela lo miró. Tenía cara de buena persona y las manos de quien no sabe qué hacer con ellas. Le dio un platito.

—Probá.

Franco probó. Masticó despacio, serio. Después levantó las cejas.

—Son buenísimos.

—Son pocos.

—Entonces hay que comerlos despacio.

Luciana se rio. Graciela, también, y se le aflojó algo atrás de las costillas.

A las cinco, cuando la fuente se terminó y quedaron sólo las migas y el olor a limón, el sol bajaba detrás de los edificios del centro y el río se había puesto del color del té con leche. Cacho apareció renqueando por la rambla, con la caña al hombro. Se paró frente al quiosco.

—Ya los vi —dijo—. Los del Rulo. Están flacos.

—Alcanzaron.

—¿Quedó alguno?

Graciela abrió el cajón. En el fondo, sobre un papel grasiento, había un único cornalito, dorado, sin comer. Lo había guardado sin darse cuenta.

Se lo alcanzó. Cacho lo tomó con dos dedos, lo miró contra la luz del río y lo comió entero.

—Mañana vuelven —dijo.

—Mañana vuelven —dijo Graciela.

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