Ailín Jones tenía las manos frías y un poema de dieciséis versos que se le iba soltando como un hilo de la manga. Eran las doce y media de un sábado de septiembre, en Gaiman, y el viento del río Chubut empujaba las hojas de los álamos contra los vidrios de la casa de té de la calle Abraham Mathews, donde su abuela llevaba cuarenta años sirviendo scons.
—Otra vez, cariad —dijo la abuela Elvira, sin darse vuelta, mientras acomodaba las teteras en la bandeja.
Ailín cerró los ojos y empezó. Las palabras galesas le salían duras, con la ll que se pronuncia soplando el costado de la lengua, y a la mitad del tercer verso se trabó. Abrió los ojos. La abuela seguía de espaldas, con los hombros quietos.
—Me olvido siempre en el mismo lugar —dijo Ailín.
—Es el lugar donde el poema cambia de idea. Ahí se olvida todo el mundo.
Elvira tenía ochenta y cuatro años, el pelo blanco recogido con dos broches y las manos manchadas de harina y de edad. Había nacido en una chacra de Dolavon, hija de gente que rezaba en galés y juraba en galés, y sin embargo en esa cocina hablaba en castellano, siempre. Ailín lo había notado hacía mucho. El galés lo tenía ella de la escuela, de las clases de los jueves, de una maestra con una voz de campana. La abuela, en cambio, lo escuchaba con una cara rara, como quien oye pasar un tren por un pueblo donde ya no para.
Nadie le había explicado por qué. La mamá de Ailín decía que a Nain se le había apagado el idioma cuando se murió el abuelo Griffith, porque con él se hablaba, y que después ya no había con quién. Ailín lo había anotado en su cabeza igual que se anota una cuenta que no cierra.
Por eso quería ganar. No la medalla, que tampoco le importaba mucho, sino ese minuto sobre el escenario del Eisteddfod de los jóvenes, con la abuela en la mesa de adelante, para que alguien le hablara en galés en voz alta, delante de todos, y ella no pudiera hacer de cuenta que no lo escuchaba.
Esa tarde la casa de té se llenó. Llegó un micro de turistas de Rosario y otro de Neuquén, y durante dos horas Ailín fue y vino con jarras de agua caliente y con platos de torta negra, esa oscura y densa, con frutas secas y coñac, que la abuela cortaba en rebanadas finas como libros. Cada tetera salía vestida con su cubretetera de lana tejida, para que el té no se enfriara. La preferida de Ailín era la verde, con un pompón torcido que ella misma había cosido a los siete años.
A las seis, cuando se fue el último grupo, la abuela se sentó por primera vez en todo el día. Se sacó los zapatos debajo de la mesa y miró el mantel con migas.
—Mañana no voy —dijo.
Ailín dejó la bandeja.
—¿Cómo que no venís?
—Me duelen las piernas, y el salón es frío. Vas a estar bien. Mamá te saca fotos.
—Nain, es el poema el que te quiero…
Se mordió la lengua. La abuela la miró, y hubo un silencio largo, de esos donde se oye la heladera.
—Lo sé —dijo Elvira, bajito—. Sé lo que querés. Y no es que no pueda escucharlo, nena. Es que me hace falta, y me da miedo lo que me hace.
No dijo más. Se levantó, puso la pava a calentar y le sirvió un té en la taza de siempre, la de borde dorado, y le empujó el plato con el último trozo de torta negra. Ailín comió despacio. Afuera ya se había ido la luz del río.
El domingo, el salón olía a café, a lana mojada y a polvo de tiza. Había chicos de toda la zona con camisas planchadas, y padres que filmaban con el celular en alto, y una señora con una tablilla que gritaba nombres. Ailín esperó su turno en una silla de plástico, repitiendo en silencio, con la lengua contra los dientes, y no miró hacia las mesas de adelante hasta que dijeron su nombre.
La mesa de la abuela estaba vacía.
Subió igual. El escenario era de madera, y crujió. Se paró en el lugar marcado con cinta, miró al jurado, tres personas con papeles, y empezó. El primer verso salió. El segundo salió. El tercero, el del lugar donde el poema cambia de idea, se le fue de la cabeza como un pájaro que sale por una ventana.
Se quedó muda. Contó hasta cuatro, que era la cuenta que le había enseñado la maestra, y no volvió nada.
Entonces vio que la puerta del fondo se abría. Entró una mujer de pelo blanco, con un abrigo mal abotonado y los zapatos de salir, sin aliento, y se quedó parada contra la pared, al lado de la mesa de las tortas. Ailín no podía creerlo. No se había peinado. Tenía los dos broches torcidos.
La abuela no hizo nada. No le sopló nada ni le hizo ninguna seña. Solo movió los labios. Despacio, muy despacio, con una boca que se acordaba de algo antes de acordarse del todo, empezó a decir las palabras del tercer verso. Sin sonido. Ailín las leyó en esa boca como se lee un cartel conocido en la ruta, y la voz le volvió entera.
Siguió hasta el final. Los últimos cuatro versos los dijo mirando a la pared del fondo, donde la abuela ya no movía los labios y apretaba la cartera contra el pecho, con los ojos muy abiertos y brillantes.
No ganó. Quedó tercera, y le dieron un diploma con un dragón rojo. Pero a la salida, en la vereda, con el sol bajo entre los álamos y el olor del horno de la casa de té de al lado, la abuela le agarró la cara con las dos manos frías.
—Diolch, cariad —dijo.
Fueron dos palabras, nada más, pero las dijo con una voz oxidada, de puerta que no se abría hace años y que cedió a la primera.
Esa noche, en la cocina, Elvira puso la tetera verde sobre la mesa, con su pompón torcido, y sirvió dos tazas. Se sentó enfrente. Tardó en empezar, y cuando lo hizo fue en galés, tropezando, con las vocales abiertas. Le preguntó si quería más azúcar.
Ailín dijo que sí, y se lo pidió como pudo, en el mismo idioma.
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