La última vuelta del 60 por Fleming

Rubén Cardozo apoyó el termo sobre el tablero y acomodó el espejo, que después de treinta y un años ya sabía de memoria dónde quedaba. Eran las once y cuarto de la noche en la cabecera de Barrancas de Belgrano. En el cartel de arriba, con letras naranjas, decía 60 E TIGRE POR FLEMING.

Era su último turno. Nadie lo sabía, salvo el inspector, que le había palmeado el hombro en la cabecera sin decir nada, y Mabel, la de la ventanilla de los choferes, que le había dejado un alfajor sobre la planilla.

Rubén se había hecho una sola promesa para esa noche: ninguna parada salteada. En tres décadas había pasado de largo por apuro, por bronca, por una frenada que no daba, y había aprendido que cada parada vacía es una persona que se queda mirando la luz trasera. Esa noche iba a frenar en todas, aunque no hubiera nadie.

Subió la gente de siempre. Un muchacho con la mochila de delivery colgada del pecho, dormido antes de pagar. Dos chicas con olor a perfume dulce y cansancio de boliche. Una señora con una bolsa de verduras que apoyó entre los pies como quien cuida a un perro. Cabildo pasó despacio, con los toldos bajos y los kioscos de rejas cerradas. Cruzaron General Paz y las luces se hicieron más espaciadas, más amarillas.

En la primera parada de Fleming no había nadie. Rubén frenó igual, abrió la puerta, contó hasta cinco y la cerró. La señora de las verduras lo miró por el espejo.

—¿Se le perdió algo, chofer?

—Una costumbre —dijo él—. Hoy me la estoy sacando.

Así fue parada tras parada. Frenaba, esperaba, seguía. Bajó el muchacho del delivery frente a una estación de servicio, con el casco ya en la mano. Bajaron las chicas en una esquina donde las esperaba un auto con las balizas puestas. El micro se fue vaciando y el motor se escuchaba más, como pasa con las casas cuando se van los invitados.

A las dos y media quedaba una sola pasajera. Una mujer de unos setenta años, con un tapado gris pese al calor de noviembre y un bolso de mano apretado contra la falda. Había subido en Barrancas y no había dicho una palabra. Rubén la miraba de vez en cuando. Viajaba derecha, con la vista en la ventanilla, como si leyera algo escrito en la oscuridad.

Pasaron la avenida Rolón. Pasaron una remisería con la luz prendida. Entonces ella se levantó y caminó por el pasillo agarrándose de los caños, con el equilibrio de quien se subió a miles de colectivos.

—Perdone, joven. ¿Usted me puede dejar en la esquina de la panadería?

—Señora, tiene que ser en parada. Es el reglamento.

—Ya sé. Es a mitad de cuadra, antes de la parada. La panadería de los Ferrari. Ahora es un local de celulares, pero para mí es la panadería.

Rubén miró el reloj. Miró la calle vacía. Se acordó de la promesa: ninguna parada salteada. Nadie había dicho nada de agregar una.

—¿Qué hay ahí a esta hora?

—Nada —dijo ella—. Hace cuarenta años mi marido bajaba del 60 en esa esquina, volviendo del turno de la fábrica. Yo lo esperaba en la vereda con un pan caliente. Se murió en marzo. Hoy hubiera cumplido setenta y ocho, y quise hacer el viaje otra vez. Nada más.

No le pidió que se conmoviera, y por eso mismo se conmovió.

Rubén avanzó hasta la mitad de la cuadra. Puso las balizas, abrió la puerta delantera y bajó el escalón, que suspiró con un ruido largo y gastado. La mujer bajó con cuidado, un pie y después el otro. En la vereda se quedó parada un momento, con el bolso contra el pecho, mirando una persiana metálica pintada de un verde descascarado.

Él esperó. Cinco segundos, diez, un minuto. Un perro cruzó la calle trotando. Adentro, el termo seguía tibio sobre el tablero.

Ella se dio vuelta y levantó una mano, sin sonreír, sin agradecer. Un saludo de colega. Rubén tocó la bocina, un toque corto, y ella asintió.

Después apagó las balizas y siguió hasta el centro de Tigre con el micro vacío, frenando en todas las paradas. En la última, junto al río, firmó la planilla y le dejó la llave a la gente del turno mañana.

Antes de irse, volvió al coche. Se sentó en el asiento del chofer por última vez, con el motor frío, y miró el cartel apagado.

En el tablero, entre las boletas y el termo, estaba el alfajor de Mabel. Lo abrió y le dio un bocado. Estaba rancio, como todos, pero a él le supo a pan caliente.

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