Amadeo Quintral calibró el disco con la yema del pulgar, sin tocarlo, nada más para sentir la corriente de aire que levantaba, y después puso el primer peine sobre el plato. Eran las cinco y diez de la mañana. Afuera, en el galpón de la estancia La Porfiada, a cuarenta kilómetros de Gobernador Gregores, el viento del oeste ya sacudía la chapa como si quisiera cobrar algo.
Llevaba treinta y un años de mecánico en la comparsa de Ledesma. Afilaba peines y cortantes en un banco al fondo, bajo una bombita desnuda, con un trapo de lana al cuello y una lata de pasta de esmeril que ya tenía forma de su mano. Los esquiladores le dejaban los juegos gastados en una caja de huevos de madera, y él se los devolvía antes del turno de las siete, con el filo parejo y el dibujo de las puntas intacto.
Lo que nadie sabía era que desde marzo no oía del oído izquierdo. Se había dado cuenta en la cocina de su casa de Río Gallegos, cuando la pava empezó a silbar de un solo lado.
Hasta ahora lo había arreglado con el derecho y con las manos. Pero el afilado no se hace con las manos. Se hace con la nota: el disco, al morder el acero, canta una cosa; cuando el peine está justo, la nota se afina y se queda quieta un segundo, y ahí hay que levantar. Amadeo llevaba tres días levantando tarde.
—Don Amadeo —dijo Tomás, que se había parado al lado con dos mates y los ojos pegados de sueño—. Cacho dice que el peine del martes le tironeó en la paleta de una capona.
Tomás tenía diecinueve años y era el playero. Barría el vellón del piso, lo llevaba a la mesa, y al final del turno contaba las latas de cada esquilador y las anotaba en una libreta de tapa verde, con una letra redonda de cuaderno de escuela. Era el más callado de la comparsa y el único al que Amadeo dejaba tocar el banco.
—¿Eso dijo?
—Y que no se enoje, que se lo dijo bien.
Amadeo recibió el mate y no lo tomó. Cacho Aravena esquilaba con la misma comparsa desde antes de que Tomás naciera y no se quejaba nunca; si decía que el peine tironeaba, tironeaba. Eso quería decir que había levantado tarde. Que había dejado el filo con una rebaba finita, de las que no se ven y se sienten como un alambre en la lana.
—Ponele la mano acá —dijo.
Tomás apoyó la palma sobre la madera del banco. Amadeo bajó el peine sobre el disco. El esmeril arrancó una cola de chispas anaranjadas, y se oyó el rumor parejo del plato, un ruido grueso y de fondo, como una olla grande hirviendo en otra pieza.
—¿Qué sentís?
—Que tiembla.
—Va a temblar distinto. Cuando cambie, avisame.
Esperaron. El peine mordía y largaba. Amadeo escuchaba con el oído sano inclinado hacia el disco, y no había nada. Un zumbido ancho, sin escalones. Pasaron diez segundos, quince. Le dolía el cuello.
—Ahora —dijo Tomás.
Amadeo levantó. Miró el filo contra la bombita: una línea limpia, sin brillo de más. Pasó la uña de costado. Nada. Estaba bien.
—¿Cómo supiste?
—No sé. Se puso más finito. Como cuando el Cacho silba bajito en el turno de la tarde.
Amadeo lo miró un rato largo. Afuera, la comparsa empezaba a llegar al galpón con ruido de botas y de termos. Alguien encendió la máquina central y las correas arrancaron con un chillido.
—Vení mañana a las cinco —dijo.
—Tengo que barrer.
—Barrés después. A las cinco.
Esa semana le enseñó lo que sabía. No lo dijo así, porque nunca había dado una clase: dejó que Tomás pusiera las manos donde las ponía él, que apoyara el peine con el pulgar abajo y los otros dedos arriba, que midiera la presión con el antebrazo y no con la muñeca. Le enseñó a oler el acero, que cuando se calienta de más toma un olor a moneda. Le enseñó a escuchar la nota y le enseñó a no confiar en la nota, a mirar igual.
—Y si un día no oís nada —dijo el jueves, sin levantar la vista de la pasta—, apoyás el peine en los dientes. Así.
Se llevó la punta sana del cortante al borde del colmillo, apenas, sin morder, con el disco girando a un palmo. El metal le zumbó en la cara entera, hasta la sien, hasta el oído que no andaba. Y ahí estaba, finita, quieta, la nota que hacía rato no escuchaba por el aire.
Tomás no dijo nada. Se quedó mirándolo con la libreta verde abierta en una mano, la lapicera sin tapa.
El sábado terminaron la majada del último potrero. A la tarde la comparsa se subió al camión, con los fardos atados y las máquinas envueltas en lonas, y Cacho Aravena pasó por el banco y le dejó sobre la madera una lata vacía de durazno con la tapa torcida, que era lo más parecido a un agradecimiento que se podía esperar de él.
Amadeo se quedó solo un momento en el galpón. Había barrido Tomás: el piso estaba limpio, con un resto de lana pegado a las tablas, como nieve vieja. Sobre el banco, en la caja de huevos, había un último juego de peine y cortantes, sin dueño, de los que se dejan para la temporada siguiente.
Lo agarró, lo acercó al disco apagado y se lo llevó al diente. Sintió el frío del metal y nada más. Después, desde la puerta, oyó el motor del camión que arrancaba y la voz de Tomás gritando algo que el viento se llevó.
Levantó la mano, sin darse vuelta, y dejó el peine en su lugar.
Leave a Reply