El yetapá de Anselmo

Anselmo Verón sacó la canoa del cobertizo a las cinco y diez, cuando en Colonia Carlos Pellegrini todavía mandaban los grillos y el único farol prendido era el del puente. Yamila, su nieta, caminaba detrás con las zapatillas en la mano, porque le habían dicho que en la orilla el barro se come los cordones.

—Abuelo, ¿y si no aparece?

—Aparece o no aparece. El pájaro no tiene agenda.

Había prometido llevarla a ver el yetapá de collar desde la semana anterior, cuando ella llegó de Mercedes con una libreta de tapas rojas y una lista de aves que quería tachar. Ya había tachado el carpincho, el jabirú y la garza mora. Quedaba el yetapá, ese pájaro blanco y gris de cola larga y partida en dos, que se para en la punta de una caña como quien se sube a un escenario. Anselmo lo había visto mil veces en cuarenta años de guiar turistas por la laguna. Hacía dos que no guiaba. Las rodillas le habían avisado primero con un crujido y después con un aullido, y la posada le había dado una jubilación de palabra y un termo de regalo.

Cargó el mate, la bolsa con chipá todavía tibio que había hecho su mujer, y el remo largo. No el de aluminio, el de madera, que tenía la pala gastada de un lado.

—¿No vamos con motor?

—El motor asusta. Con el remo se llega más despacio, pero se llega.

Bajaron al agua. La laguna Iberá a esa hora no tiene orillas: tiene un gris parejo con jirones de niebla que se levantan y se vuelven a acostar. Anselmo empujó con el remo y la canoa se deslizó entre los camalotes con un ruido de tela que se rasga. Yamila se acomodó en la proa con la libreta sobre las rodillas y no dijo nada durante un rato largo, lo cual en ella era una forma de respeto.

Pasaron junto a un yacaré que flotaba como un tronco con ojos. Pasaron junto a una familia de carpinchos que los miró con la boca llena y siguió masticando. Anselmo contaba sin hablar los golpes de remo, como había aprendido de su padre, que fue quien le enseñó a leer los canales: por dónde el agua tiene corriente aunque parezca quieta, dónde la tierra negra del embalsado está firme y dónde apenas es una promesa de pasto.

Ahí estuvo el error. Lo supo recién cuando la proa chocó contra algo blando.

—Abuelo, esto no estaba.

Tenía razón. En el lugar donde debía abrirse el canal angosto que lleva al juncal grande había una isla flotante entera, una manta de raíces y pasto con tres palmeras chicas encima, que el viento del este había empujado durante la noche hasta taparle la salida. Los embalsados se mueven. Anselmo lo sabía de memoria y igual se le había olvidado, porque hacía dos años que no los veía moverse.

—Bueno —dijo, y se pasó la mano por la cara—. Vamos a tener que dar la vuelta.

—¿Cuánto tarda?

—Mucho. El sol ya sale.

Miró el reloj, que tenía la correa floja. Las cinco y cuarenta. El yetapá se deja ver temprano, cuando el aire todavía es fresco y los insectos recién se levantan. Con la vuelta larga llegarían tarde, con el sol en la cara de la gente y las cañas vacías.

Yamila no protestó. Miró el embalsado, miró a su abuelo, miró la libreta.

—¿Y si lo empujamos?

—¿Qué cosa?

—La isla. Con el remo.

Anselmo se rió, una risa corta y seca. Después se quedó mirando. Un embalsado entero pesa más que diez canoas, pero esa isla había viajado toda la noche empujada por un viento flojo. No estaba clavada. Solo estaba apoyada.

Se paró despacio, con la rodilla gritando, y metió la pala de madera entre el borde de las raíces y el agua. Yamila agarró el remo corto de repuesto y lo hundió a su lado. Empujaron al mismo tiempo, contando en voz baja como en la escuela. Uno, dos. Uno, dos. La isla gimió, soltó burbujas, y se movió un palmo. Otro. Una libélula se despegó de una de las palmeras. Cuando el canal se abrió, angosto como un pasillo, los dos estaban empapados hasta los codos y Anselmo tenía la pierna temblando.

—Listo —dijo ella, y anotó algo en la libreta.

—¿Qué anotaste?

—”Hay que empujar”.

Remaron por el canal. Del juncal subía un olor dulce de pasto mojado y barro tibio. El cielo se había puesto color durazno, y la niebla se iba corriendo hacia el centro de la laguna como una sábana que alguien estira. Anselmo ya no miraba el reloj.

—Ahí —dijo en voz muy baja.

Al fondo, sobre una caña seca que se erguía sola contra el cielo, había un pájaro. Blanco y gris, con una franja oscura en el cuello como una corbata de luto, y la cola larga y dividida que colgaba en la brisa como dos cintas. Giraba la cabeza despacio, mirando algo que ellos no veían. Después abrió las alas, saltó al aire, atrapó un insecto, y volvió a la caña, exacto, al mismo lugar.

Yamila no dibujó. No escribió. Tenía la libreta cerrada sobre las rodillas y la boca apenas abierta.

Anselmo dejó de remar. La canoa siguió un metro más por la inercia y se detuvo contra los juncos con un golpecito suave. Sacó el termo, cebó un mate, y lo sostuvo en el aire sin tomarlo, para no hacer ruido con la bombilla.

—Es ese —susurró ella.

—Es ese.

—¿Cuántas veces lo viste?

—Mil. Pero hoy cuenta como una nueva.

El sol terminó de salir. El pájaro se quedó un rato más, brillando en la punta de la caña, y después se fue hacia el este sin apuro, como alguien que ya hizo lo que tenía que hacer.

Yamila abrió la libreta. Tachó el renglón. Debajo, con letra apretada, escribió: “Con mi abuelo, en canoa, sin motor”. Anselmo vio la frase de reojo y se hizo el distraído, pero cuando bajó el mate lo tenía frío, y se lo tomó igual.

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