A las siete y cuarenta del domingo 1 de noviembre, Tamara Quiroga subió a la torre del puesto con la llave del candado entre los dientes y los dos mástiles todavía vacíos. Abajo, la arena estaba oscura de humedad y salpicada de algas pegadas como pelo. Había llovido de madrugada y el viento del sur seguía empujando el mar contra la costa, en filas de espuma sucia que rompían lejos y volvían a romper más cerca.
Tenía veintitrés años y era su primera temporada entera en Playa Grande. El operativo arrancaba ese día en todo el frente costero, de ocho a veinte, y a ella le había tocado abrir. En la mochila llevaba el termo, dos mandarinas y el silbato que usaba su padre, con la cuerda cambiada.
Los trapos estaban en el cajón de abajo del banco, doblados como los había dejado en marzo. Celeste, amarilla y negra, roja y negra. Su padre, treinta años de guardavidas en La Perla, le había dicho una sola cosa antes de que rindiera el examen: «La primera bandera del año es la que más se mira. Ahí la gente decide si te cree o no».
Se sentó con los binoculares y no tocó ningún trapo. Miró veinte minutos. Las olas venían en series de cuatro o cinco, con un respiro entre una y otra. Entre la rompiente y la orilla, a unos cuarenta metros de la escollera, había una franja de agua más lisa y más oscura, como una calle. Todo lo que el mar traía por un lado se iba por ahí. Un cartón de leche pasó rápido, derecho, sin dar vueltas. Esa calle era lo que importaba.
A las nueve llegaron las primeras carpas armadas y, con ellas, Néstor, el concesionario del balneario, con un café en cada mano. Le dejó uno en la baranda de la torre.
—Buen día, Tami. ¿Qué bandera ponemos?
—Todavía no puse ninguna.
—Qué raro, con este sol. —Miró el cielo, que se había abierto del todo—. Hoy es el primer domingo con todo habilitado. Tengo doscientas reservas. Subí la celeste y listo.
—Hay una correntada al lado de la escollera.
—Hay una correntada todos los años.
—Esta es nueva. Se abrió con la lluvia. Mirá el color del agua, ahí, donde no rompe.
Néstor miró. Tardó en ver lo que ella veía, y después ya no pudo dejar de verlo, que es lo que le pasa a todo el mundo cuando alguien le señala una correntada.
—La gente mira la bandera y mira el mar —dijo—. Si ven la amarilla, piensan que está feo y se van a la pileta.
—Si ven la celeste y se mete uno, el que lo saca soy yo.
—Es una forma de decirlo.
—Es la forma.
Néstor se tomó su café en silencio. Después bajó los escalones de la torre con mucho cuidado, como si estuvieran flojos, y no volvió a mencionar el tema.
Tamara abrió el cajón y sacó la amarilla y negra. Todavía tenía el olor del depósito, a lona y a naftalina. La ató al cabo, la izó y esperó a que el viento la abriera. Cuando se estiró del todo, bajo un cielo azul y limpio, le pareció una exageración. Lo supo por las caras que se dieron vuelta a mirarla.
A media mañana, un hombre con la camiseta de Aldosivi se acercó a la torre con un chico de seis años en brazos.
—¿Está malo el mar? Mire cómo brilla.
—Se puede entrar, pero ahí no. —Señaló con el brazo hacia la escollera—. Y no más arriba de la rodilla. Mejor acá enfrente, que está el puesto.
—Ah. ¿Y por qué ahí no?
—Porque ahí el agua se va para afuera.
El hombre dijo «ah» otra vez, ahora distinto, y llevó al chico hacia el lado del puesto. Se quedaron en la orilla, con el agua a los tobillos, a salvo y levemente fastidiados.
A las doce, en la zona de Biología, unos pibes en traje de neopreno remaban hacia afuera con tablas cortas, y un lobo marino sacó la cabeza entre dos de ellos, curioso, como hacen. Alguien gritó. Tamara se paró y pitó una sola vez, larga. Los pibes giraron, se vieron entre ellos y se rieron, y el lobo se hundió sin apuro. Ninguno se acercó a la calle de agua oscura. Ni siquiera los surfistas, que son los que mejor la leen.
A las dos de la tarde, un nene de doce años pasó corriendo por la orilla, directo hacia la escollera, detrás de una pelota de plástico que se le había ido. Tamara bajó los escalones de a tres. No necesitó el torpedo. Lo agarró de la capucha del buzo a diez metros de la correntada, lo dio vuelta y lo devolvió a la arena. La pelota quedó trabada en la espuma, y el chico estaba más asustado de ella que del mar.
—Perdón —dijo.
—No pasa nada. Pero esa parte no se pisa.
A la tarde el viento aflojó. A las seis, el agua de la calle ya no se distinguía tanto, pero seguía ahí, más sutil, como un camino que nadie barre. La gente fue juntando las cosas. Néstor pasó por abajo de la torre, la miró, miró el trapo amarillo y negro, y levantó dos dedos hacia la frente, un saludo mínimo con el que ya había dicho todo.
A las ocho en punto Tamara bajó la bandera. La lona estaba pesada de humedad y de sal. No la dobló. La colgó del barral de la torre para que se secara con el viento de la noche y estuviera lista a la mañana.
El celular vibró en el bolsillo de la mochila. Era su padre, un mensaje sin saludo, como siempre.
«¿Cuál subiste?»
Ella miró el trapo que se movía despacio, medio abierto, contra el último color del cielo.
«La que era», escribió.
Leave a Reply