El turno de las nueve en Allen

A las nueve menos diez de la noche, Edelmira Sosa ya estaba parada en la compuerta de su chacra, en Allen, con las botas de goma puestas y la linterna apagada para no gastar pilas. Había pedido el agua para las nueve. En el Alto Valle el riego tiene turno, y el turno no se discute: son tres horas, y si las perdés esperás la vuelta, que a veces es una semana.

Tenía setenta y un años y una sola cuadra de perales Williams que todavía daba fruta. El resto de la chacra lo había vendido para loteo hacía dos años, después del velorio de Anselmo, y ahora donde antes había manzanos había casas con rejas blancas y un cartel que decía Barrio Los Aromos. De los aromos no quedaba ninguno. Los álamos de la cortina, esos sí, seguían: los habían dejado en el límite porque nadie se animaba a talarlos.

El viento del oeste movía las copas con un ruido de papel. Edelmira escuchó, debajo, el otro ruido, el que esperaba: el canal comunero entrando con su respiración ancha, a unos doscientos metros. Después, nada. Esperó un minuto más. Nada.

—Se cortó —dijo en voz alta, y se sintió ridícula hablándole a la compuerta.

Caminó por el costado de la acequia con la linterna ya prendida. La fruta de noviembre era todavía del tamaño de una nuez y los perales, recién raleados, parecían menos cargados de lo que estaban. Le dolía la rodilla derecha. Contó los pasos hasta la hijuela, como hacía Anselmo, y a los ciento cuarenta se topó con la alambrada nueva.

Era una reja de las del barrio, con puntas, atravesada justo donde la hijuela cruzaba el terreno que ahora era de otros. Atrás, un tubo de cemento medio enterrado, con un tapón de chapa. Alguien había decidido que ese zanjón era un desagüe pluvial y lo había cerrado para que no entrara barro al fondo de las casas.

Edelmira se agarró de la reja con las dos manos. Tenía olor a pintura fresca.

—¿Señora? —dijo una voz.

En la vereda del barrio, del otro lado, había un chico en bicicleta con una linterna de frente. Doce años, quizás trece. Tenía puesta una remera de Cipolletti y los auriculares colgando del cuello.

—¿Está buscando algo?

—El agua —dijo ella—. Tengo turno a las nueve y me la taparon.

El chico miró el reloj del celular. Eran las nueve y cuatro.

—Mi papá dice que eso es un desagüe.

—Tu papá no vive acá desde hace mucho. Eso es la hijuela. Por ahí le llega el agua a seiscientos perales, a los míos y a los de don Bruno, que está más abajo. Si no pasa el agua esta noche, la fruta no llega a enero.

—¿Y cuánto falta para enero?

—Dos meses y pico. Pero se decide ahora.

El chico se bajó de la bici y se quedó un rato callado, mirando la reja como si fuera un problema de matemática.

—No tengo la llave del candado —dijo.

—No hace falta la llave. —Edelmira le señaló el tapón de chapa, en el suelo, del otro lado—. Eso sale con las manos. Lo tendría que sacar yo, pero con la reja en el medio no llego, y a mí la rodilla no me da para trepar.

—Eso es meterse en un terreno.

—Eso es un zanjón. Mirá.

Le pasó la linterna por entre los barrotes. El chico la atajó mal, la levantó del pasto y alumbró el tubo. Se agachó. Tiró de la chapa. No salió. Tiró de nuevo, y esta vez algo cedió con un sonido húmedo de barro seco que se despega.

Entonces se oyó el agua.

Primero fue un gorgoteo, después una cinta oscura que pasó por debajo de la reja y encontró el cauce viejo de la hijuela, ese que Anselmo había rastrillado cada otoño durante cuarenta años. El agua avanzó despacio por la tierra dura, probando el terreno, y después más rápido, empujada por todo el peso del canal que venía atrás.

—Ay, mirá vos —dijo el chico, con la voz algo rota—. Va.

—Va —dijo Edelmira.

Se quedaron los dos mirando cómo el agua alumbraba el borde de las hojas. Venía con olor a barro y a hierro, a río de montaña derretido, un olor que ella habría reconocido con los ojos cerrados en cualquier parte del mundo.

Desde una de las casas se prendió una luz y una mujer asomó a la puerta.

—¡Tomás! ¿Qué hacés ahí?

—¡Nada, má! ¡Estoy ayudando a la señora!

La mujer bajó los escalones con el cuerpo duro de quien ya está enojada, pero a mitad de camino vio el agua. Se detuvo. No dijo nada. Edelmira esperó la pelea, que no llegó. La mujer solamente miró la cinta oscura que cruzaba el fondo de su lote.

—Mañana vamos a hablar con el consorcio —dijo al final, a nadie en particular.

—Hablen —dijo Edelmira—. Yo ya hablé, pero a mí no me escuchan. A ustedes sí.

Volvió caminando hacia su cuadra con el agua al costado, a su paso, como un perro viejo que la acompañaba. En la compuerta levantó el tablón y el riego entró entre las hileras. Apagó la linterna.

A las diez, con el turno a la mitad, el chico llegó en la bicicleta por el camino de tierra con un termo y dos mates. Se sentó en el borde del canal sin preguntar. Edelmira lo llevó hasta un peral y le mostró dónde se hundía el agua primero.

—Eso es lo que hay que mirar —le dijo—. Si el agua llega al pie y se queda quieta, está bien. Si se escapa, es que hay un hueco.

Tomás asintió. En el fondo, contra el cielo, las copas de los álamos hacían su ruido de papel. El agua seguía entrando, y a Edelmira, por primera vez en dos años, le pareció que el turno le alcanzaba.

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