El crujido de la hoja en Oberá

Wenceslao Petrenko le sacó la tijera de podar de las manos al nieto y se la devolvió al revés, con el mango para adelante.

—Así. Si la agarrás por la hoja, la planta se da cuenta.

—Las plantas no se dan cuenta de nada, abuelo.

—Esta sí.

Eran las siete de la mañana de un enero pesado, en un yerbal de las afueras de Oberá, y el calor ya se pegaba a la espalda como una camisa mojada. Era zafriña, la cosecha chica del verano, la que se hace cuando falta yerba y sobran deudas. Wenceslao tenía setenta y un años, las rodillas gastadas y un sombrero de paja que alguna vez fue blanco. Hacía once años que no tarefeaba. Esa mañana había aparecido en el camino de tierra colorada, detrás del camión del contratista, con el termo bajo el brazo, y nadie se animó a decirle que no.

Joaquín, su nieto, tenía dieciséis años y las manos blandas de quien pasa el día con el celular. Lo habían anotado en la cuadrilla porque el padre estaba sin changas y la plata no alcanzaba para la cuota de la moto. Cuatro días llevaba, y cuatro días había vuelto a la casa con los dedos llenos de ampollas y un promedio de cuarenta kilos por jornada. Los otros pasaban los noventa.

—Mirá —dijo Wenceslao, y se metió bajo la planta.

Cortó una rama gruesa con el serrucho, dos pasadas secas, y la apoyó sobre la ponchada, que era una tela de arpillera tendida en el suelo. Después se agachó con un quejido y empezó a quebrar. Las manos le trabajaban solas: separaba las hojas de los cambitos, esos tallos duros que se tiran, y las hojas iban cayendo sobre la tela con un crujido corto, seco, como papel de seda arrugado.

—¿Escuchás?

—Escucho que me duele la espalda.

—Escuchá el crujido. Si suena a hoja, está bien. Si suena a palo, estás llevando peso al pedo y te pagan lo mismo que cobrás, pero te cansás el doble. —Alzó una rama y la dobló entre los dedos—. Tiene que quebrar limpio. Si se dobla, es cambito. Si saltan, es hoja.

Joaquín probó. Se dobló. Probó de nuevo. Saltó.

—Eso —dijo Wenceslao, sin mirarlo, para no avergonzarlo.

Trabajaron hasta que el sol quedó alto y los mosquitos cambiaron de turno con las moscas. A un costado, los demás de la cuadrilla se movían entre las plantas con una prisa tranquila, sin hablar. Una mujer que le decían la Mona cantaba bajito una polca paraguaya. Cada tanto se oía el golpe seco de un raído cayendo en el suelo del camino.

A las once, Wenceslao se sentó en un tocón y se tomó el pulso con dos dedos en el cuello, disimulando. Joaquín lo vio.

—Abuelo, volvete a casa. Yo me arreglo.

—No me voy a ningún lado.

—¿Para qué viniste, entonces?

El viejo tardó en contestar. Destapó el termo, cebó un mate y se lo pasó. El agua estaba tibia y la yerba tenía el gusto ahumado del secadero, ese sabor que Joaquín conocía desde chico sin saber de dónde venía.

—Porque tu padre dice que vos no servís para esto —dijo por fin—. Y yo digo que sí. Y los dos no podemos tener razón.

—¿Y vos qué sabés?

—Sé que a los dieciséis yo pesaba cuarenta kilos por día, igual que vos. Y a los dieciocho, noventa. Nadie nace con el crujido en los dedos.

Se quedaron callados. En algún lugar de la ladera un tractor tosía. Joaquín se miró las ampollas, abiertas y rojas, y después miró la planta que tenía enfrente, que le llegaba al pecho, cargada de hojas lustrosas.

—Enseñame lo del nudo —dijo.

El resto de la mañana fue de otro tipo. Wenceslao ya no corregía; solo estaba ahí, sentado en el tocón o apoyado en un poste, con el sombrero sobre los ojos. Joaquín cortaba, quebraba, escuchaba. Alguna vez se equivocaba y tiraba hoja buena junto con el cambito, y se mordía el labio, y seguía. Hacia el mediodía ya no miraba la tela: miraba la planta, y las manos hacían lo suyo.

Cuando la ponchada estuvo colmada, la hojarasca verde le llegaba a las rodillas. Joaquín juntó las cuatro puntas de la arpillera con las dos manos y no supo cómo seguir.

—Cruzá las de adelante —dijo Wenceslao desde el poste—. Ahora las de atrás por encima. Tirá fuerte. Más.

El nudo quedó torcido, feo, pero aguantó. Joaquín se agachó, pasó el hombro por debajo del bulto y empujó con las piernas. Le tembló todo el cuerpo. Se levantó con un gruñido, el raído sobre la espalda, el olor a hoja verde y a savia metido en la nariz, y dio tres pasos hasta el camino.

La balanza de pilón colgaba de una rama del camión. El capataz, un hombre flaco con una libreta de tapas rotas, enganchó el bulto y miró la aguja.

—Noventa y dos —dijo, y anotó.

Joaquín no dijo nada. Giró la cabeza buscando al abuelo.

Wenceslao seguía sentado en el tocón, con el mate en una mano. No había oído, o fingía no haber oído. Tenía los ojos cerrados y la cara vuelta hacia el sol, y en la otra mano, sin darse cuenta, abría y cerraba los dedos, quebrando hojas que ya no estaban.

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