A las cuatro de la tarde el cielo sobre San Martín tenía el color de un moretón viejo, y Eladio Guzmán supo que le tocaba trabajar.
Estaba en la galería del puesto de lanzamiento, con el mate lavado en la mano y la radio prendida sobre el cajón de herramientas. Era febrero de 1991, faltaban dos semanas para que arrancara la cosecha de la uva criolla, y hacía seis años que Eladio vigilaba el oeste desde ese potrero de tierra pelada, entre una acequia y un álamo que le hacía de sombra al Fiat 600 de su hermano. Los cohetes dormían en el cobertizo, apilados como caños de estufa. Los rusos los habían mandado con instrucciones en un castellano torcido que Eladio todavía guardaba en un cajón, doblado en cuatro.
La radio carraspeó.
—Puesto cuatro, puesto cuatro. Radar San Martín. Tenemos eco nuevo al sudoeste, creciendo rápido. Prepare.
—Puesto cuatro, enterado —dijo Eladio, y dejó el mate.
Del otro lado de la acequia, Pura Quiroga levantaba la vista desde su parral. Tenía setenta y un años, un pañuelo celeste en la cabeza y siete hectáreas de criolla que su marido había plantado cuando Perón todavía era un nombre prohibido. Eladio la conocía desde siempre. También sabía que Pura no había pagado la tasa antigranizo en tres años, porque decía que a ella nunca le había pegado una piedra y que no iba a pagar por una tormenta que no existía. Esa tarde el sudoeste le pareció a Eladio una respuesta bastante clara.
—¿Qué dice la radio? —gritó ella, con las manos en la cintura.
—Que se viene, doña Pura —dijo él, y no hizo falta más.
Pura miró el cielo y no contestó. Sacó del bolsillo del delantal un cuchillito de podar y se quedó dándole vueltas, como si pudiera cortar algo con él.
Eladio abrió el cobertizo. Olía a metal frío y a aceite. Sacó el primer cohete con las dos manos, lo apoyó en la rampa y le ajustó el ángulo con la manivela que la humedad había dejado dura. Hacía cinco años que le habían dicho que su trabajo era “contribuir a la modificación artificial del tiempo”, y todavía no le había encontrado la gracia a la frase. Él lo explicaba de otra manera: tiraba piedras al aire para que el aire no las tirara a ellos.
—Puesto cuatro, autorizado a lanzar —dijo la radio—. Una cada treinta segundos. Hasta que le digamos.
El primer disparo le sacudió el pecho. Una línea blanca subió torcida hacia el nubarrón, y detrás quedó un olor a pólvora que se mezcló con el olor a tierra mojada que ya venía desde lejos. Después el segundo. Después el tercero. Eladio contaba en voz baja, igual que en la escuela, y entre uno y otro miraba hacia el parral.
Pura ya no estaba afuera. La buscó con los ojos. La vio por fin al fondo, cerca de los postes, ocupada en algo que no entendía. Estaba atando.
—¿Qué hace? —murmuró.
Llevaba un rollo de rafia al hombro y sujetaba los racimos más bajos con un nudo corto, de a uno, como si cada uno necesitara su propia promesa. Era un trabajo de una semana. Lo hacía en diez minutos, apurada, con las manos manchadas de verde.
—Cuarto, cuarto, cuarto —dijo Eladio, y largó el sexto cohete.
El viento cambió de golpe. Se acostó el álamo, se levantó la tierra, y la acequia empezó a llevar hojas como si corriera hacia otro lado. El cielo del oeste se puso de un negro con bordes amarillentos, el color que Eladio conocía mejor que el de sus propias manos. Cayeron las primeras gotas, gordas, separadas, golpeando el polvo con ruido de monedas.
—Puesto cuatro, siga —dijo la radio, y por primera vez la voz del operador sonó cansada—. Todavía está activa.
Siguió. El séptimo, el octavo. El noveno se trabó un segundo en la rampa y Eladio lo empujó con la palma, quemándose, hasta que salió. Gritó una puteada que no escuchó nadie. Después, el silencio entre disparos se llenó de otro sonido, uno seco, como arroz tirado sobre una chapa.
Era granizo.
Primero chico, del tamaño de un grano de pimienta, rebotando en la tierra y en el techo del cobertizo. Después una piedra del tamaño de una arveja le pegó a Eladio en el hombro. Se cubrió con el brazo y siguió cargando.
—¡Doña Pura! —gritó—. ¡Métase en la casa!
No lo oyó, o no quiso. La vio agachada bajo la parra, con el pañuelo celeste convertido en una mancha pequeña en medio del verde, y a su alrededor las hojas saltando como si alguien las estuviera picando desde arriba. Eladio disparó el último cohete que quedaba en el cajón. Después se quedó mirando el cielo con las manos vacías, que era lo único que no sabía hacer.
La tormenta duró once minutos. Él los contó.
Cuando paró, el aire quedó limpio y frío, y en el piso había una alfombra de hielo blanco que se derretía despacio. Un perro ladró a lo lejos. El álamo goteaba. Eladio cruzó la acequia saltando sobre la tablita, con el hombro hinchado, y entró al parral con miedo de lo que iba a ver.
Las hojas estaban rotas. Muchas. Los sarmientos de arriba, deshechos. Pero abajo, en la altura donde Pura había atado, colgaban los racimos intactos, con las uvas brillantes como si las hubieran lavado. Y dos o tres hileras más allá, donde no había llegado la rafia, la fruta estaba golpeada, manchada de morado.
Pura estaba sentada en un cajón de cosecha, empapada, con el cuchillito todavía en la mano.
—Mirá —dijo, sin darse vuelta—. Mirá lo que se salvó.
—Se salvó lo que usted ató.
—Se salvó lo que vos tiraste, Eladio. Yo ataba lo de abajo nomás. El granizo vino chico. Yo sé lo que es el granizo grande.
Él no contestó. No sabía cuál de las dos cosas era la verdadera, y le pareció que ninguna de las dos le hacía falta. Se sentó en otro cajón, a su lado, y los dos miraron el parral roto un rato largo. El sol salió por debajo de la nube, bajo y anaranjado, y todo el hielo del suelo se prendió como si alguien hubiera encendido mil velas chiquitas.
—El mes que viene voy a pagar la tasa —dijo Pura al fin, medio de mala gana.
Eladio sonrió. Se puso de pie con dificultad, se sacudió el barro de las rodillas, y antes de volver al puesto agarró del suelo una piedra de granizo que todavía no se había derretido. Era del tamaño de un garbanzo, con un centro opaco y un borde claro, como una cebolla de hielo. La sostuvo en la palma hasta que se hizo agua.
Esa noche anotó en el cuaderno del puesto, con letra torcida: “Nueve cohetes. Once minutos. Pura Quiroga, siete hectáreas, tres hileras dañadas”. Después se sentó en la galería, abrió el cajón y sacó las instrucciones rusas, dobladas en cuatro. Las alisó contra la rodilla. Debajo de la última línea, donde decía “Registre los resultados de cada operación”, escribió con lápiz una frase que nadie le había pedido:
“El resto lo hizo la señora.”
Leave a Reply