Beba Lencina tenía diez años y una moneda atada en la punta del pañuelo, y ya llevaba tres cuadras repitiendo para adentro lo que le iba a decir al hombre de la barquilla.
—Caminá derecha, que te van a ver —dijo la abuela, sin darse vuelta. Llevaba contra el pecho un paquete de papel madera atado con hilo sisal, y lo agarraba como si adentro hubiera un pájaro.
Era un sábado de 1960, a la tardecita, y la isla Maciel olía a brea, a fritura y a río. Desde la calle se veía el puente, enorme, de hierro negro, con las dos torres paradas a cada lado del Riachuelo y la viga larga arriba, y colgando de la viga, quieta, la barquilla.
Todo el mundo en la isla sabía que al transbordador le quedaba poco. Desde que habían abierto el otro puente, el de las rampas, casi nadie lo usaba. Antes, contaba la abuela, a las seis de la mañana se hacía cola hasta la esquina: obreros de los frigoríficos, de los astilleros, de las fábricas de La Boca, todos con el tarro del almuerzo. Ahora la barquilla iba medio vacía, y el viejo Godoy, el que la manejaba, se pasaba las horas sentado en un cajón con la gorra sobre las rodillas.
—Buenas tardes, don Godoy —dijo la abuela.
—Doña Ramona. ¿Cruzamos?
—Cruzamos. Con la nena.
Beba dio un paso y estiró el pañuelo. Había ensayado la frase, pero le salió otra.
—Yo pago mi pasaje. Con mi plata.
Godoy la miró de arriba abajo, serio, y después miró la moneda como si fuera un billete de los grandes.
—Es lo correcto —dijo—. Que pague la señorita.
La barquilla era una plataforma de chapa con una baranda baja y un techito, colgada de unos cables gruesos, y cuando subieron crujió y se movió apenas, como un colectivo que arranca. Beba se agarró de la baranda. Abajo, entre las tablas, se veía el agua marrón, con manchas de aceite que hacían colores.
—No mires para abajo —dijo la abuela.
—Todavía no estamos en el aire.
—Justamente.
Godoy tiró de una palanca. Hubo un golpe sordo, un tirón, y la orilla empezó a irse hacia atrás, despacio. No hacía ruido de motor sino un ronroneo largo de rueda y cable, y de repente estaban a mitad de camino, colgados sobre el río, con una lancha cargada de arena que pasaba por debajo y un gallo de veleta en un techo, mucho más lejos de lo que Beba alcanzaba a entender.
Se le fue el miedo. Le quedó la cara de asombro.
—Se ve el Dock Sud —dijo—. Se ve toda la costanera. Abuela, se ve la cancha.
—Eso no es la cancha, es un tanque de agua.
—Parece la cancha.
La abuela no contestó. Apretaba el paquete y miraba hacia La Boca, donde empezaban a prenderse las luces de las casas de chapa pintadas de azul, de verde y de rojo, con la pintura sobrante de los barcos.
—¿Qué hay en el paquete? —se animó Beba.
—Una camisa.
—¿Para quién?
—Para un señor que se la encargó a tu tía antes de que se fuera a Rosario. La planchó ella, la dejó lista, y no pudo entregarla. Así que la entrego yo.
—¿Y tenemos que ir hasta La Boca por una camisa?
—Un trabajo es un trabajo —dijo la abuela—. Si dijiste que lo hacías, lo hacés. Aunque sea el último.
Godoy, desde la palanca, hizo como que no escuchaba.
Llegaron a la otra orilla con un golpecito suave. Beba, que había esperado algo más grande, se sintió estafada y feliz a la vez. Bajaron por la avenida Almirante Brown, entre un cartonero con su carro y dos pibes que pateaban una pelota de trapo, y la abuela buscó una dirección en un papelito y tocó el timbre de una casa baja, con rejas verdes. Salió un hombre en camiseta, con un diario doblado bajo el brazo, que agarró el paquete, lo desató, sacó la camisa blanca y la miró a contraluz.
—Impecable —dijo—. ¿Cuánto es?
—Ya está pagado —dijo la abuela—. Lo dejó pago, señor.
—Entonces tome esto por las molestias.
Le puso en la mano de Beba una moneda más grande que la que ella había llevado. Beba la apretó. Pensó que le iba a durar toda la vida.
Volvieron hacia el río. Ya era de noche. La barquilla esperaba en la orilla de La Boca, con una lamparita prendida, y don Godoy sentado en el cajón.
—¿Una vuelta más? —preguntó.
—La última del día —dijo la abuela, y subió.
Esta vez Beba no se agarró de la baranda. Se paró en el medio, con los pies separados, como había visto hacer a los marineros, y cuando la plataforma empezó a deslizarse, se puso a mirar la isla desde arriba: los techos de chapa, las lucecitas, la panadería con la puerta abierta, el humo de una parrilla, un perro flaco en el medio de la calle.
—Don Godoy —dijo—. ¿Y cuando cierren, usted qué va a hacer?
El viejo tardó en contestar. La barquilla seguía su camino, despacio, con el agua negra abajo y las estrellas pocas de la ciudad arriba.
—Voy a seguir viniendo —dijo al fin—. A sentarme en el cajón. Alguien tiene que cuidar que no se lo lleven.
—¿Adónde se lo van a llevar?
—Adonde se llevan las cosas que ya no sirven.
Beba pensó en eso. Pensó en la camisa, en la tía que se había ido a Rosario, en la abuela con el paquete.
—Pero sirve —dijo—. Nosotras cruzamos.
Godoy sonrió con media boca, y no contestó. Cuando llegaron a la isla frenó la barquilla con cuidado, como quien baja a un chico dormido.
—Que pague otra vez la señorita —dijo.
Beba sacó la moneda grande, la que le habían dado en La Boca, y la apoyó en la palma áspera del hombre. Pero Godoy la devolvió, y le cerró los dedos.
—Esta guardala. La anterior alcanzaba.
Caminaron hacia la casa. Atrás, en la oscuridad, el puente quedó colgando sobre el río con su barquilla vacía, tan grande y tan quieto que parecía un edificio que alguien había dado vuelta. Beba iba a mirarlo hasta que dobló la esquina, y después, ya en la cama, siguió viéndolo con los ojos cerrados: la plataforma meciéndose despacito, el cable largo, la luz.
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