Rosario Mazzeo abrió el portón del galpón a las seis de la mañana y la lancha lo miró desde el tinglado, panza arriba sobre los tacos de madera, con la pintura amarilla descascarada como piel de lagartija. Hacía doce años que no tocaba el agua. Doce años y cinco meses, para ser exactos, que era como contaban los pescadores de Ingeniero White: con los meses incluidos.
—¿Es esa? —preguntó Julia, que tenía quince años, el termo bajo el brazo y cara de no haber dormido.
—Esa es. La Josefina. La armó tu bisabuelo en el treinta y pico, y yo le cambié las cuadernas en el setenta y ocho.
—Está llena de agujeros.
—Está llena de costuras viejas. Es distinto.
El domingo era la procesión de San Silverio, y Rosario había tomado una decisión que no le había consultado a nadie, ni a su hija, ni a la rodilla. Quería que la Josefina saliera por la ría con el santo y las flores, como en los años en que él llevaba el timón y su mujer, Lucía, iba parada en la proa con el ramo atado con una cinta. Lucía ya no estaba. La lancha sí, y a Rosario le parecía que dejarla seca era una forma de decirle que se había terminado.
Había cuatro días. Un carpintero de ribera de veinte años lo habría hecho en dos. Rosario tenía setenta y nueve y las manos con un temblor fino que aparecía cuando agarraba algo pesado y desaparecía, por algún motivo, cuando agarraba algo delicado.
—Vos vas a ser mis manos —le dijo a la nieta.
—Yo tengo fútbol el sábado.
—Y yo tengo una lancha.
Empezaron raspando. El casco soltaba escamas de pintura, y abajo asomaba la madera gris, con ese olor a sal y a humedad guardada que a Rosario le aflojaba algo en el pecho. Julia raspaba con la espátula y estornudaba. A media mañana, él le mostró el hierro de calafatear, una cuña chata con el mango gastado por tres generaciones, y la maza de madera.
—Se mete el algodón en la junta, así, de a poco, y se golpea sin apuro. No tiene que quedar ni flojo ni apretado a la fuerza. Tiene que quedar firme.
—¿Cómo sé cuándo está firme?
—Por el sonido. Probá.
Julia golpeó. El hierro devolvió un tac seco y hueco.
—Ese no.
Golpeó otra vez. Tac. Tac. Y de pronto, en una junta, el sonido cambió, se hizo más grave y redondo, un toc con cuerpo.
—Ese —dijo Rosario, y se le quebró un poco la voz—. Ese es.
Pasaron la tarde así, con el sol entrando en rayos largos por el portón y el ruido de las sirenas de los buques cerealeros que se acomodaban en el muelle. Julia aprendió a torcer la estopa entre las palmas. Aprendió a hacer una pasta con brea y a no tocarse la cara. A las cuatro empezó a ponerse buena, y a las cinco se aburrió, y a las seis volvió a engancharse porque encontró una tabla que, según ella, estaba mal puesta.
—Esa estuvo mal puesta toda la vida —admitió Rosario.
—¿Y por qué nadie la arregló?
—Porque la puso mi viejo.
El jueves y el viernes siguieron con la brea y la pintura. Rosario descubrió que lo difícil no era el trabajo sino quedarse quieto mientras otra persona lo hacía. Se mordía la lengua cuando Julia manchaba. Se sentó en un cajón de manzanas y dio indicaciones, y la nieta le contestó que parecía el director técnico de un equipo que va perdiendo.
El sábado a la mañana lo llevaron a la rampa entre tres vecinos y el tractor de un conocido de Julia. Hubo que esperar la marea. Rosario no habló, y cuando la Josefina tocó el agua de la ría, color té con leche bajo el cielo bajo, hubo un silencio largo, el de las cosas que no saben si van a flotar.
Flotó. Cabeceó un poco, como un animal que vuelve a una casa vieja y huele todo. Después, despacio, empezó a entrar agua por la unión de la quilla.
—Abuelo.
—Ya veo.
—Se hunde.
—No se hunde. Se está hinchando la madera. Es como cuando uno vuelve de vacaciones, hay que dejar que el cuerpo se acomode. Traé un balde.
No era un balde. Era una lata grande de dulce de membrillo, vacía, con la que Julia achicó durante dos horas, sentada en el fondo, mientras la madera seca bebía y se cerraba sobre sí misma. A las dos de la tarde el agua dejó de subir. A las tres, Rosario metió la mano en la sentina y la sacó seca hasta el codo, salvo un hilo finito que no era nada.
El domingo la ría amaneció con las lanchas pintadas de rojo, de amarillo y de celeste, atadas bordo con bordo frente al muelle, y con un rumor de motores que se calentaban. Había gente en la costa desde temprano, mujeres con ramos, chicos con palomas en una caja, un hombre con un acordeón. La imagen del santo bajó en andas, a paso lento, desde la parroquia de la Santa Cruz, y la subieron a una embarcación con ayuda de un guinche. Después sonaron las sirenas, todas, de lanchas, de remolcadores, de buques lejanos, un solo bramido ancho que le hizo vibrar los dientes a Rosario.
La Josefina fue la última en soltar amarras, un poco atrás, con el motor viejo que Julia había limpiado con nafta y un cepillo de dientes. Rosario iba al timón. La nieta, en la proa, con el ramo que habían comprado entre los dos y una cinta que Rosario había sacado de un cajón y no explicó.
—¿Qué hago con las flores?
—Cuando la primera lancha tire las suyas, vos tirás las tuyas. Y no mires para atrás.
—¿Por qué?
—Porque da mala suerte —mintió él. En verdad no quería que ella lo viera la cara.
Se acercaron al lugar de la ofrenda. Las flores de las primeras lanchas cayeron al agua y flotaron girando, unas con los pétalos al cielo, otras al revés. Los viejos de la costa las miraban con atención profesional, porque de eso se hablaría todo el verano. Julia levantó el ramo con las dos manos, lo soltó, y el ramo de la Josefina cayó de costado, vaciló un instante y se dio vuelta con las flores para abajo.
Julia se dio vuelta de golpe.
—Abuelo, quedó al revés.
Rosario miró el ramo, que se alejaba con la cinta flotando detrás. Miró la ría, la lancha, el hilo de agua en la sentina que ya ni siquiera era un hilo. Se rió, una risa corta, sorprendida, que no le salía hacía un año.
—Entonces este año pescamos otra cosa.
—¿Qué cosa?
—Ya veremos. Achicá, que entra agua.
Julia se agachó, agarró la lata de dulce de membrillo y empezó a achicar, riéndose también, mientras sobre sus cabezas las palomas salían de la caja y se abrían en el aire gris, y La Josefina daba la vuelta lenta por la ría con el motor tosiendo, hacia el muelle, hacia la casa, hacia la vida que le quedaba por delante.
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