Seis mulas hasta Ñuñorco

Prudencio Lazarte ató la última mula al yugo a las cuatro y media de la mañana, con el aliento haciéndole una nube delante de la cara, y le dijo al oído lo que le decía siempre: que hoy no era un día para hacerse el zonzo. La Colorada resopló. Era la más vieja de las seis y la única que entendía el castellano completo.

Afuera, en Yonopongo, todavía no había luz. Se oía el ladrido de un perro lejano y el crujido de las llantas de hierro del carro sobre la tierra helada del patio. Ese carro lo había armado su padre en el cincuenta y tantos, con ruedas casi tan altas como un hombre, y Prudencio lo había herrado, remendado y pintado de verde cada dos zafras, hasta que el verde quedó más en las uniones que en las tablas.

—¿Seguro que va a ir, tata? —preguntó Mariela desde la puerta de la cocina, con un mate en cada mano y el abrigo del marido puesto encima del camisón.

—Seguro. Alcanzame el termo.

—Mirá que el Rubén dijo que a las siete empiezan a hacer cola los camiones en la báscula. Con los acoplados y todo.

—Por eso salgo a las cinco.

Mariela le puso el mate en la mano y no insistió. Lo conocía. Era su suegro, pero hacía veinte años que hablaba más con ella que con el hijo, y sabía que cuando Prudencio miraba el carro de esa manera no se lo discutía nadie.

La carga la habían terminado el día anterior, entre él, un sobrino y dos peones que cortaban entre el rocío y el humo de la quema de la finca vecina. Eran unas diez toneladas de caña pelada y despuntada, atadas en manojos y acomodadas con una geometría que solo él entendía. Ya no quedaba ningún otro que cargara así. El año anterior, en agosto, había pasado una chica con una cámara y le había sacado fotos a las mulas durante una hora, y él, para no hacerse el desentendido, le había explicado cómo se reparte el peso para que el yugo no lastime. Ella anotaba. Después se fue y no volvió.

Salieron con el cielo apenas gris sobre los cerros. El camino de tierra hasta la ruta tenía charcos con una costra finita de hielo, que las mulas pisaban con cuidado, sacando chispas de las herraduras. Prudencio iba parado adelante, con las riendas flojas. No hacía falta tirarlas. La Colorada marcaba el paso y las otras seguían, y el carro avanzaba con ese quejido grave de la madera cargada, que a los cinco minutos ya no se escucha, como un reloj en una pieza.

Había olor a ceniza y a dulce. En agosto, en Monteros, todo huele a caña quemada y a melaza de ingenio, y el que nace ahí deja de sentirlo hasta que se va. Prudencio se había ido una sola vez, a los veintidós, a Buenos Aires, a una fábrica de Barracas. Aguantó once meses. Volvió con una valija nueva y con un olor a cuarto cerrado que tardó semanas en sacarse.

En la ruta 38 empezaron a cruzarlo los primeros camiones. Pasaban con las luces altas, a pocos metros, y el viento del acoplado le movía el sombrero. Un chofer le tocó bocina, no se sabía si en saludo o en reproche. Otro le sacó la mano por la ventanilla. Prudencio levantó el mentón, nada más.

—Tranquilas, mis reinas —dijo, cuando la mula del medio se asustó con un cambio de luces.

Llegaron a la entrada del ingenio con el sol recién asomado, naranja y bajo, detrás de las chimeneas. Ya había fila de camiones, pero eran las seis y veinte, y no tantos como temía. Se puso al final, entre un camión viejo con carrocería de madera y un tractor con tres acoplados, y esperó.

Un muchacho de campera amarilla se le acercó caminando despacio, con una planilla en la mano. Lo miró al carro, a las mulas, a él.

—Don, ¿usted va a pesar eso?

—Pa’ eso vine.

—Es que la báscula… —El muchacho se rascó la nuca—. Hace rato que no entra nada con tracción a sangre. Hay que fijarse que las ruedas apoyen bien en la plataforma.

—Las ruedas apoyan, hijo. Pesan más que las de tu camión, ya vas a ver.

El muchacho sonrió, medio avergonzado, y fue a hablar por radio. Mientras tanto Prudencio bajó, le pasó la mano a cada una de las mulas por el cuello, y le habló un rato a la Colorada, en voz baja, sobre la cuesta de Yonopongo y sobre cómo en un año o dos él ya no iba a estar en condiciones de cargar a ese ritmo, y sobre cómo ella, claro, ya llevaba más años en el yugo que cualquier peón de la zona.

Cuando le tocó el turno, la fila se había quedado en silencio de una forma rara. Dos choferes habían bajado de las cabinas y se habían apoyado contra los guardabarros con los brazos cruzados, mirando. La plataforma de la báscula, de chapa acanalada, tenía el borde gastado por décadas de ruedas. Prudencio tomó las riendas, chasqueó la lengua y dijo:

—Vamos, Colorada.

Las seis mulas avanzaron juntas. Las llantas de hierro sonaron sobre la chapa como una campana grande y sorda, y el carro entró en la báscula con su carga, y se detuvo. Sobre la ventanilla de la garita, el número verde parpadeó y se quedó quieto.

La mujer de la ventanilla, con un chaleco de lana sobre el uniforme, asomó la cabeza y leyó en voz alta, para nadie y para todos:

—Diez mil cuatrocientos ochenta.

—Falta el barro —dijo Prudencio—. Pero pasable.

Alguien se rio desde la fila. Después alguien aplaudió, flojito, y se sumaron otros dos, y Prudencio hizo como que no escuchaba y le acomodó la correa a la mula de la derecha.

La mujer le pasó el ticket por la ventanilla, un papelito azul con el peso, la fecha y la hora, y Prudencio lo leyó con los ojos entrecerrados antes de guardarlo en el bolsillo de la camisa, junto al pecho. Lo había hecho cuarenta zafras seguidas. Era siempre el mismo papel, y nunca era el mismo.

Volvió a subirse al carro. Detrás de él, el ingenio empezó a largar su vapor blanco hacia el cielo limpio, y las mulas, que ya sabían que se terminaba el trabajo, tiraron hacia la salida sin que él les dijera nada. En la ruta, el primer sol le dio de lleno en la cara. Se tocó el bolsillo, donde el ticket hacía un poco de bulto, y pensó que a Mariela le iba a gustar verlo, aunque jamás se lo fuera a decir.

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