Baltasar Oyarzo le dio vuelta a la llave del depósito de la locomotora con la mano izquierda, porque la derecha la tenía ocupada con el termo, y el frío de Ushuaia le entró por la manga antes de que terminara de abrir. Era una mañana de julio de 1951, oscura todavía a las ocho, con la bahía del color del plomo y el Monte Susana tapado de nubes hasta la cintura.
La máquina lo esperaba en el galpón, negra y chica, como un perro que sabe que lo van a sacar. Quedaba una sola en servicio. Las otras se habían ido oxidando de a una desde que habían cerrado el presidio, y el trencito de trocha angosta, el que había llevado presos al bosque durante casi cuarenta años, ahora llevaba leña para los aserraderos cuando le daba el cuero.
—¿Hoy sí sube, don Baltasar? —preguntó el muchacho que le ayudaba a encender, un pibe flaco de apellido Gómez que se había ofrecido de foguista para no estar en la casa.
—Hoy sube. Echá carbón.
Lo que no le dijo es que ese viaje no figuraba en ninguna planilla. La orden era traer un cargamento de troncos de lenga del lado del río Pipo, pero Baltasar tenía en la cabeza otro encargo, uno chico, de esos que uno se hace solo. En la escuela número 18, la de la calle Maipú, la maestra había escrito en el pizarrón, con su letra redonda, que los alumnos tenían que traer un leño cada uno porque la salamandra se había quedado sin reserva y las nevadas de julio no avisaban. Él había leído el pizarrón desde la puerta, porque su nieta Elvira iba a segundo grado y se la quedaba esperando en la vereda. Elvira le había contado en voz baja que no tenían leña en la casa para mandarle, que la mamá cobraba el jueves.
—Una carga de lenga seca alcanza para todo el invierno —pensó Baltasar, y no lo dijo.
Salieron con el resuello de la caldera empañando el vidrio. El tren fue costeando la bahía, entre casas de chapa pintadas de verde y de rojo desteñido, con los techos ya blancos de escarcha. Un hombre que tiraba de un caballo levantó la mano. Después empezaron las pendientes suaves, el bosque de ñires con las ramas peladas, y el olor cambió: dejó de ser sal y se volvió resina y barro frío.
Cerca del Pipo, Baltasar frenó. Bajó, se metió entre los troncos caídos y los fue mirando uno por uno, con la mano abierta sobre la corteza, como quien toma el pulso. Había aprendido ese oficio de un recluso, un tal Cabral, que cortaba leña en el invierno del treinta y pico y le había dicho una cosa que no se le olvidó: la madera que suena a hueso está lista, la que suena a esponja todavía llora.
—Esta no, esta tampoco —murmuraba, golpeando con los nudillos.
—¿Y cómo sabe? —preguntó Gómez, que lo había seguido con el hacha.
—Por el sonido. Probá.
El pibe golpeó un tronco. Sonó apagado, pesado, sin vida.
—Ese llora.
—Ese llora —confirmó Baltasar, y siguió.
Encontraron una tala vieja, de la época del penal, con los troncos ya sin agua, apilados bajo una lona podrida. Cargaron durante tres horas. Dos veces tuvieron que parar para soplarse las manos. A las once empezó a caer una nieve fina, de la que se pega a las pestañas, y Baltasar miró el cielo y calculó que si se demoraban una hora más, la vía iba a quedar blanca y las ruedas no iban a agarrar.
—Vamos —dijo.
La vuelta fue más lenta. La máquina resoplaba cuesta abajo con el peso de la leña, y los vagones planos crujían en las uniones. En la curva del arroyo se les atravesó un caballo suelto, y Baltasar tuvo que tirar de la palanca con las dos manos, y el tren patinó, soltó un chillido largo de hierro contra hierro, y se detuvo a un metro del animal, que ni se inmutó.
—¿Usted ya la dejó andando muchas veces así? —preguntó Gómez, con la cara blanca.
—Cuarenta años. Y todavía no pasó nada.
—Todavía.
—Todavía —repitió Baltasar, y se rió, y después le tembló un poco la mano en la palanca y no se rió más.
Cuando entraron al pueblo ya eran las dos de la tarde y la nieve cubría los techos de chapa como una sábana. No pasó por el aserradero. Dobló antes, por la calle de abajo, y detuvo la máquina todo lo cerca de la escuela que la vía permitía, que era a tres cuadras. Bajó el primer tronco, se lo cargó al hombro y empezó a caminar.
Gómez lo miró un segundo, escupió en la nieve y bajó otro.
En la puerta de la escuela los esperaba la maestra, con el chal de lana cruzado sobre el pecho y una cara de no entender. Detrás de ella, apretados en la entrada, había una docena de chicos con las narices coloradas, y entre ellos Elvira, que lo vio llegar con el tronco al hombro y no dijo nada, pero abrió los ojos de una manera que Baltasar iba a recordar hasta el último día.
—Es leña seca —dijo él, sin saber qué más decir—. Lenga. No larga humo.
—Don Oyarzo, la escuela no tiene con qué pagarle esto.
—Se lo debo a un tal Cabral. Después le explico.
Hicieron falta once viajes entre los dos. Los chicos ayudaron con los leños chicos, solemnes, uno por uno, y los fueron apilando contra la pared del patio, bajo el alero, hasta que la pila les llegó a la cintura. La maestra prendió la salamandra a las cuatro. Baltasar se quedó un rato en el umbral, con las manos extendidas hacia el calor y los dedos todavía duros, mirando cómo el fuego agarraba la lenga y la hacía chasquear, un sonido seco y limpio, sin llanto.
Esa noche sonó el pito de la máquina desde el galpón, un silbido corto, y en la escuela número 18 una chica de segundo grado levantó la cabeza de su cuaderno, en la cocina de su casa, y sonrió porque sabía de quién era.
Al año siguiente el servicio se cerró y la locomotora quedó sin dueño en el galpón. Pero la pila de leña de la calle Maipú duró todo ese invierno, y todavía cuarenta años después, cuando la salamandra ya era un adorno y Elvira tenía el pelo blanco, alguien en la escuela señalaba la pared del patio y decía que ahí, justo ahí, una vez había llegado un tren.
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