La red de Carmela en Puerto Piojo

Carmela Vitelli clavó el gancho de la red en el poste de la vereda y tiró hasta que la malla se estiró como una piel. Eran las siete de la mañana en Ingeniero White, la calle Torres brillaba de humedad y desde las cerealeras llegaba el olor dulzón del grano, mezclado con el yodo del estuario. Ella tenía setenta y nueve años, una lanzadera de madera gastada en el hueco de la mano y un banquito que su marido había sacado de una lancha vieja.

Hacía sesenta años que tejía redes en esa vereda. Las madres de las vecinas se las encargaban a su suegra, y la suegra, que había llegado de Ponza con una imagen de San Silverio en la valija, le enseñó el nudo de pescador sin hablar, solo con las manos de ella sobre las suyas. Ahora casi nadie encargaba nada. Las lanchas amarillas de Puerto Piojo se habían reducido a un puñado, y los chicos compraban el nailon ya armado en Bahía.

Esa mañana, sin embargo, había un pibe parado frente a ella, con las manos en los bolsillos de la campera y la cara de quien ensayó una frase en el colectivo.

―Doña Carmela. Soy Ezequiel, el nieto de Caserma. Me dijeron que usted todavía teje.

―Todavía respiro. Es parecido.

―Heredé la lancha. No es la grande, la chiquita, la que quedó en la dársena. Tiene que salir a camarón y la red que tengo está para tirar. ¿Cuánto me cobraría una nueva?

Carmela no levantó la vista. Pasó la lanzadera por un cuadro, cerró el nudo, tiró.

―¿Cuánto tenés?

Ezequiel sacó del bolsillo un puñado de billetes doblados en cuatro y los contó en voz alta. Era una cifra que alcanzaba, a lo sumo, para el hilo.

―Con eso compro el material ―dijo ella―. La mano la ponés vos.

―¿Yo?

―Vas a tejer la mitad. Si no, la red no te conoce, y una red que no te conoce se te enreda justo cuando más la necesitás.

Volvió al día siguiente a las seis y media, y al otro, y al otro. Al principio los nudos le salían flojos, de esos que se corren con el primer tirón, y Carmela los deshacía con una uña sin decir nada, hasta que él los volvía a hacer. Los vecinos pasaban rumbo a la panadería y miraban: un pibe de veintidós años sentado en la vereda, con la lengua entre los dientes, aprendiendo lo que se creía muerto. Don Rosendo, el del almacén, le gritó una vez desde la puerta que la moda de los tatuajes había terminado con los oficios. Ezequiel se rio. Carmela no.

El jueves se levantó viento sudoeste y la red, ya con el doble de largo, se infló en el poste como una vela. Ezequiel la sujetó con las dos manos.

―Mi abuelo decía que usted le tejía las redes a los de la Nueva Lucía.

―A todos. A Cerri le zurcí una que se había comido un tiburón. Tu abuelo me debía una botella de vino. ―Se acomodó el pañuelo―. Nunca me la pagó, y mirá, ahora me manda al nieto.

―¿Y por qué lo hace?

Carmela dejó la lanzadera sobre la falda. Miró hacia el final de la calle, donde se veía un pedazo de mar color chapa y el casco de un buque cerealero que no parecía moverse nunca.

―Porque cuando yo me muera, el último nudo que quede en esta vereda no va a ser el mío ―dijo―. Va a ser el tuyo. Y quiero que sea bueno.

El sábado a la tarde la red estuvo lista. Eran veinticinco metros de malla color miel, con los plomos cosidos al borde de abajo y los flotadores de corcho arriba, y Carmela la recorrió entera con las palmas abiertas, buscando alguna falla. Encontró una, en la tercera hilera desde el extremo: un nudo apurado, de Ezequiel, de la segunda mañana. Lo miró un rato largo.

―¿Lo deshago? ―preguntó el pibe.

―No. ―Pasó el pulgar por encima―. Ese lo dejamos. Es el primero.

Al domingo siguiente, a las cuatro y media de la madrugada, cuando todavía era de noche sobre la dársena y los faroles de la banquina tenían un halo húmedo, Ezequiel cargó la red en la lancha amarilla, apoyó la mano un segundo sobre el borde pintado y arrancó el motor. Carmela no bajó al muelle. Su rodilla ya no aguantaba las escaleras, y además no le gustaba despedir a nadie.

Pero se quedó despierta. A las diez y cuarto sintió el motor otra vez, a lo lejos, y salió a la vereda con el mate. La lancha entraba despacio por el canal, baja de popa, con una bandada de gaviotas dando vueltas encima como si le hubieran puesto techo. En la cubierta brillaba un montón plateado y rosado, camarones y langostinos, un domingo entero de marea arriba.

Ezequiel levantó el brazo desde el timón. En la otra mano sostenía un trozo de red mojada, el borde donde estaba el nudo flojo, y lo agitó una vez, como quien saluda con una bandera.

Carmela se sentó en el banquito, tomó la lanzadera y se puso a hacer lugar en el poste para la próxima.

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