Norberto Gallardo sacó el trapo del bolsillo trasero y le pasó un último repaso al asiento de proa, aunque nadie iba a mirarlo. Eran las seis y media de la tarde en el embarcadero de Costa Alta, en Avenida Carrasco y Fontanarrosa, y el sol bajaba detrás de la ciudad con un color de yema floja. Desde el agua subía olor a barro tibio y a gasoil. Arriba, sobre el puente a Victoria, los camiones hacían un zumbido parejo que a él ya le sonaba a silencio.
Tenía sesenta y cuatro años y una lancha de aluminio llamada La Pocha, con un Johnson de cuarenta caballos que había comprado usado cuando todavía se usaban cheques. Cruzaba gente a la isla La Invernada desde hacía veintiséis temporadas. Quince mil pesos ida y vuelta, ahora. Antes eran pesos de verdad, decía él, aunque nadie le preguntaba.
Esa tarde había un cartel nuevo clavado en la proa, escrito con fibrón sobre un cartón de pizza: SE VENDE. Lo había puesto a la mañana, y a la mañana había pensado que el que lo leyera iba a ser un extraño. No contó con Dylan.
Dylan tenía doce años y cruzaba solo todos los viernes con una heladerita de telgopor llena de empanadas que hacía su abuela en Empalme Graneros. Se las vendía a los paradores de la isla, a mil quinientos la unidad, y volvía en la última lancha con la heladera liviana. Norberto le cobraba la mitad desde el primer día y nunca se lo había dicho en voz alta.
—¿Qué es eso? —preguntó el pibe, parado en el muelle, con la heladera abrazada contra el pecho.
—Un cartel.
—Ya sé que es un cartel. ¿Por qué dice eso?
—Porque está en venta.
Dylan se quedó mirando la proa como si le hubieran cambiado el nombre a una persona. Después subió, se sentó en su lugar de siempre, con la heladera entre las rodillas, y no habló hasta que Norberto soltó la amarra y el motor tosió dos veces antes de arrancar.
—No anda tan mal —dijo por fin.
—Anda mal. Tose.
—Tose de viejo, nada más.
Norberto lo miró de reojo y no contestó. Al salir del embarcadero, la lancha tomó el canal principal, y el agua marrón se abrió delante de ellos, ancha, con los camalotes bajando en islas chicas, enredados en ramas. Un buque cerealero pasaba a lo lejos con los costados negros de óxido. Cada vez que cruzaba, Norberto sentía lo mismo: que el río no era agua sino un animal enorme que dejaba pasar a algunos.
En la isla, los paradores empezaban a prender las luces. Dylan bajó de un salto, entregó cuatro docenas de empanadas de carne cortada a cuchillo, cobró en billetes arrugados y los contó dos veces, sentado en el banco de la proa, mientras Norberto esperaba con el motor en neutro. Había una hora de espera hasta el último regreso. En esa hora los dos comían una empanada, la única que el pibe se guardaba para eso.
—¿Y quién la compra? —preguntó Dylan.
—Un hombre de Funes. Dice que la quiere para pescar.
—¿Pesca?
—Dice.
—Entonces no sabe. —El pibe se limpió los dedos en el pantalón—. Para pescar necesitás un motor que no haga ruido, y este hace ruido. Va a espantar todo.
—Eso se lo voy a decir.
—No se lo diga.
Norberto soltó una risa corta, de esas que le salían por la nariz. Mordió la empanada. Tenía mucha cebolla de verdeo, como las hacía su mujer, que había muerto en marzo de hacía cuatro años y con la que, durante veintidós, había discutido sobre si La Pocha tenía que pintarse de verde o de celeste. Ganó él, es decir, ganó el celeste, que ya estaba descascarado.
—Mire —dijo Dylan, y señaló el cielo.
Sobre el agua, a ras, pasaba una bandada de garzas blancas que iban todas hacia el mismo lado, hacia el Paraná Viejo, con las patas colgando. Detrás, el puente se había encendido. A Norberto le dolían las rodillas de estar tanto rato sentado en el cajón de combustible, y le dolía la plata que no entraba, y le dolía la lancha que le había dado de comer a tres personas durante veintiséis años y ahora le pedía una reparación que costaba lo que valía.
—Esta lancha —dijo—, va a necesitar un motor nuevo.
—¿Cuánto sale?
Norberto dijo una cifra. Dylan hizo una cuenta mental, con los ojos hacia arriba.
—Son cuatrocientas empanadas —dijo.
—Son muchas empanadas.
—Son doscientas viajes míos. O sea, cuatro años.
Se quedó un momento callado. Después agregó, sin mirarlo, que él podía cruzar también los sábados. Que su abuela hacía más si se lo pedían. Que no era para pagarle el motor, claro, que eso era una locura, pero que si la vendía ¿con quién iba a cruzar él?
—Hay otros lancheros.
—Cobran treinta.
—Yo te cobro la mitad.
—Ya sé —dijo Dylan—. Siempre supe.
El río hizo un ruido bajo contra el casco. Norberto miró el cartel de la proa, el cartón de pizza con la grasa ya traspasada, y lo despegó con cuidado, sin romperlo, como quien despega un aviso de una puerta ajena. Lo dobló en cuatro y lo guardó en el bolsillo de atrás, junto al trapo.
A las ocho menos diez volvieron. Dylan dormitaba con la mejilla sobre la heladera vacía, y Norberto manejaba despacio, sin apuro, con la mano apoyada en la caña del timón y la otra libre. El Johnson tosió una vez, en medio del canal, y los dos se quedaron esperando. Después siguió.
—Tose de viejo —dijo el pibe, sin abrir los ojos.
—Y sí —dijo Norberto, y subió un poco el gas—. Pero llega.
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