Hilda Benítez abrió la cajonera de la máquina Singer un martes de enero, a las seis de la tarde, cuando el calor de Corrientes todavía se pega a las paredes y el ventilador solo mueve el aire de un lado a otro de la pieza. Buscaba hilo de nailon. Encontró una bolsa de tela de arpillera atada con un cordón.
Adentro había once plumas de ñandú, grises, largas, con el raquis amarillento. Las había guardado en 1987, el año en que desfiló por primera vez en el corsódromo, y después no se animó a tirarlas ni a prestarlas.
Del otro lado de la mesa, Luciana, de diecisiete años, sostenía contra el pecho una estructura de alambre y goma espuma que todavía no era nada. Era la espalda de su traje. Faltaban nueve días para la primera noche de desfile y a la espalda le faltaba todo lo que la hacía parecer un ave.
—Doña Hilda, en el banco de plumas no queda ni una —dijo Luciana—. Fui hoy a la mañana. La señora del depósito me mostró la caja y estaba vacía. Dice que este año lo compraron todo las que hacen los trajes grandes.
—¿Y cuánto piden por una pluma de faisán?
—Dos mil pesos. Yo necesito ciento veinte.
Hilda hizo la cuenta sin querer, con los labios. Doscientos cuarenta mil pesos. La mamá de Luciana lavaba ropa ajena en el Cambá Cuá y el papá manejaba un remís que se rompía cada dos meses. Nadie dijo nada. Se oyó el ventilador y, más lejos, una batería ensayando en alguna cuadra, siempre el mismo compás repetido.
—Yo tengo estas —dijo Hilda, y puso la bolsa sobre la mesa.
Luciana las miró con respeto, como se mira a un pariente viejo.
—Son once. No alcanzan.
—Alcanzan para empezar. Las plumas se deshilachan, nena. Cada una, bien abierta, da tres o cuatro tiras. Y las tiras se pegan sobre el alambre una por una, con goma, como las escamas de un pescado.
—Eso lleva una semana.
—Lleva los nueve días, si no dormís mucho.
Trabajaron hasta pasada la medianoche con la ventana abierta y un mosquitero de espiral humeando debajo de la mesa. Hilda separaba las barbas con la uña, con cuidado de no cortarlas. Luciana las pegaba. A la una, la mamá de Luciana trajo una jarra de tereré con yuyos y se quedó parada en la puerta, sin decir que le daba vergüenza.
Al tercer día se corrió la voz por la cuadra. Don Ramón, el del taller de motos, mandó dos plumas de una gallina de angola que criaba en el fondo. Una vecina, que había sido comparsera en los noventa, apareció con un puñado de plumas teñidas de verde que tenía en una caja de zapatos. La mujer del kiosco dejó, sin explicar nada, una bolsa de lentejuelas plateadas. Hilda las acomodó en fila sobre un repasador y las fue contando, como quien cuenta monedas del colectivo.
El jueves, a las dos de la tarde, con la chapa del techo caliente como una plancha, Luciana le preguntó por qué había guardado las plumas treinta y tantos años.
—Porque eran las del traje de mi hermana Nora —dijo Hilda—. Ella salía de pájaro, ese año. Se enfermó tres días antes del primer desfile. Yo no la dejé desfilar a pesar de que lloraba, porque tenía fiebre, y me puse el traje yo. Me quedaba corto en el pecho y largo en las piernas. Desfilé igual.
—¿Y Nora?
—Me miró desde la tribuna, con una bufanda y la nariz colorada. Después me dijo que le había gustado más a ella cómo me quedaba. Se fue a vivir a Rosario en el noventa y cuatro y no volvió. —Cortó un hilo con los dientes—. Yo siempre pensé que si volvía, iba a querer ver las plumas.
No dijo más y Luciana no preguntó.
La noche del sábado la tribuna del corsódromo Nolo Alías olía a choripán, a protector solar y a parches de carbón de la parrilla. Hilda se había sentado en la fila doce con un cuaderno de apuntes que no pensaba abrir y una botellita de agua tibia. La batería de la comparsa dobló por la avenida con ese golpe que a los de afuera les llega primero al estómago. Después, los carros, las bailarinas de samba con el pelo atado, los chicos de la comparsa en fila.
Y entonces apareció Luciana.
Venía al fondo del grupo, con la espalda en abanico, y cuando giró bajo las luces, las plumas se abrieron. No eran plumas de faisán ni de ñandú ni de nada en particular. Eran grises, verdes, plateadas y moteadas de angola, mezcladas, y se movían todas juntas con el viento de la avenida, como un pájaro que no pertenecía a ninguna especie. Una mujer a su lado dijo en voz alta: “Mirá esa”. Alguien aplaudió.
Hilda no aplaudió. Se quedó con las manos sobre las rodillas, mirando la mancha gris de las once plumas de 1987, que desde la fila doce se distinguían perfectamente, justo en el centro, justo donde ella las había puesto.
Cuando el pájaro dio la vuelta y se perdió detrás del último carro, Hilda sacó del bolsillo de la camisa un papelito doblado. Era la dirección de Rosario que le había pasado una prima por Facebook hacía dos años. Lo desdobló, lo alisó contra la pierna y, bajo la luz amarilla de la tribuna, empezó a escribir en el reverso: “Nora, todavía tengo las plumas.
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