Telmo Corbalán mojó el cuero de cabra en la palangana a las cinco de la tarde, cuando el patio de tierra todavía devolvía el calor del mediodía y las torcazas dormían la siesta atrasada en el algarrobo. Hacía cuarenta grados a la sombra, o eso decía la radio. Él no necesitaba la radio. Lo sabía por la manera en que el aire le pesaba en las orejas.
Sobre el banco de trabajo estaba el cuerpo del bombo: un cilindro de ceibo ahuecado a gubia, liviano como pan de ayer, que había dejado secar tres años en el galpón. Al lado esperaban los dos aros de quebracho blanco, doblados con agua hirviendo, y los arillos de sacha lazo, que él mismo había cortado en el monte con el machete, flexibles y verdes como una soga viva.
—Abuelo, ¿ya está? —preguntó Abril desde la puerta de la cocina, con el celular en una mano y un mate en la otra.
—Falta lo que falta, mi hija. Un bombo no se apura.
—Es que el sábado es la peña del colegio. Yo dije que iba con bombo propio.
Telmo no contestó. Había oído perfectamente lo que ella había dicho en el acto, un mes atrás, con la voz firme y los ojos en el piso: que su abuelo le estaba haciendo un bombo legüero y que lo iba a tocar ella. Tenía doce años. Ya le sabía el golpe de la chacarera, el parche y el aro, parche y aro, el redoble de remate que le temblaba un poco al final.
Él había empezado el bombo ese mismo día. Después se le había complicado la vista, y la mano derecha, y el verano.
Sacó el cuero de la palangana y lo estiró sobre el muslo. Era un cuero hermoso, grueso, de cabra adulta, con un resto de pelo en el lado de afuera para que el sonido saliera redondo. Lo cosió al arillo con aguja de tapicero y tiento fino, puntada por puntada, con la lengua entre los dientes. Abril se sentó en el escalón y lo miró sin hablar, que en ella era un regalo.
Cuando terminó el primer parche, lo calzó sobre la boca del cilindro, puso el aro encima y empezó a tensar los tientos de vaca, uno a uno, de cruz en cruz, como se hace. El cuero se fue tensando con un crujido seco, apretado, parecido al de una rama que no se decide a quebrar. Telmo apretó una vuelta más. Después, otra.
Y entonces el parche se abrió.
No fue un estallido. Fue un ruido corto, casi educado, y una línea blanca que corrió desde el borde hasta el centro. La piel se había secado de más en un costado, cerca de la costura, y no aguantó. Abril se paró de golpe.
—Abuelo.
—Ya sé.
—¿Se arregla?
—No. —Dejó las manos quietas sobre el cilindro. Le temblaban un poco, y no por el calor—. Hay que hacer otro, y el cuero bueno era este. Para curtir uno nuevo me llevaría semanas. La peña es el sábado.
Hubo un silencio largo. Se oían las chicharras, que en noviembre ya no paran ni de noche, y a lo lejos un tractor atravesando el camino de tierra hacia el río. Abril se sentó otra vez. No lloró. Se quedó mirando las astillas del suelo, y Telmo sintió que prefería los llantos.
Se levantó con trabajo, porque la cintura ya no le respondía como antes, y fue hasta el fondo del galpón. Detrás de unas chapas, envuelto en una bolsa de arpillera, estaba el bombo de su padre. Hacía veinte años que no lo tocaba nadie. El cuero estaba oscuro, curtido por décadas de humo y de fiestas, y tenía el color del té fuerte. Cuando lo sacó a la luz, un olor a sebo viejo y a monte se le vino encima, y por un momento tuvo otra vez ocho años y estaba debajo de una enramada, mirando las manos de su padre.
—Era de tu bisabuelo —dijo.
—¿Y no lo usás?
—Hace mucho que no me animo. —Lo apoyó en el banco—. Pero el cuero todavía sirve. Y el cuerpo tuyo está nuevo y este está viejo, y creo que tienen que conocerse.
Trabajó hasta que cayó la noche. Desarmó con cuidado el parche del viejo bombo, lo humedeció apenas, lo cortó con respeto y lo cosió al arillo nuevo de sacha lazo. Abril le alcanzaba los tientos, le sostenía la linterna, le acercaba el agua. A las once de la noche, con la luna chata sobre el algarrobo y el calor por fin cediendo, Telmo tensó el último tiento y retiró las manos.
—Probalo.
Abril agarró el palillo y la maza. Dudó un segundo. Después golpeó el parche, una vez, despacio.
El sonido le salió del pecho al bombo y se le metió a ella por los brazos. Era grave, ancho, con un fondo de tierra, como si el monte entero hubiera inspirado. Abril abrió los ojos. Golpeó el aro, otra vez el parche, y arrancó la chacarera: parche y aro, parche y aro, el redoble de remate, ahora sin temblor.
Telmo se sentó en el escalón a escuchar. Entonces, desde el otro lado del monte, a lo lejos, entre la oscuridad y los quebrachos, alguien contestó con otro bombo, un golpe profundo, lento, como quien dice “te oí”.
Abril se quedó con el palillo en el aire.
—Es don Ramón —dijo Telmo—. Debe de estar despierto por el calor.
—¿Nos escuchó desde allá?
—El bombo se llama legüero por algo, mi hija. Se oye a una legua.
Ella sonrió, volvió a golpear, y esta vez los dos bombos hablaron un buen rato, el de la casa y el del monte, sin apurarse, mientras el aire de Santiago se enfriaba despacio.
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