Susana Ferro cargó la banda con esmalte rojo sobre el azulejo roto que usaba de paleta y se quedó mirando el pelo, cinco centímetros de pelo de oreja de vaca, todos para el mismo lado. Hacía tres semanas que no le salía una línea larga. Desde la puerta del galpón, el camión la miraba con la cara lavada y el guardabarros sin pintar.
—¿Y? —dijo Ismael desde la silla de plástico, con el mate en la mano—. ¿Hoy sí?
—Hoy sí.
Mentía con la misma naturalidad con que mentía el almanaque de la pared, que seguía en marzo.
El taller quedaba sobre Isabel la Católica, en Barracas, entre una curtiembre que ya no curtía y una pizzería que tenía fila los sábados. Susana había aprendido el oficio a los diecinueve con un maestro que le hacía repetir la misma voluta cuarenta veces sobre una chapa, hasta que la chapa tenía más pintura que metal. Ahora tenía sesenta y uno, y desde el verano la mano derecha se le movía sola, un temblor fino, de cucharita en taza, que en el pulso de una línea de dos metros se transformaba en un serrucho.
Ismael Quiroga manejaba un Mercedes 1114 modelo 88 que le había comprado a un cuñado. Repartía alimento balanceado entre Lanús y Cañuelas. Había llegado un martes con una foto de su mamá, Delia, y un pedido que le dio vergüenza decir en voz alta: quería el nombre de ella en la puerta, con filetes, como los camiones de antes. Delia había cocinado treinta años para una escuela de Valentín Alsina y nunca había viajado en el camión de su hijo, porque él decía que el asiento era feo. Había muerto en septiembre.
—No hace falta que sea grande —había dicho Ismael—. Que se lea.
Susana había dibujado con tiza la guirnalda: dos hojas de acanto abiertas, una flor en el medio, y el nombre, DELIA, en letra de cartel, con sombra. Lo había picado con aguja para pasarlo a la chapa con carbonilla. Todo eso lo hizo bien. Lo difícil venía ahora: el filete largo que rodeaba el conjunto, una sola línea roja que arrancaba en el borde inferior y subía por la puerta, dos metros de trazo parejo, sin una gota.
Apoyó la banda sobre la chapa. Respiró. Deslizó.
A los veinte centímetros la línea se puso nerviosa. A los cuarenta tembló. Susana levantó la mano como quien se quema, y en la chapa quedó un tajo rojo con una cola de gusano.
—Ay, la puta —dijo, bajito.
Agarró el trapo con aguarrás y borró. Ismael miró el techo, con la delicadeza de los hombres que reparten alimento balanceado y saben cuándo no opinar.
—Mi vieja tampoco te hacía el flan a la primera —dijo al rato—. Lo tiraba y empezaba de nuevo.
—No es lo mismo.
—No —dijo él—. El flan era más difícil.
Susana se rio, a su pesar, y el temblor se corrió un poco, como un perro que cambia de lugar en el sillón. Fue hasta la pared del fondo, donde colgaba, con una chinche oxidada, una hoja del maestro con anotaciones a lápiz. La había leído mil veces. Esta vez se detuvo en una frase que siempre le había parecido de trámite, de las que se escriben para completar: cuando la banda queda sin pintura, se levanta, se vuelve a cargar y se retoma el trazo un poco antes de donde se había interrumpido, para mantener el mismo ancho sin que se note el punto de unión.
Un poco antes. Un poco antes.
Volvió a la puerta. Pensó en todos los camiones de su vida, las líneas largas que había admirado de chica en Montes de Oca, en los acoplados, en las varas de los carros: nadie había tirado nunca dos metros de un solo aliento. Cada uno había levantado la banda diez veces, veinte. Nadie había visto las uniones porque la mano había sabido volver sobre sí misma.
Cargó la banda. La apoyó. Deslizó.
Con el temblor, no le salía el trazo largo. Pero le salían veinte centímetros. Levantó la banda. La cargó otra vez, despacio, cuidando que ningún pelo se cruzara. Volvió quince centímetros atrás, apoyó sobre el rojo todavía fresco, y siguió. Otra vez. Otra vez. La línea subía por la puerta como una enredadera que se anima de a poco. El galpón olía a aguarrás y a yerba. Afuera pasó un colectivo, uno liso, sin una sola flor, y ninguno de los dos levantó la vista.
Cuando terminó, el sol de las seis entraba en diagonal y la puerta era un cuadro. Susana dio un paso atrás. Ismael se paró sin hablar, se acercó, y recorrió la línea con la mirada desde abajo hasta arriba, como quien sigue el camino de un tren.
—No se ve ninguna unión —dijo.
—Se ven todas —dijo Susana—. Pero tenés que saber dónde.
Ismael se pasó el dorso de la mano por los ojos y fingió que era el polvo del galpón. Después sacó de la campera un termo y le sirvió un mate, el primero de la tarde, sin preguntar si quería.
Susana lo tomó con la mano derecha. El temblor siguió ahí, chiquito, en el borde del mate. Lo dejó estar.
Cuando el camión salió marcha atrás por el portón, a la luz del último sol, el nombre de Delia brilló un segundo sobre la chapa, con su filete rojo entero, hecho de veinte pedazos y de ningún apuro. Susana se quedó parada en la puerta, con la banda todavía en la mano, y empezó a pensar en qué le iba a pintar el sábado a la pizzería.
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