Nadie vio caer la piedra. Eso fue lo primero que Ottavio Dalmasso oyó el viernes, en la fila de la proveeduría, mientras cambiaba la ficha de la quincena por un kilo de yerba y medio de fideos. Había caído el jueves, entre las cinco y las seis de la tarde, el veintinueve de febrero, un día que el calendario regala cada cuatro años y que esta vez se había cobrado algo. Después de eso, en la fila, nadie habló de otra cosa. Y cuando Ottavio llegó al mostrador, el encargado le dio el vuelto sin mirarlo.
Lo miraban así desde la mañana. Había oído la palabra en tres bocas distintas: los canteros. Que habían sido los barrenos, que de tanto dinamitar la sierra se les había aflojado la base, que algún cantero rencoroso, harto de los turistas que subían a empujar la roca y a dejar botellas, le había dado el último empujón. Ottavio llevaba treinta y un años picando granito en la cantera de La Movediza. Había llegado de Piamonte con veinte años y un cincel prestado. En 1908 había sido de los que firmaron en la huelga. Nunca había tocado la piedra del cerro. Pero nadie le preguntaba qué había tocado.
—Papá, vamos a verla —dijo Lina cuando él salió con el paquete.
Tenía once años y las trenzas mal hechas, porque la madre había muerto en invierno y él todavía no aprendía. Le tiraba del saco como se le tira a un carro.
—No hay nada que ver.
—Hay tres pedazos. Lo dijo el hijo de la Pina. Está toda Villa Italia subiendo.
—Justamente.
—Papá. —Lina lo miró con los ojos de la madre, que eran lo más difícil de aguantar—. Todos los días la veíamos desde la puerta. Cuando te mirás el dedo de la mano que te falta, no te decís que no hay nada que ver.
Tenía razón. Ottavio se tocó el muñón del anular izquierdo, perdido en una cuña del 97, y se calló. Se puso el sombrero y agarró la mano de la hija.
Subieron por el camino de tierra con el sol ya bajo, entre carros, mujeres con pañuelo y chicos corriendo, con ese olor a yuyo caliente y a pólvora vieja que tiene la sierra en marzo. Arriba, en el borde, la gente se asomaba en silencio, como en un velorio. En el aire había algo que a Ottavio le tardó en caer: el cielo estaba entero. Durante años, a esa hora, la piedra le tapaba un pedazo de sol, un bulto negro y quieto sobre el cerro que parecía a punto de irse y nunca se iba. Ahora el sol entraba derecho, sin nada que lo cortara, y molestaba.
—Ahí —dijo Lina, y señaló abajo.
Bajaron por la ladera hasta donde alguien había hecho un sendero a pisadas. Estaban ahí, las tres partes, tiradas entre los pastos y los cantos rodados, mucho más chicas de lo que ocupaban en la memoria. Una mujer lloraba con un rosario en la mano. Un hombre de saco claro, con libreta, escribía y miraba hacia arriba, como si le faltara una línea. Un chico le había puesto una botella a la piedra más grande, a modo de burla, y el padre se la sacó de un manotazo.
Ottavio se acercó despacio. Lina se quedó un paso atrás, por una vez callada.
Puso la mano abierta sobre el granito. Estaba tibio del día. Pasó la yema de los dedos por el grano, rosado y grueso, con las vetas de mica que brillaban como sal. Conocía esa piedra. No esa piedra: ese grano. Era el mismo que sacaba todos los días, el que le llenaba las uñas y los pulmones, el que había picado para adoquines de calles que nunca iba a pisar. Había creído que la Movediza era otra cosa, un bicho aparte, algo que Dios había puesto ahí para que los hombres tuvieran de qué asombrarse. Y era piedra. La misma piedra. Se había quedado en equilibrio sobre un punto no más grande que un plato durante quién sabe cuántos miles de años, y un jueves a las cinco o a las seis, sin avisar a nadie, había decidido que bastaba.
—¿Fue por nosotros? —preguntó Lina en voz baja.
Ottavio tardó en contestar. Pensó en los barrenos, en las vibraciones que subían por los pies, en el día entero que había pasado del otro lado del cerro sin sentir nada especial. Pensó que lo honesto era decir que no sabía, y que a veces lo honesto es lo único que se tiene.
—No sé, hija. Puede ser que algo nuestro haya ayudado. Puede ser que no. Una cosa que se mece tanto tiempo termina por caerse alguna vez.
—Qué cosa más triste.
—Es una piedra.
—Ya sé. Igual.
Se quedaron hasta que el hombre de la libreta guardó el lápiz y la gente empezó a bajar en fila. Antes de irse, Ottavio buscó en el pasto una lasca del tamaño de un huevo, de las que habían saltado en la caída, y la metió en el bolsillo del saco. No la quería de recuerdo. La quería para tenerla en la mano.
Esa noche, en la cocina, Lina le deshizo las trenzas y se las rehízo ella sola, mal, y él se dejó. La lasca quedó sobre la mesada, al lado del mate. Afuera ladraron los perros del barrio un rato largo y se callaron. Ottavio apagó la lámpara y, por primera vez en treinta y un años, miró hacia la sierra sin buscar nada. Entre las dos lomas pasaba la luna entera, sin tropezar con nada.
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