Nueve pisos sobre el área chica

El viento norte entró por la puerta del balcón a las cuatro de la tarde y le movió las hojas del almanaque. Anselmo Benítez lo dejó pasar. Estaba sentado con el termo entre las rodillas y el mate en la mano, mirando hacia abajo, hacia el estacionamiento, la rampa de los autos y el cantero de pasto ralo donde nadie se sentaba nunca.

Tenía setenta y ocho años y hacía seis meses que vivía en el piso nueve. Su hija Marisa había conseguido el departamento con un crédito y un par de llamadas. «Papá, es un lujo, tiene aire y ascensor», le había dicho el día de la mudanza, mientras bajaban las cajas. Anselmo no discutió. Recién cuando se paró en el balcón y vio el estadio nuevo al otro lado, con sus tribunas grises, entendió dónde estaba.

Estaba encima de la cancha vieja.

Cuarenta y un años había cuidado ese pasto. Lo regaba de madrugada, antes de que apretara el calor, con una manguera que tenía más remiendos que goma. Conocía los pozos de la zona del arco sur y la loma que se hacía en el área cuando llovía tres días seguidos. Pintaba las líneas con cal los viernes a la tarde, y el punto del penal lo marcaba él solo, de rodillas, con una cinta métrica de lona y un clavo. Once metros desde la línea de gol. Siempre el mismo clavo.

Ahora tenía que averiguar dónde caía ese punto, más o menos, en el aire que había entre su balcón y la tierra.

No era tristeza lo suyo. Era una cuestión de cuentas pendientes. Había comprado en el vivero de la avenida Sarmiento un lapacho de cuarenta centímetros, en una bolsa negra, y lo tenía en la cocina junto a la heladera, sobre una bolsa de tierra. Quería plantarlo en una maceta grande, justo sobre el punto del penal, aunque fuera nueve pisos más arriba. Quería saber que estaba derecho encima.

—Abuelo, ¿qué hacés con el cordel?

Era Tobías, el nieto de la vecina del 9 B, que tenía nueve años y entraba y salía de los balcones ajenos como si fueran una sola terraza. Anselmo había atado una piolita al barrote y bajaba una tuerca de la caja de herramientas hasta que quedaba colgada, quieta, a la altura del primer piso.

—Estoy buscando un punto —dijo.

—¿Qué punto?

—Uno que ya no está.

Tobías se subió a una silla y miró hacia abajo con la frente apoyada en el barrote. Anselmo le contó, sin apuro, que ahí abajo había habido una cancha de verdad, con alambrado y gradas de cemento donde la gente llevaba el almohadón de casa. Que los domingos olía a choripán y a pasto recién cortado. Que un día vinieron las máquinas.

—¿Y el pasto adónde fue?

—No sé, nene. Eso no lo averigüé.

Se quedaron un rato en silencio. Desde la calle subía el ruido de un colectivo frenando.

La cuenta era difícil. Anselmo tenía en la cabeza el plano de la vieja cancha como otros tienen el rostro de la madre. El arco sur daba hacia el río, lo recordaba bien, porque cuando soplaba la sur el pelotazo se frenaba solo. Con eso, y con la sombra de la torre vecina, y con la tuerca que colgaba, empezó a correr la cinta en el piso del balcón. Tres metros, cuatro. Marcó con un lápiz de carpintero. Corrigió. Marcó otra vez.

—Acá —dijo al fin, y se le quebró la voz, y fingió que era la garganta seca.

Había una baldosa del balcón con una rajadura finita. Ahí.

Bajó la maceta de la cocina entre los dos, el chico agarrando de un lado y él del otro. Era un balde grande de plástico, color terracota, con agujeros en el fondo. Lo apoyaron sobre la rajadura. Anselmo se arrodilló, le dolieron las dos rodillas a la vez, y fue sacando el lapacho de la bolsa negra con las dos manos, como se saca un pollito del nido. Las raíces venían apretadas, enroscadas en forma de bolsa. Las soltó con los dedos.

—¿Florece? —preguntó Tobías.

—En agosto, si se porta bien. Rosado. Tarda unos años.

—Yo tengo tiempo.

—Yo no tanto, pero qué importa.

Echó la tierra con la mano ahuecada, la apretó con los pulgares, y le tiró encima el agua del mate lavado, tibia todavía. No tenía la manguera, ni el pasto, ni el clavo. Tenía eso.

Marisa llegó a las siete con una bolsa de medialunas y se frenó en la puerta del balcón.

—Papá, ¿y esto?

—Un arbolito.

—Ya lo veo. ¿Y por qué ahí, en el medio del paso?

Anselmo se encogió de hombros. Pensó en decirle la verdad y le pareció demasiado grande para decirla con la bolsa de medialunas entre los dos.

—Ahí le da bien el sol —contestó.

Marisa lo miró un rato largo, como mira una hija que ya sabe, y dejó la bolsa sobre la mesa. No dijo nada de que molestaba. Se sentó en la silla de Tobías, sacó una medialuna y la partió en dos.

Esa noche el viento cayó y la ciudad se quedó quieta, con el calor pegado a las paredes. Del otro lado se prendieron los reflectores del estadio, blancos, de esos que dan color de leche al aire. Anselmo salió al balcón en cuero y se apoyó en el barrote.

Abajo, en el estacionamiento, un auto dio marcha atrás sobre el lugar exacto. Él ni se movió. Arriba, a nueve pisos, un palito verde con cuatro hojas se mecía en el aire de la noche, derecho, justo encima del punto del penal.

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